Se deslizó como nunca lo había hecho antes, un paso atrás un paso adelante y finalmente cayó ante su flojera. Lo intentó una y otra vez sin éxito alguno, hasta que de la impotencia y el cansancio físico se hartó, quedándose allí inmóvil, abatido, con sufrimiento y dolor en la mirada.
Yo quise ayudarle, al menos... intenté acercarme y extender mi brazo, pero me rechazó con ira. Era muy testarudo, y no quiso ni siquiera que le hiciera compañía en su ejercicio.
Me salí fuera, mejor esperar con paciencia antes de que volviera a reprocharme y menospreciar mi ayuda. Allí dentro se oía algún suspiro, algún gruñido, resbalones y hasta fuertes golpes causados por el esfuerzo; quise asomarme entre rendijas pero no conseguí divisar nada. El silencio de unos minutos me intranquilizó, así que decididamente irrumpí a su encuentro preocupada... Cual fue mi sorpresa cuando lo encontré de paso, con cuerpo esbelto, cuello erguido, paso ágil aún débil y tembloroso, pero firme en su éxito.
Salía del establo con orgullo y altanería, moviendo su cola caballeresca de un lado a otro en el viento, me dedicó una última mirada de alegría bañada de agradecimiento, finalmente relinchó y galopó por primera vez, libre, en la llanura fresca de la mañana.
|
Imprimir |
Enviar historia |
