Orgullo de acero

Categoría(s): steel

Capitulo 1: 

Antes, durante y después. Entre ogros y ángeles me encontré. 

 

            Recuerdo el momento en que mi mente abrió por fin los ojos y vio por primera vez la realidad de la humanidad, lo que me rodeaba siendo yo aún un infante indefenso apenas aprendiendo a controlar mi cuerpo. Lo primero que percibí fue el aroma y tacto cariñoso de mi madre, que con dulce melodía me arrullaba en sus brazos. Vio ella entonces mis claros ojos que le observaban atentamente tratando de memorizar sus facciones femeninas, tan frescas y juveniles. Se dibujó entonces una línea en su rostro, una línea muy hermosa, una línea que me decía que me quería, que me amaba, una línea que mi madre poco después me dijo que se llamaba sonrisa. Fue entonces que un sonido captó mis sentidos, en el momento me inquiete un poco removiéndome en los brazos cálidos de mi madre, pero lo que me tranquilizó poco después fue el sentir en mi pequeña cabeza una mano que acariciaba mis finos cabellos delicadamente. Escuche entonces por primera vez la voz de mi padre, que me miraba con ternura, me llamó con una palabra que no comprendía, Robert.

 

Pasaron muchas veces la luz y la oscuridad, cada vez que mis padres venían a mí, les sonreía, trataba de tocar sus rostros para grabármelos en la mente. La fisonomía de mi madre era de lo mas encantadora, su rostro fino y blanquecino, sus ojos verdes vibrantes, sus cabellos largos y oscuros figurasen las olas del mar iluminadas por la bella luna, era toda una beldad. Mi padre, completamente diferente a ella, de cabello igualmente oscuro pero corto, hilos platinados se asomaban por entre las matas oscuras. En su rostro de facciones duras se veían sus ojos claros como la miel, así mismo la valentía y la bondad que constantemente mostraba.

  

Cada noche, es gratamente lo mismo, mi madre me toma en sus brazos y entona una nana muy confortable y tranquila. Escucho el ritmo de su corazón, inhalo el aroma de su perfume, tan característico de ella. Se cierran mis pequeños ojos verdes y quedo profundamente dormido. 

 

No escucho nada, no escucho la canción del móvil de mi cuna, por lo que abro los ojos lentamente, sólo observo el techo de mi habitación y el ventilador en el mismo. Volteo a ver el reloj despertador que está puesto en la mesa de noche. Me doy cuenta que he madrugado. Faltan un par de horas para ir a la academia. Será por los nervios de entrar en entrenamiento para cadete por lo que me he despertado antes de tiempo. En esta ciudad tan conflictiva y llena de inseguridad, así como falta de valores,  son necesarios oficiales para mantener el orden. Esta academia es diferente a la común de los oficiales de policía, esta se especializa en entrenar cadetes para la exclusiva tarea de entrar en acción en situaciones muy conflictivas y difíciles, se podría nombrarles como fuerzas especiales.

  

Para no desaprovechar ese par de horas, me incorporé de mi lecho,  me dirigí al cuarto de baño, después al guardarropa, me coloque mi ropa deportiva favorita y me dispuse a salir de mi departamento, no muy moderno pero suficiente para un joven que se vale por sí mismo desde muy chico. Salgo, cierro mi casa y cuelgo la llave en mi cuello. Saludo a mi vecina, la muy amable y amorosa señora Yang, se podría decir que es como mi abuela, al ser nuevo en el edificio fue la única que me recibió con mucha amabilidad, así como albergarme en su propia casa al ser yo víctima de un asalto en mi propia casa tiempo atrás.

 

 Bajo las largas escaleras hasta el primer piso, me encuentro ahora con el casero, que en lugar de saludar con un típico “buenos días”, me encara el trabajo que aún tengo pendiente en su casa, reparar una puerta que meses atrás estaba en perfecto estado, solo que de un momento a otro ocurrió un incendio al estar el casero y su familia ausentes, solo Mosa estaba, su gato persa regordete, hubiera sido una pena que muriera quemado y se perdieran sus posesiones. Por lo que siendo el único que en ese momento se dio cuenta de ese mini infierno, me aventure a entrar en su morada, por fortuna no tenia seguro la puerta principal, cuando llegue a donde se originaba el humo que era la recamara principal, al estar con llave, opte por patearla con mucha fuerza, derribándola y rompiendo parte de la puerta ya comida por las polillas. El fuego ya estaba bastante crecido, estaba a punto de consumir parte de la cocina, al no tener a la mano un extinguidor, me dirigí rápidamente a la cabina de vigilancia que estaba vacía, allí había un extinguidor, sin pensarlo dos veces lo tome y volví al lugar del siniestro, rocié la blanquecina espuma por toda la habitación afectada, poco a poco el fuego cedió y se extinguió. Para cuando terminé de apagar el fuego y de buscar a Mosa, apenas llegaban los bomberos, se asombraron al verme salir con tanta naturalidad de la casa con un gato dormilón en mis brazos. Y eso si con la ropa, la cara y los cabellos llenos de ceniza y espuma del extinguidor.

 

 -Buenos di…- Intento saludar pero soy interrumpido abruptamente. 

 

-Oye mocoso, tienes más de dos días, ¿qué esperas que me encierre en mi habitación y llore como niña? Ah no espera, no puedo ¿sabes por qué? ¡Porque no tengo una maldita puerta que lo haga!- solo escucho el ladrido de ese irritable sujeto, no me extraña que este tan enfermo como dicen las malas lenguas del edificio. A mis ya tres años de vivir allí, aun no me acostumbro a sus rudos tratos.

 

 -Cierra la boca viejo gruñón, deja en paz al niño, si no ha podido es porque está muy ocupado -se dirige a mí la esposa del casero, tan amable como siempre, me trata como si fuera uno de sus hijos- no te preocupes hijo, tomate tu tiempo, confió en ti- me sonríe de una manera muy cálida. Su sonrisa me recuerda a la de mi  madre, cómo me sonreía tan dulce.

  

-Gracias señora Elizabeth, que tenga buen día-

 

 -A ti Robert, ve con cuidado- después de esa pequeña conversación me apresuro a llegar al parque de la siguiente cuadra. Me encanta ese lugar porque sus caminos y sendas son interminables, el perfecto lugar para liberar toda mi energía, así también para mirar a una que otra chica escultural corriendo por sus parajes, dejando ver como sus atributos danzan a su compás. Pensarán que soy un perverso, pero entiendan que un joven de veintiún  años, viviendo solo y teniendo al alcance esa clase de sitios y un aura tan atractiva, le es difícil dejar pasar tal desfile.

 

 Llego y a simple vista no veo a más corredores,  me imagino que se debe a que aún es muy temprano, mejor para mi, podre ejercitarme como se me antoje. Me ubico en un punto del parque, comienzo a estirar mis extremidades, es placentero sentir cómo se tensionan mis músculos, cómo se escuchan los chasquidos de algunos de mis huesos, en especial como truena mi columna vertebral adormilada al doblarla hacia enfrente y hacia atrás. Listo y despierto, me coloco los audífonos del reproductor de música colgado en mi brazo izquierdo y así emprendo mi rutina comenzando a trotar al ritmo de la música. Durante el ejercicio y después de varias vueltas mis recuerdos afloraron en mi mente invadiéndola, la música ya no la percibían mis oídos, recuerdos de mi madre, mi padre, el fatal final que tuvieron pasaron ante mis ojos, así mismo cómo fui criado por mi abuela, cómo ella también falleció, cómo pasé de casa en casa durante mi pubertad y adolescencia, y como llegue a la mayoría de edad con gran alegría porque eso significaba que ya era libre y podría ya valerme por mi mismo. Ya no habría adultos gruñones, incomprensivos, estúpidos, autoritarios, que me explotaran como un criado al ser yo ajeno a su familia. Ya no habría mocosos malditos que se aprovecharan de mí por mi condición de huérfano y mi débil cuerpo, ya no habría más insultos por parte esas masas obesas que se hacían llamar “personas civilizadas”,  ya no sería más el chivo expiatorio de sus irresponsabilidades e ineptitudes, así como de las diabluras de sus engendros. Algunas lágrimas amenazaron con salir de mis ojos, permití que fuesen libres puesto que me encuentro solo en el parque. Comienzo a correr con más velocidad, libero ese enojo, esa frustración que alberga mi corazón, en mi mente, en mi espíritu con esa veloz carrera.

  

Ya estaba a punto de llegar a mi limite, me detuve estrepitosamente en una fuente de agua, recargue mis manos y deje colgando mi cabeza, aun jadeaba, me faltaba ya el aire, mis extremidades ya resentían el sobre calentamiento, toda mi cara, brazos y tórax estaban empapados en sudor. Regulando mi respiración me incorpore, lavé mi cara con el agua de la fuente, tome un poco de la misma, revise mi reloj de pulso, ya había transcurrido una hora y quince minutos, aun me quedaba tiempo. Así que regrese caminando tranquilamente a mi casa, dejé que el aire fresco golpeara mi cara y secara el sudor. El momento de la verdad llegaría en menos de una hora.

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