La primera vez que tuve contacto con lo virtual a través de la red fue en 1994. Tal circunstancia me inspiró este cuento:
Los científicos que se dedican a mejorar las capacidades de las computadoras no saben bien en qué nos están metiendo. Me atrevo a sugerirles que actúen con mucha cautela. Lo hago por una experiencia que me tocó vivir hace algún tiempo. Mi hijo entonces de doce años, conociendo mi afición por el ajedrez, me invitó a conocer lo último del deporteciencia en programas para computadora. Jugué una interesante partida que perdí dando buena pelea. Tomé desquite con igual resultado; y así una vez más. La última jugada la terminé con la sensación de que es real la siniestra posibilidad que las máquinas lleguen a reemplazar al hombre.
Lo primero que me llamó la atención fue que mi contrincante, de grandes conocimientos acumulados en su memoria electrónica, se daba ínfulas. Comenzó a jugar burlándose de mí cuando perdía, azuzándome a hacer una nueva tentativa. Como un mortal cualquiera. Yo tenía la sensación de que no se negaría si lo invitaba a tomar unos mates y a intercambiar algunos cuentos. Lo manifesté así y mi hijo, sonriendo, me dijo que era mi imaginación de escritor; que los juegos de moda, como el ajedrez, son opciones que nos ofrecen para el esparcimiento y que las computadoras se habían inventado para cumplir destinos más importantes.
Cierto es que, habiendo perdido tres partidas ante esa excelsa acumulación de datos, sentí el deseo pueril de que mi hijo me viera ganarle con alguna jugada que combinara audacia con inteligencia.
De pronto nos llamaron a almorzar. Debo haberme mostrado mentalmente ausente, pues me preguntaron si algo me preocupaba. Contesté cualquier cosa, pero la verdad es que el programa de ajedrez de la computadora era la verdadera causa de mi distracción. Imaginaba que le ganaba a la máquina. Este sentimiento de regocijo persistió en mí mientras estuve compartiendo la mesa familiar, y me sentí locuaz. Le hacía preguntas a mi hijo Alejandro acerca de
«También sabe perder, Pá. Nada de resentimientos» me dijo, adivinando cuánto pasaba por mí mente; y agregó sonriente: «Debes aceptar esa triple derrota con dignidad».
Simulé no ser tan niño, y, mientras duró la sobremesa, cambié de tema; pero la verdad es que me sentía sumido en un abismo de dudas.
Sospechando mi inquietud, mi hijo me invitó a usar nuevamente su computadora, en tanto él repasaba unos textos de estudio. Acepté. Era un lluvioso domingo de otoño.
Durante la hora siguiente mi adversario no hizo más que ganarme. Sin discusión; y una vez más me golpeó psicológicamente. Sin contar las tres partidas de la mañana, lo había hecho dos veces más, consecutivas. Actuaba con tanta frialdad y determinación en sus jugadas, que comenzó a avergonzarme ante mi hijo. Yo me mordía las mejillas por dentro. La verdad es que me sentí aporreado implacablemente y traté, en mi segunda jugada de la tarde, una contraofensiva; pero fue inútil. El dominio de
Pensando en mis derrotas, no puedo decir que la computadora me estuviera haciendo trampas, aunque no descarto la posibilidad de que haya cambiado la posición de alguna de mis piezas. Si son tan inteligentes como dicen y pueden programarse para ser piloto automático de modernos aviones a reacción, bien pueden, al menor descuido de mi parte, cambiarme la ubicación de una pieza clave y hacerme jaque mate a la jugada siguiente.
Inmerso en esos negros pensamientos, escucho que mi hijo me llama a la realidad al decirme que iba a necesitar su PC en media hora. Llevaba jugadas y perdidas tres partidas por la mañana y dos por la tarde; y decidí probar una vez más. Se lo dije a Alejandro, quien, con sentido del humor, le puso nombre al evento: Papá versus Compu. Debía ser una partida veloz, tipo ping-pong. Me tocaron las negras. Salió ella con la clásica apertura Peón 4 Rey. Yo igual. Tipo ping-pong, dije; y, al séptimo movimiento, a un minuto de iniciada la partida: JAQUE MATE.
Seis partidas. Seis derrotas. Me levanté sin cerrar el programa, con evidente fastidio que divertía a mi hijo. «Por hoy es suficiente», dije. «Volveré a jugar un día de sol. Esta tormenta eléctrica me pone nervioso». En realidad, no había sido una tormenta eléctrica y hacía rato que había dejado de llover.
Jamás fui mal perdedor y me sé un hábil jugador de ajedrez, pero ese día la máquina había vencido al hombre. Cuando me levanté de la silla, con el programa abierto como dije, los parlantes dejaron oír un sonido raro, como un chasquido despectivo y de gozo. Alejandro no pareció haber escuchado nada. «¿Será mi imaginación?» pensé, mientras sentía que comenzaba a odiarla con toda mi alma; yo, que no soy capaz de ese sentimiento hacia ningún ser viviente.
Percibí otro ruido. Esta vez como una risita. No dije nada, pero me entró el deseo de darle una buena trompada a la pantalla, o un par de bofetadas al conjunto. Tampoco observé expresión alguna en mi hijo, a quien sonreí forzadamente, mientras le daba las gracias por haberme facilitado su computadora. Indico con la flecha el cierre del programa y hago clic con el mouse. No se alivia mi fastidio. Dejo la habitación con el labio superior pegado a mis dientes resecos. Estaba convencido que la computadora estaba tomándome el pelo.
Cuando cruzaba la puerta sintiendo los clásicos ruidos de cierre del programa, escuché un último, sutil y prolongado sonido. Mi hijo no mostró expresión alguna.
¡Pero yo sé muy bien cómo es un silbido!
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