Sin pensarlo un solo segundo, entré a esa gran sala blanca y vacía, no había nadie allí, solo los retratos de hombres ya muertos que me miraban desde su eterno e inerte descanso, y que en cierto sentido me hacían sentir acompañado, pero por otro lado, recordé que sólo eran cuadros y que yo estaba en ese lugar como observador y no para sentirme acompañado.
Fui de cuadro en cuadro, anotando impresiones en una pequeña libreta, sin detenerme, con una prisa intransigente y que contrastaba con el pacífico mutismo que reinaba en todo lo ancho de la sala. Estaba en el último piso del museo nacional, y quizás por pereza a subir hasta allí, nadie se encontraba en la sala en ese momento.
Yo, el observador, como me llamaban algunos, estaba allí para recopilar sensaciones por encargo, lo que era lo mismo que falsear momentos y en definitiva, ser un hipócrita, escribir comentarios sobre obras muertas en las que echaba un vistazo rápido y no profundizaba en lo absoluto, visualizar imágenes incompletas, y en conclusión pensar la nada.
Al final de la sala, había una pequeña recámara que casi no se podía ver, al acercarme a ella mis pasos se iban poniendo mas pesados, como si una fuerza mas allá de lo que comprendo lo hiciera posible. De pronto, empecé a caminar con un paso pausado, lento, casi inmóvil, como si Dios me estuviera haciendo trasladar con un esfuerzo impresionante, mis pasos se funden con el silencio del museo, los individuos que se aclaran la voz, el zapateo, la voces que murmuran alguna apreciación sobre un cuadro, el guardia pidiéndole a una adolescente que no se acerque tanto a una escultura, si, todo eso reunido y sin embargo todavía vive y domina el silencio sepulcral.
En este momento, cuando estoy a un paso de introducirme en la recámara siento un vacío en el estómago y un dolor de cabeza impresionante, “es el hambre” me digo a mi mismo, vuelvo la mirada hacia atrás y los retratos que antes había visto ya no están, por algún motivo desaparecieron y comprendo que un miedo mucho más primitivo que la razón se ha apoderado de mi. Toda la sala de exposición se torna en un claroscuro imperturbable, ya no quedan señales de cuadro alguno, mis pasos siguen lentos pero siguen y cada uno de ellos incrementa la oscuridad reinante.
Acto seguido entro a la sala, en la pared que está frente a mi, encuentro una inscripción que dice “panóptico” y un dibujo mal hecho de una catedral celestial escondida entre un montón de nubes. Hace algunos años el museo fue una cárcel, una cárcel llamada panóptico.
Panoptico significa vista total, porque desde un solo punto central se podían vigilar a todos los reos de la totalidad de la zona de celdas. Me sentí observado, sentí que otro me mira leyendo la inscripción, sentí a otro observador, sentí a un guardia que se escabulle vigilando y controlando todos mis movimientos que para ese punto ya eran casi nulos.
El boceto de la catedral me llenó de una tristeza impresionante, arremetió en mi conciencia y además del dolor de cabeza y de estómago sentí como mi corazón se llenaba de pinchazos, una lágrima se escurrió por mi mejilla. Una violencia extremadamente lenta, quizás estática, me llenó todo el cuerpo, estaba completamente desolado.
…
Yo soy el observador, y al observar hacia atrás estaban las rejas que me mantendrían encerrado en esta celda durante toda la eternidad, fue entonces cuando no supe si me encontraba en el museo nacional, o en la cárcel blanca llamada panóptico, o si quizás estaba en un museo llamado panóptico o en una cárcel llamada museo nacional, donde se exponen los sufrimientos de los hombres, y los observadores como yo ven a través de ojos entrenados a la soledad vacía en el alma de los condenados. O quizás vivo en una ciudad llamada Bogotá y las cosas no serán nunca lo mismo, y cada vez que un preso dibuje la celestial catedral, yo volveré a sentir la misma desolación.
|
Imprimir |
Enviar historia |
