OSKÚRITAS
Esta palabra lleva días rondándome la cabeza. Hoy he decidido darle forma y hacer un relato con ella.
Estaba en el tramo final de mi existencia. Sabía que aquel infarto sería el primero y el último. Recuerdo ver al personal sanitario a mi alrededor, intentando reanimarme. Mi corazón me dolía como si tuviera una aguja de lana clavada en él. Ellos me daban descargas eléctricas que hacían estremecer mi cuerpo. Pero yo, cada vez me sentía más lejos de él. Durante unos segundos, abrí los ojos. La enfermera me puso una inyección, dijo algo que no entendí y, entonces, noté cómo me desvanecía por completo. En un momento, mi organismo se paró, siendo la oscuridad y el silencio los que reinaban a mi alredor. Quería moverme, sentir mis músculos, abrir mis ojos, pero era imposible, parecía que yo no existiera. La angustia, el miedo, un terror indescriptible me invadió. Deseaba gritar, lo intenté con todas mis fuerzas, pero ya no tenía boca, ni voz, no tenía nada, no podía hacer nada. Estaba muerto. Recordé las palabras del filósofo: pienso, luego existo. Sí, seguía pensando, por lo que yo debía existir. De nuevo intenté chillar, puse todo mi empeño en ello. De alguna parte de mí, salió un sordo ahhhhhhhhh!
Ahhhhhhhhh! ¡No podía creerlo! El grito me había hecho salir de mí mismo. Estaba ahí, en la sala de reanimación, rodeado de médicos, pero también estaba aquí, frente a la camilla, mirando a mis ojos sin vida, viéndome a mí mismo muerto. Todos podían ver mi cadáver, pero no podían verme a mí. Había un espejo encima del fregadero, me miré. Yo tampoco podía verme. Ya no tenía reflejo. Era yo, sin ser yo. Entonces me dí cuenta, supe que no sentía mi cuerpo, no tenía ser físico, pero oía todo a mi alrededor, es más, veía en todas direcciones y escuchaba en eco, como cuando uno está en una sala completamente vacía. Intenté coger el bisturí que había en una de las mesas. Imposible. Sin manos no podía tocar nada. Curioso, tampoco olía, pues recordaba que los hospitales me provocaban náuseas y, ahora, no percibía el hedor a formol. Decidí andar, comprobar si podía avanzar de sala en sala, pero no funcionó. Entonces recordé a mis familiares, mi esposa, mis hijos. En un momento, estaba en mi velatorio. Ahora ya sabía cómo funcionaba, sólo había que pensar en alguien para estar con él.
Mi hijita pequeña lloraba preguntando por qué papi no se movía. Nadie le hacía caso. Todos estaban inmersos en sus lágrimas, demasiado absorbidos por el dolor como para percatarse de la pequeña. Yo no podía hacer nada. Contemplaba mi cadáver maquillado, impoluto, perfecto, sin tener el don de interactuar con los que iban a despedirse, a darme el último adiós. La procesión de familiares fue larga. Mi hermana lloró silenciosamente dándome un beso en la frente, después se llevó a mi hija del tanatorio. Me alivió esa sabia decisión. Mi hijo sólo dijo que le dejaba sin conocer a su padre y se marchó junto a su madre. Tíos, primos, familiares lejanos, vecinos, todos pasaron a decir que era una lástima y estuvieron confortando a mi esposa. Mi anciana madre acudió al amanecer. Tuvieron que llevársela y suministrarle un calmante. Después no le dejaron verme. Iban a cerrar el ataúd cuando, mi mujer, pasó a darme un beso en la mejilla. Me dijo cuánto me echaría de menos, me preguntó por qué la dejaba tan sola, me reprochó que era un egoísta por marcharme de la vida así, sin avisar y, tras darme otro beso en la mejilla, abandonó la sala. Cerraron la tapa de la caja. Ya no podía ver mi cadáver. El ruido de los asistentes era notorio, realmente me molestaba hasta el crujir de los cigarrillos al encenderse. Sentí una presión en el centro de mi ser inexistente, era una sensación rara. De pronto, una luz cegadora me apartaba del mundo, me abducía de aquel lugar, me llevaba lejos de la realidad.
La luz fue tomando diferentes tonos de luminosidad, hasta convertirse en un túnel que giraba en torno a mí. Al fondo del cual, un brillo albo, cegador, impedía que yo pudiera llegar a él. Pero notaba cómo avanzaba hacia delante en ese torbellino blanco. Por fin, la gran luz me atrapó. Me sentí como si fuera parte de un todo, como si estuviera en todos los lugares a la vez, como si el tiempo fuera uno, sin presente, futuro ni pasado. Sí, estaba fuera de tiempo, en todo lugar, lo sabía todo. Y no me gustaba la sensación. Mucha gente se agolpaba junto a mí, sentía sus presencias, aunque no les veía u oía, sólo sabía que estaban allí, conmigo. Noté a alguien terrorífico. Su presencia me causaba tal pavor que, el miedo del principio, cuando empezaba a estar muerto, era un alivio comparado con éste. Algo resonaba en mí, en mi mente, a pesar de que ya no tenía mente. Era una voz metálica, oscura, masculina y femenina a la vez, parecía decir oskúritas, palabra que yo desconocía. Pensé qué sería eso. La voz contestó en mi mente que era el lugar donde iban los que van a volver. Y comenzó a repetir oskúritas una y otra vez.
De pronto, no veía ni oía nada. Ahora no había tiempo, ni existencia, ni lugar. Casi no podía pensar. Me perdía en las sensaciones y notaba cómo lo poquito que quedaba de mí, dejaba de existir. Casi cuando había olvidado qué era el yo, noté otra vez cómo tenía cuerpo. Sentía los brazos, las piernas, el latido de mi corazón. Toqué algo largo, nudoso. No sabía qué era, pero salía de mí, de dentro de mi abdomen. Intenté respirar. Un líquido gelatinoso penetró en mis pulmones. No era desagradable. Llevé las manos a la cara. Era pequeña, suave, rugosa. Pataleé. Noté cómo mi cuerpo giraba en el líquido. Entonces lo supe, entendí todo. Estaba en oskúritas, que no era ni más ni menos que el útero materno. Una nueva matriz para mí. Otra vida que comenzar. En aquel momento, ya no recordaba nada. No sabía quién había sido. Sólo entendía una cosa: tenía que salir por un túnel angosto, nadar hacia una luz brillante y cegadora. Lo hice. Se acercaba mi final y mi principio. Saqué la cabeza de oskúritas y
Nací.