Orquídeas en la Nieve, Salamandras en la Pared.

Orquídeas en la Nieve, Salamandras en la Pared.

 

Vertió orquídeas en la nieve. Brillaba el coral muerto débiles astillas de perlas, frías y relampagueantes, toda una paloma asesinada, envenenada con cianuro para que el rojo de la sangre no delatara el pescuezo cortado de los gallos níveos. Brillaba el coral muerto, mis ojos se cegaban ante una armonía de centellitas microscópicas, asesinas de puñal y filo, ácidas de mandarina o pomelo, pero amarillas, doradas, cristalinas, como el agua. Vertió orquídeas en la nieve, lentos pétalos de gula y lengua, de molusca carne, húmeda e inerte, rosa y fucsia o naranja o carmín, brasas enfurecidas en medio de lo helado, toques esmerilados de trompetas de oro, y las orquídeas se pusieron negras, como cuervos deformes, sin pico, sin patitas, reventados, como manchas de tinta, como pustulas negras, obscuras repugnancias vegetales, negras orquídeas de espanto y hulla, como tocino de alquitrán, como bubas en la purísima nieve, como corrupciones y asesinatos en el coral muerto. Ungüentos y carne negra en la rotundidad de la nieve pura. Nudibranquios de antracita rabiosa en la frialdad de la pared de agua, yo me hubiese tirado en la nieve desnudo como un San Francisco pero la nieve estaba manchada de orquídeas negras, como coágulos de lepra, era una brea de carne y grasa, un músculo cortado de la boca, varios músculos cortados de las bocas, lentos gusanos negros y palpitantes, helechos de cuerno de alce negros y corruptos en la inmaculada y marmórea superficie. Sonaban diapasones de plata en la nieve pero el óxido formaba úlceras en sus resonantes brazos, úlceras negras, demoníacas, salvajes, leviatánicas, deformes babosas, deformes corolas negras en el albino tigre de la nieve, que reverberaba un brillo de amatistas transparentísimas, perfectas. Los helechos negros brillaban aceitosos, fulguraban espectrales gomas, chicles corruptos, mariposas oscuras, manchas de sangre en la superficie de la luna, trozos de baba, gargajos de mucílago podrido, en el coral muerto que blanquísimo parecía de azúcar levísimo. Sobre los cisnes bellísimos las mariposas negras. Sobre los diapasones de plata estremecida las lentas lenguas de la brea infinita. Orquídeas que eran volubles formas de lujuria untuosa, pero muertas y negras como los cabellos de la gorgona. Medusas negras que en una playa de cal se estremecían brillando, lívidas ante el blancor refulgente, y opacas a la luz como los secretos de los asesinos.

Las orquídeas eran salamandras en la Pared. Gekos enormes en la pared encalada, eran, jaspeados como los tigres, repugnantes y bellísimos, tocarlos daba asco, odiarlos era odioso. Una belleza sobrecogedora que no podía tocarse sin riesgo al cáncer. Una belleza repugnante en la nieve caliente del muro. Los Gekos eran un síntoma y un cascabeleo de repugnante presencia, magníficos y bellísimos reptiles, hermosísimos y dulces y asquerosos, como un chancro de malvas. Las orquídeas eran Gekos y los Gekos eran orquídeas, en la pared de plata pura, en el muro de caliente superficie, dispuesto a un beso de boca con ungüento. Los bichos eran presencias demoledoras de miedo y belleza, era lo asqueroso de una hermosura índiga, la gris asquerosidad en la nieve fulgente, la gris asquerosidad santísima de sus cuerpos, los jaspeados reptiles próximos al terror. Estremecía el diapasón la resonancia negra y un cascabeleo de tic tacs horrible desollaba mis oídos acostumbrados al silencio.

Los Gekos eran orquídeas negras.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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