«Otelo, el moro de Venecia»
Para usted, que quiere ser culto pero le da fiaca leer,
en nuestra sección «SOUBELET PAQUETÍSIMO presentamos:
«Otelo, el moro de Venecia»
CUENTO E ILUSTRACIÓN: GUILLERMO SOUBELET
o
«¡Aráca, moros en la costa!»
Tanto la historia que leerán a continuación como sus personajes son ficticios.
Cualquier semejanza
con alguna otra o con hechos o personas de la vida real
es mera casualidad.
En caso de que sea leía por menores,
se recomienda su orientación
y discusión por parte de los señores padres.
enecianos, gondoleros, turistas y hasta las palomas de la Piazza San Marcos se hallan conmocionados: Venecia se prepara para la guerra contra los turcos turros. Y mientras Otelo (¡El mismísimo!) y los suyos se aprestan para la tremenda batalla que se llevará a cabo frente a las chipriotas costas de la isla de Chipre, un hombre misterioso ha bajado a la ciudad ocultando su rostro con su capa. Disimulado entre la multitud que deambula por el mercado se encontrará secretamente con Rodrigo, un hidalgo cortesano veneciano bastante pintoncito (todo hay que decirlo), quien también ha acudido a la cita ocultando su rostro con una máscara veneciana con la cara de Homero Simpson, y al que le a cobrado una enorme suma de dinero prometiéndole ayudarlo a conquistar a Desdémona, la esposa de Otelo (que tendrá ese nombre horripilante pero está rebuena, la guachita).
¿Pero quién es este sujeto? Su nombre es Yago, y, a pesar de tener nombre de perro, es el alférez y hombre de confianza de Otelo; a quien odia en secreto (¡Oh, negro destino!) y a quien está dispuesto a destruir a cualquier precio (bueno, siempre que pague otro). ¿Por qué odia al patrón? Una, porque se rumorea que el mulatón le bajó la caña negra a su esposa (a la esposa de Yago, quiero decir); otra porque siempre es divertido odiar al jefe; y además porque lo odia y basta, que para algo es el alférez y no va a estar explicando todo, tampoco (quizá resulte significativo el hecho de que lleve en el pecho y en letras doradas las tres K del Ku Kux Klan, pero no creemos).
En realidad, Yago no sabe si lo de su esposa Emilia y el negrazo es cierto o si se trata de simples rumores, ya que, como se sabe, la gente es mala y comenta (y en Venecia, que las aguas bajan turbias, ni te cuento). No obstante, mientras espera a Rodrigo acodado en uno de los puentes de aquella hermosa ciudad, mientras escupe a los enamorados que se pasean en góndola, decide: «No sé si es cierto, pero yo, simplemente por sospecharlo, obraré como si fuera cierto». Qué va hacer: hay gente así.
__ El negro imbécil es más celoso que un siciliano __ se dice mas tarde, ya en el palacio, mientras se entretiene ahogándole los cachorritos a la gata mientras ésta se halla distraída tomando la lechita __ Lo que yo necesitaría para arruinarle la negra vida es que apareciera algún tipo extremadamente buen mozo, de aspecto viril y galante, de modales seductores y caballerescos para hacerle creer a Otelo que a Desdémona le están revolviendo el estofado veneciano en su ausencia. ¿Pero dónde hallarlo? Eso, lector, ¿Dónde, eh? ¿Dónde?
Toc toc (golpean la puerta). Yago abre a la usanza de Venecia: tomando el picaporte con la mano y tirando de él:
__ Si son los recolectores de residuos y vienen a joder por las fiestas de fin de año no les pensamos dar nada. Siempre dejan las bolsas de basura flotando ahí afuera.
__ Negativo. Soy Cassio, teniente de Otelo. Además, soy extremadamente buen mozo, de aspecto viril, galante, y de modales seductores y caballerescos. Y si me promete no contar nada le confío un secreto (le dijo, mientras lo codeaba y le guiñaba un ojo, pícaro y es que Cassio es así: un muchacho loco --): tengo encuentros furtivos con una amante que se llama Blanca, pero recuerde de no decir nada.
__¡Ea ea pepé! __ exclamó Yago, todo un visionario.
En realidad, el tímido flirt que intentara Otelo con Emilia (y que desencadenara el odio de Yago) no fue mas allá de un inocente galanteo cuando ambos se encontraban a solas en el salón de sonarse las narices:
__ Me imagino que conocerás la fama que tenemos los negros __ le dice éste, mientras mueve las cejas poniendo cara de viejo fauno.
__ ¿Fama?
__ Claro. Fama de que somos... __ la ayuda __ Que somos...
__ ¿Negros?
__ ¡No! De lo bien armados que estamos...
__ Bueno, estamos en guerra. Todos los hombres están bien arm...
__ ¡Presta atención! ¿Qué se dice de los negros? Que somos..., que somos... __ balancea la mano a la altura de la cara de la mujer, como ayudándola a recordar __ Que todos los negros somos...
__ ¿Peronistas?
__ ¡No! ¡La fama que tenemos los negros, descastada! ¿Qué se dice que tenemos, eh? (mueve las cejas, libertino).
__ ¿Gracia para bailar?
__ ¡¡No!! ¡¡No!! ¡¿Nunca oíste decir: «Si te agarra un negro grandote en una noche oscura te..., te... »
__ ¿Te asalta?
__ ¡Ay, que me da la puntada! ¡¿Qué es lo que se dice que tenemos los negros, maldita seas?! ¿Qué es lo que tenemos?
__ ¿Olor a catinga?
Pero olvidémonos por un momento de Otelo y sus papelones como picaflor palaciego y volvamos al simpático Yago; quien inmediatamente después de despedirse del incauto Cassio, y con la astucia de un príncipe renacentista, decide atacar por varios frentes simultáneos. Comienza a llenarle la cabeza al grone con que atenti con ese Cassio, el lindito que vende relojes, que me parece que le arrastra el ala a la Desdémona, me parece. Y a su vez le dice a Rodrigo (que a esta altura está que arde y mejor que no te le pongas adelante) que mientras Cassio Fachoso le siga revolviendo la fruta veneciana a Desdémona (mentira) dudaba que pudiera influir sobre la pequeña, peluda y suave muchacha.
Cuantos más vean a Cassio como la fuente de sus pesares, mejor para él, piensa el tarántulo de Yago, que será turro, pero de boludo no tiene nada.
Con motivo de la inminente batalla naval, Otelo, Yago, Desdémona, Cassio y Rodrigo, al agua pato: se embarcan hacia Chipre. A pesar de conocer el peligro que se cierne sobre ellos Otelo se muestra tan sereno y confiado como siempre. Y es que él es así: un muchacho loco. En un momento toma a su mujer en sus negros brazos y le susurra estas negras palabras, pletóricas de romanticismo:
__Si me sucediera ahora morir, sería éste el momento más dichoso. Porque mi alma posee una felicidad tan absoluta que temo que otra parecida no le está reservada al ignorado porvenir (tomá pa vos. Que hablaba bien, hablaba bien, el negro).
__ Hablando de porvenir __ le murmura Yago a Desdémona, oculto detrás de la vela mayor, asegurándose de no ser escuchado por el patroncito __ ¿Sabes lo que se comenta de ti por las calles de Venecia?
__ ¿Qué tengo un nombre espantoso?
__ Además. Se dice que si Otelo te embaraza, por su culpa correrás la misma suerte que los turcos turros.
__ ¿Qué si mi marido me embaraza correré la misma suerte que los turcos malvados?
__Claro. Porque tendrás un negro porvenir. ¡Juá! (y es que Yago es así: un muchacho loco).
Las fuerzas venecianas arrasan con los turcos turros en cuestión de minutos. Otelo hace alarde una estrategia infalible para la batalla naval: ataca por las diagonales. A-1:Tocado, B-2:Hundido, C-3:Tocado. Y así, en pocas jugadas los turcos, impotentes, ven como les hunden toda la flota. Aquella noche (mientras se festejaba el triunfo de los venecianos) y como parte de sus maquiavélicos planes, Yago emborracha a Cassio, quien, con un pedo que flamea, se agarra a piñas con el soldado chamamé, que justo estaba de vacaciones por ahí. Casualmente (casualmente los balones: les dejo adivinar llevado de la mano de quién) llega Otelo y justo ve lo que ocurre. Le pregunta a Yago su opinión sobre lo ocurrido y el guacho le da una versión returra en la que Cassio aparece como el culpable de la gresca, del agujero de la capa de ozono y de la muerte de la mamá de Bambi. Otelo, caído del catre como era, le cree. La cuestión es que lo raja a la mierda a Cassio y se va, adonde sea que se van los que piensan que son cornudos. Haciendo pucheritos, Cassio inocentemente recurre a Yago, quien, demostrando aquello de que cuanto más conozco al hombre mas quiero a mi perro (siempre que no sea el perro del hortelano, claro) le aconseja que recurra a Desdémona para que lo convenza al negro de que sea bueno y lo perdone. Que no se haga problema por la ira del negro. Que él lo conoce bien y ya a ver como ni bien se le pase la bronca seguro que lo perdona. Que Otelo es así: un muchacho loco.
__ ¡Claro! ¿Cómo no se me ocurrió? ¡Gracias, macho, te debo una!
__ ¡Cuidado, hay moros en la costa! __ lo despide Yago en un susurro (los malos siempre andan susurrando maldades), al advertir que se acercaba la moruna figura del hombre que da título a esta historia.
Y ahí va, el nabo de Cassio derecho pal palacio a ver a la rubia entre las rubias esposa del negro entre los negros celoso entre los celosos.
Luego de escuchar pacientemente los lloriqueos de Cassio (y eso porque el guacho estaba refuerte que si no tomá pa vó) Desdémona le asegura que le dirá a su maridito que sea bueno y no raje a un soldadito tan lindo, y, justo cuando se están despidiendo, oh casualidad, llegan Otelo y Yago en el Otelomóvil, que es una góndola. Ahí Yago, con cara de ¡conque éstas tenemos, eh! le dice a su superior: ¿No te alcanzaba con ser negro que encima ahora sos cornudo, además? Yago sabe que una vez que se le ha abierto la puerta a los celos ya no hay retorno. Y, guachamente, sabiendo como sabe que Desdémona intentará convencer a Otelo de que perdone a Cassio, le sugiere que se dará bien cuenta de si son o no amantes, porque, de serlo, seguramente ella comenzará a hablarle bien de Cassio. Otelo se pone como una araña de los celos que le agarran. Se viene loco de la cabeza, se caga en aquello de que su alma posee una felicidad tan absoluta y todo el piripipí, se brota todo, y las palabras de advertencia que le hiciera tiempo atrás su suegro retumbaron en la mente del moro con la fuerza de la bocina de un transatlántico adentro de una olla. Esperen que les cuento: resulta que cuando recién se conocieron, Otelo y Desdémona se frecuentaban en secreto y a espaldas del viejo. Tiempo después, cuando se desposaron, el viejo ladino, herido en su honor, le dijo a Otelo cuando le entregaba a su hija (y díganme si no era un viejo turro):
__ «Vela por ella, moro, si tienes ojos para ver. Que así como ha engañado ya a su padre, también puede engañarte a ti» Así que, tras las palabras de Yago, el negro estaba como una vinchuca, y los días subsiguientes, cada vez que su hermosa mujer se le acercaba en plan cachondo la rajaba a patadas en el culo. ¡Salíte! ¡Salíte vos! ¡Ya no sos mi Margarita! __ le gritaba, histérico. Y allá iba ella, resignada, preguntándose porqué la rechazaría y, sobre todo, preguntándose quién carajo sería esa Margarita. Mientras tanto, Yago, observando que sus planes daban fruto, sonreía en las sombras.
Rato más tarde, Yago se cruza en uno de los pasillos con su esposa Emilia, que se dirigía a devolverle a Desdémona un pañuelito, regalo de Otelo (que no se gastaba mucho que digamos con los regalos el negro). Yago le quita el pañuelo y le dice que él se lo entregará, y, asegurándose de no ser visto por nadie, esconde el pañuelo entre sus ropas y abandona la estancia en silencio (tras lo cual estalla en una carcajada siniestra, que, como se sabe, es lo que corresponde en este tipo de circunstancias). Y si creen que se afanó el pañuelito porque estaba resfriado, ¡minga! Escuchen: esa misma tarde, en la Piazza San Marcos, mientras tomaban un copetín con aceitunas a la hora de la siesta y le daban de comer a las palomas, Yago se la pasa inventando historias picantes sobre Desdémona: que con Cassio, que con el Barbero de Sevilla, que con el Mercader de Venecia, que con Alí Babá y los cuarenta ladrones, que con el Boby. Que en las calles de Venecia Otelo es llamado Ciervo Embalsamado: porque los ojos serán de vidrio, pero los cuernos son bien de verdad. Otelo es un hombre paciente, pero ya se sabe que ese tipo de comentarios son como la Coca-Cola, que un poco está bien, pero demasiado hincha; se toma la negra cabezota entre las negras manos y, abatido, le confiesa a Yago que está lleno de dudas, y que ya no puede confiar en nadie. «¡Oh! ¡¿Porqué no podré reconocer a los traidores a simple vista, como a mis familiares?!» Y que se pregunta si realmente puede confiar en él: ¿Tú me quieres, noble Yago? ¿Realmente puedo confiar en ti?
«¡Perdoname si te digo,
negro José,
que eres Diablo,
pero amigo,
negro José! »
__ exclamó Yago extrayendo una guitarrita de debajo de la capa, mientras se atragantaba con una aceituna, ante la posibilidad de sospechas por parte de Otelo. __ Quiero el oro y el moro. Y te lo demostraré __ continuó __ Volvamos pal palacio. Paga tú, que para eso ganas mas que yo.
Una vez en casita le dice a Otelo que se esconda detrás de uno de esos cortinados que siempre hay en los palacios para que la gente se ande escondiendo y escuchando las conversaciones y conspiraciones palaciegas ajenas. Entonces llama a Cassio, el lindito gilún, y, mientras lo codea y le guiña un ojo, le pide en tono jodón que le cuente cómo le rompe el tujes a su amante. Cassio, que no se da cuenta de que lo están engañando como a una abuelita, entra a contar le rompí esto, y me chupó aquello y dale y dale a la matraca, mientras Otelo, oculto detrás de los cortinados, creyendo que Cassio se refiere a Desdémona, se pone blanco de la cólera que lo invade bueno, grisesito-. Furioso, se apresta a desenvainar su espada mora cuando sorpresivamente irrumpe Blanca, la verdadera amante de Cassio, hecha una furia (casi diría hecha dos furias) y llevando el pañuelo de Desdémona en la mano. Lo encara a su sorprendido amante exigiéndole explicaciones por ese pañuelo de mujer que acaba de encontrar en la cama del bello mozalbete.
«¡El pañuelito blanco,
que te ofrecí,
bordado con mi pelo!»
Exclamó Otelo, cegado por los celos (y por los cortinados), y ante lo que considera una prueba irrefutable de la traición de Desdémona, decide encargarle a Yago la muerte de Cassio y acabar él mismo con la vida de su mujer (que no iba armada ni era tan buena guerrera como Cassio). Y bueno, es que él es así: un muchacho loco.
Yago no podía estar más feliz. Lejos habían quedado los tiempos en que Otelo, enamorado y romántico, importunaba a todos (que no podían decirle nada porque era el patroncito) cantando a los gritos:
«De todo el negro e` Venecia,
yo soy el negro más guapetón,
yo soy el mas cumbancheiro,
que se pasea por malecón»
De modo que, satisfecho por el desarrollo de sus planes, decide salir a dar una vueltita en góndola para festejar. Pero no puede disfrutar de su paseo: el gondolero no es otro que Rodrigo (el semental veneciano) disfrazado, hecho una furia y presto a desenvainar. Yago, que ni se acordaba de aquél idiota, teme por su vida (sobre todo porque no sabe nadar y no puede ni soñar con saltar de aquella góndola). Mientras se dice a sí mismo que debía haberlo descubierto por lo bien que cantaba «Oh, sole mío» (ya que los verdaderos gondoleros cantan tan pésimo que uno prefiere pagarles para que NO canten) le asegura a Rodrigo que hizo todo lo posible, pero que a menos que Rodrigo se enfrente con Cassio y lo liquide, no puede hacer nada. Dicho y hecho: aquella misma noche los dos chichipíos se enfrentan y Cassio muere. Entonces, y antes de que Rodrigo tenga tiempo de limpiar el facón en el florido chiripá de Cassio, silenciosamente aparece Yago de entre las sombras y le clava una puñalada por la espalda (que, como se sabe, en este tipo de historias es para lo que sirven las espaldas). Rodrigo dice ay y muere.
Mientras esto sucede, Desdémona (quien a pesar de tener un nombre tan feo a estas alturas ya nos cae bastante simpática, ¿no?) es asesinada por su esposo en el mismísimo lecho nupcial. Inesperadamente (que con el personal de servicio ya se sabe) mientras Otelo se halla aplicado a la labor hogareña de asfixiar a su esposa con la almohada, ingresa Emilia sin golpear la puerta ni nada. Como Desdémona grita y patalea y no se muere nunca, la turra, Otelo decide apurar las cosas y le clava un puñal así de grande en el pecho (así de grandes). Y así con valor sus vínculos rompió. Emilia, horrorizada al ver las sábanas ensangrentadas, exclama, furiosa: ¡¿Pero qué pasa aquí?! ¡Las sábanas ensangrentadas!
__ ¡Desdémona! __ exclama Otelo, tratando de disimular __ ¡Si sabías que te ibas a indisponer te podrías haber cuidado de no mancharle las sábanas a la pobre Emilia, que ahora tiene que lavar esta porquería!
Emilia era bastante estúpida, pero no abusemos, inmediatamente comprende lo que acaba de suceder y se pone a gritar como una loca. ¡Asesino! ¡Asesino! Otelo, desesperado, le explica que no, que la rubia era una guacha que jamás le quería aumentar a Emilia y que si no fuera por él, le explica lo de las traiciones, lo del pañuelo, lo del Mercader de Venecia, lo del Ciervo Embalsamado, y todas las mentiras que le contó Yago. __ Yago, tu marido, mi amigo, el fiel Yago __ Intenta hacerla entrar en razones; pero Otelo, con su mentalidad burguesa capitalista, no alcanza a comprender que la criada no gritaba de aquella manera por lealtad a su ama (la patronal). Gritaba así porque, muerta Desdémona, ella se quedaba sin laburo, con lo que cuesta hoy día. Entonces, atacada, mientras se arranca los pelos de las cejas, le relata la verdadera historia del pañuelo. Otelo no puede ni quiere creele. ¿Dónde volvería a encontrar a una diosa rubia como aquella que le diera bola a un negro fiero como él? __ piensa, mientras intenta revivir a Desdémona a los sopapos. Atraído por los gritos de ambos (y por el ruido de los violentos cachetazos) llega Yago, quien al no poder hacer callar a Emilia la apuñala ahí mismo (simpática costumbre que se había puesto de moda ese fin de semana). Al enterrarse que el negrazo está al tanto de todo Yago sale rajando pegándose los talones contra la nuca mientras Otelo, desesperado y entendiendo que lo engañaron como a una mucamita paraguaya, corre tras él blandiendo su espada (¡Lo corrieron de atrás, lo corrieron de atrás, le clavaron un sable en el culo, pobre señor, ay qué dolor, no se lo pudo sacar!) Lo alcanza y, tras exclamar: ¡Jaque Mate!, lo ensarta. Yago cae, herido de muerte, y sabiéndose la herida y el cuchillo, exclama:
__No me preguntes. Sabes lo que sabes. A partir de este momento no pronunciaré ni una palabra más __ le dice Yago, agonizante, mientras, tirado en piso de piedra, se desangraba como un tampón abandonado.
__ ¿La vergüenza te impide hablar, traidor?
__ No, idiota, es que me estoy muriendo __ entonces agarra y se muere.
Otelo regresa y observa a Desdémona que yace, yerta y calladita, sobre la cama en que él mismo acaba de asesinarla injustificadamente. Sabe que sólo le queda una camino. Toma su puñal, el mismo que utilizó para atravesarle el corazón a su amada y a Yago, se lo apoya en el pecho y, antes de dar por terminada su vida, recuerda la masacre que acaba de tener lugar. Sobre la cama yace Desdémona, acuchillada. A sus pies, se desangra Emilia, acuchillada. Afuera yace Yago, también acuchillado. Esa misma tarde murieron Cassio y Rodrigo también atravesados por las hojas de una espada y un puñal. Ya no quedaba nadie. Todos muertos. Entonces, su renegrido rostro se iluminó como el muñequito de Sugus, con una sonrisa de tales dimensiones que se le veían las muelas del juicio desde atrás. Guardó su puñal en su empuñadura y abandonó el lugar con paso alegre rumbo a la Piazza San Marcos. ¿Total qué? Si él era el único personaje que seguía vivo en esta historia, ¿Quién iba a delatarlo? Y allá fue, rumbo a la feria, a ver si se ligaba alguna parda, mientras entonaba, feliz:
«¡Que profunda emoción,
recordar el ayer,
cuando toda Venecia,
me hablaba de amoooor!»
Cae el telón sobre los canales de Venecia
(y se empapa, claro).
"se desangraba como un tampón abandonado" AHHHHHHHH jajajjajaa, que imagen!!! por favor!!! GUILLERMO, en cada cuento te superas a vos mismo en ingenio, metáforas, comparciones, mechando locuras como el soldado chamame o
"«¡El pañuelito blanco, que te ofrecí, bordado con mi pelo!»", mortal!, el candombe del negro josé , no sé qué tomas para la genialidad, pero CONVIDA!!!
igual de genial,
lleno de eso que eres tu
superrrrrrrrrrr
ese no se que , no se donde
superrrrrrrrrr
solo cuidate BYE
¿Olor a catinga?//llegue hasta ahi!! lloro de risa!!! ya sigo
Culto, refinado y divertido relato...Celos, matanzas, pasión desbordada, erotismo, intrigas palaciegas, violencia a raudales...Pero, sobre todo, mucho humor. Jajajajaja.
Eres único para hacer del humor algo convincente.
Un abrazo!