Hace años, en la Feria del Libro de Monterrey, me abordó una mujer de poco más de treinta años. Después de saludarme amistosamente me dijo: Usted fue mi profesor de quinto año. La verdad es que me sentí confundido y apenado ante el hecho de que ella supiera quién era yo, y yo no pudiera recordarla. No era cosa de otro mundo que no la recordara después de haber sido profesor de casi tres mil estudiantes desde primaria hasta maestría, pero me apenaba de verdad.
Ella, en cambio, parecía divertida y contenta por encontrarme. Y de pronto, para mi mayor sorpresa, terminó diciendo: Me acuerdo que usted todos los viernes nos contaba cuentos. Debo haber puesto cara de víctima de Alzheimer porque sonrió abierta y divertida al agregar: Siempre me acuerdo que nos contó la historia de Ulises y el Cíclope. Y al oír esto, entonces sí la ubiqué, recordé la escuela, el grupo y el año en que sucedió (año que no mencionaré, más por respeto a mí que a ella).
No recordé entonces su nombre, como tampoco ahora lo recuerdo. Lo importante es que aquella exalumna vino a recuperar una parte de mi vida como profesor y como escritor incipiente que no aparecía registrada en mi memoria. Debo confesar que nunca agradeceré lo suficiente este tipo de encuentros. Por fortuna, en ninguno de ellos he recibido reclamaciones. Y espero seguir así.
Oscar Wilde dijo una vez que sólo hay dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo. Aunque sé que Wilde debe haber dicho esto con su peculiar ironía, hubo un tiempo en que creí a ciegas en ambas reglas. Sin embargo, con el pasar de los textos leídos y escritos me di cuenta, al menos de manera intuitiva, de que no bastaba con tener algo que contar y contarlo sino que, además, había que saber cómo contarlo.
No me queda duda de que, ya en aquellos viernes, al contar historias a mis estudiantes, ponía atención en el modo de hacerlo. De no haber sido así, les aseguro que la exalumna de la cual hablo no habría recordado el relato de Ulises y el Cíclope. Aún más, ni siquiera se acordaría de mí. Y aunque no lo mencionó, quisiera suponer que, a raíz de aquellas sesiones, terminó leyendo La Odisea por su cuenta.
Por lo antes expuesto, puedo decir que cuando vi y escuché leer la primera vez a Marinés Medero, me sentí acompañado. No sólo porque ella tenía algo que contar, sino por su manera de contarlo. Se trataba de Olaff oye tocar a Rachmaninoff, de Cary Kerner, un cuento que había permanecido como uno de mis amores ocultos, conocido por mí desde la época en que leía la revista El Cuento, y cuyo gusto nunca antes pude compartir con nadie. Pero no sólo se trataba de la historia sino de la manera de contarla, porque Marinés desprendía las palabras desde el papel mediante gestos, ademanes, guiños de complicidad, modulación de la voz. Todo un alarde acerca de cómo se puede contar una historia.
Supe entonces que ver y escuchar la lectura de Marinés, es presenciar desplegada la magia de la palabra, ver de bulto la lectura, sentir el contagio de esa enfermedad sin sanación que representa el amor por los libros. Porque cuando ella lee, hay una especie de encantamiento, reescribe sus propios textos o ayuda a que quien los escribió termine de escribirlos, en complicidad; pero no contenta con leerlos, los vive y nos invita a vivirlos y, además, lo consigue.
Siempre he compartido la opinión de que leer y escribir para niños y niñas no es leer y escribir para tontos y tontas. Se tiene que escribir y leer de manera inteligente para personas inteligentes, sin importar la edad. Bien dijo una vez Máximo Gorki que para los niños se escribe igual que para los adultos, pero mejor. Y eso es lo que Marinés Medero ha hecho a lo largo de su vida como promotora de la lectura: leer y escribir libros para niños y niñas como si fueran para adultos, pero mejor.
Para ilustrar loanterior, enumeraré algunas estrategias que la autora propone en su antología De Maravillas y Encantamientos con el fin de estimular la comprensión de la lectura en voz alta:
La lectura del cuento debe ser pausada y clara ya que el objetivo no es terminar rápido sino entender perfectamente aquello que el autor escribió.
En caso de que el niño lea en voz alta deben corregirse con suavidad los errores en su lectura. Hay que recordar que ningún niño desea leer mal.
Si después de la lectura al niño no le gustó el texto, hay que respetar su opinión y procurar escuchar con atención sus argumentos.
No todas las personas tienen la misma facilidad para leer. Cada quien tiene su propia velocidad y ritmo.
La literatura no tiene por qué ser seria y aburrida si intentamos que se convierta en un placer.
Cualquier manifestación emocional que resulte de la lectura debe ser comprendida y respetada.
Para hablar de las cosas que ha escrito y emprendido, tendría que mencionar su labor periodística en las revistas Casa de las Américas y Unión; y en los suplementos El Gallo Ilustrado y Aquí Vamos. No podría dejar de mencionar sus libros Cuentos y Anti-cuentos de Juan Dolcines (inédito), Al otro lado de la puerta, Sol del Siglo XXII, Volvamos a la palabra, De maravillas y encantamientos. Me vería obligado a hablar de las revistas El caballo de papel y La llave de oro de las cuales fue directora. Además, no me perdonaría dejar de lado su trabajo como guionista para la Unidad de Televisión Cultural de la SEP, para la serie radiofónica El taller de las sorpresas, de Radio Educación, y para Cantos, brincos y sueños y El llavero, del Canal 28 deNuevo León. Pero sería cansado enumerar todo eso, así que ni siquiera lo mencionaré.
Finalmente, quisiera decir que Marinés Medero vive su vida de la misma manera en que lee textos ante un grupo de espectadores, con una intensidad que en pocas persones he visto. Y eso, debo señalarlo, también se contagia y no puede uno dejar de agradecerlo. Lo haré parafraseando a la misma autora: Había una vez un país que brillaba cada vez que Marinés contaba las historias que había aprendido cuando era niña. Éste era y es, un hermoso lugar, pero cuando Marinés deja de leer se vuelve el país más gris y triste del mundo.
Espero seguir escuchando por muchos años más las historias de Marinés Medero, para que el reino nunca deje de brillar.
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