A pedido de Geraldine
El avión que la trajo desde México sufrió un desperfecto mecánico media hora antes de aterrizar, llenando de espanto a casi todos los pasajeros, excepto a uno. Geri lucía imponente cuando fui a recogerla al aeropuerto Jorge Chávez de Lima; llevaba puesto una minifalda entalladísima, de la que nacían unos muslos leonados y firmes, capaces de encandilar al transeúnte más despistado. Los rizos de su cabello y esos labios carnosos me hicieron dudar de sus veintiún años de edad, además de esa mirada maliciosa, como si supiera exactamente lo que pensaba de ella mientras la veía atravesar la puerta de la sala de espera.
Dos días antes, recibí su llamada telefónica de madrugada, donde me aseguraba que deseaba compartir sus secretos literarios conmigo, como muestra de la amistad que hasta ese entonces habíamos alcanzado a través de un portal de literatura en Internet. No soy muy sociable que digamos, pero Geri me llamó mucho la atención, sobre todo por su estilo gótico y oscuro, resaltando personajes demoníacos, vampirescos y hasta asesinos. En fin, ya instalada en un hotel cercano a mi trabajo, donde nos reuniríamos durante los tres días que duraría su estadía en mi país, pidió que le llevaran al cuarto una botella de vodka todas las noches seguramente en reemplazo del tequila, además de otros gustos que en mi primera noche descubrí casi accidentalmente.
La primera noche me sentí sumamente nervioso, y es que ella siempre se mostró tan liberal en el chat, que no supe cómo se desenvolvería en persona. Cuando me abrió la puerta de su habitación, un olor extraño invadió el pasillo en un santiamén. Llevaba puesto un abrigo largo y grueso, lo cual era algo absurdo, considerando que se encontraba dentro de una habitación con calefacción. Pero no le di importancia al asunto e ingresé, ubicándome en una silla frente a la cama. Ella encendió un incienso cerca de la ventana que daba a la calle y luego se tendió sobre la cama de forma traviesa, como si estuviera jugando a ser la chiquilla que en otro tiempo fue.
Nuestra plática giró en torno a la comida típica de mi país, a sus costumbres en cuanto a la vestimenta y los medios de comunicación, los cuales, por cierto, dejaron una sensación decepcionante en mi amiga. Era obvio, la prensa limeña últimamente se había llenado de sensacionalismo barato y consumista, resaltando sólo noticias intrascendentes y, muchas veces, también falsas. Geri y yo conversamos largo y tendido desde las siete de la noche hasta las once y treinta, sellando nuestro encuentro con mesuradas copas de vodka helado. Resultó ser una gran conversadora, muy jovial, aunque misteriosa también; llevaba en el cuello un collar de plata quemada de la que pendía un dije en forma de espiral doble cuya circunferencia ocultaba una cruz de extremos redondeados. De más está mencionar que esta alhaja parecía encajar en el surco de su escote, pero por cuestiones de decoro, me limité a alabar su belleza y voluptuosidad. Al despedirme, me regaló un beso en la mejilla que súbitamente me dejó una sensación ácida en la garganta, como si hubiera sido un beso intenso y pasional, esos donde las lenguas se entrelazas y los dientes se hieren con placer. Preferí hacer mis anotaciones de aquel encuentro cuando llegara a mi casa, pero esa noche me sobrevino un insomnio terrible, y la escasa media hora que dormité sobre el teclado de mi computadora estuvo atiborrada de un sueño inexplicable, donde me ahogaba en un mar sangriento, más denso que el agua, como si se tratara de gelatina.
La segunda noche, Geri lucía el mismo abrigo, el mismo collar el mismo escote, aunque su blusa era esta vez diferente, y, tendida sobre la cama de manera similar que la noche anterior, me detalló que amaba a dos hombres en el portal de literatura, a los que llamaba por teléfono todas las noches, curiosamente, también de madrugada. Me contó también de sus estudios universitarios, de sus preferencias musicales, de las fantasías oníricas que influenciaban en cada uno de sus escritos, me contó tantas cosas que no pude evitar preguntarle por el collar, pero desvió la mirada entristecida, como si hubiera revivido algún amargo recuerdo. Rápidamente me excusé, pero ella cambió su nostálgico mirar por una sonrisa radiante; se abrió más el escote y extrajo el dije, lo colocó sobre mi palma derecha y dijo que era una antigua reliquia rumana que su abuelo le había obsequiado en su cumpleaños número quince. Y ya que me encontraba en eso de las preguntas, supe que aquel olor extraño era azufre, que el incienso no era otra cosa que una hierba natural de México que contrarrestaba los espíritus negativo, y que acostumbraba dormir con abrigo debido al frío infernal que hacía por las noches. Esto último me pareció ilógico, dado que nos encontrábamos en la estación de verano. Pero su respuesta fue algo capciosa: Entonces eso quiere decir que necesito el calor de otro cuerpo para dejar de lado el abrigo, me dijo, clavando sus pupilas en las mías, como si intentara que yo develara aquel acertijo. Pero ya era casi medianoche, así que me despedí de ella, encantado por tan interesante plática. Esta vez fui yo quien depositó el beso en su mejilla, y la sensación de acidez que sentí en mi garganta fue reemplazada por una edulcorada sensación en mis encías y paladar. Tampoco pude conciliar el sueño esa noche, y los pocos sueños que tuve me causaron un efecto muy similar al de la borrachera, porque veía cosas amorfas, radiantes, nebulosas, como si mi visión hubiera estado drogada por alguna especie de alucinógeno.
La mañana del tercer y último día de la estancia de Geri en mi ciudad fue para mí definitoria. Al revisar mis apuntes sobre ella, me di con la sorpresa de que mis archivos estaban en blanco. ¡No había escrito nada! Así que decidí ir una hora antes a verla para aprovechar al máximo su visita. Hasta ese entonces, no había nada trascendente en ella. Era, a grandes rasgos, una muchacha bella, segura de sí misma, misteriosa por ratos, amante de la naturaleza y según me pareció una seductora innata. Esa tarde, hice un resumen pormenorizado de ella, de todo lo que mi memoria fue capaz de recordar. Abarqué una extensión de treinta y tres páginas en formato A4 y a espacio simple, los imprimí y llevé una copia para Geri. Nunca imaginé lo que iría a pasar esa última noche, aunque, extrañamente, lo presentía.
Toqué el timbre muchas veces, pero Geri no se encontraba; en la recepción me dijeron que salía a esas horas todos los días, y como yo acostumbraba llegar más tarde, era lógico que no estuviera, pero amablemente me hicieron pasar a su habitación para esperarla allí. El olor a azufre había desaparecido por completo y la habitación se encontraba intacta, como si Geri jamás la hubiese habitado; me dirigí a la ventana y la abrí, ya que hacía un calor sofocante. Fue entonces cuando recordé lo del abrigo, y me senté sobre la cama para darle una leída a mi escrito, mientras ella llegaba. Mi cuerpo rebotó en el colchón hasta adaptarse a su volumen, con la mirada busqué algún indicio que me llevara a sospechar de Geri, pero no hallé nada. Luego me pregunté porqué tendría que sospechar de ella. Faltaba media hora para que apareciera por esa puerta, envuelta en su propio misterio, ataviada de la voluptuosidad más desenfadada posible. Pero a pesar de que la habitación se encontraba intacta, una fuerte tensión se había apoderado del ambiente, del aire. No era el calor solamente, había una especie de presión gaseosa, invisible, que se apretujaba contra las paredes, contra todos los objetos allí presentes, incluso yo mismo. Tal sensación de pesadez me infundió cansancio, y, sin percatarme de ello, me quedé dormido sobre la cama.
Al despertar, Geri estaba sentada sobre mí. Su cuerpo desnudo parecía brillar con cada refracción luminosa del fluorescente, su piel canela despedía aquel olor a azufre y transpiraba con deliciosa armonía. No supe qué decir ni cómo reaccionar. Mi camisa había sido desgarrada, dejando hilachos a los costados. Mi cuerpo estaba expuesto a su piel, desde los pectorales hasta las rodillas, y ella, acomodada sobre mi región pélvica, aguardando aparentemente mi despertar. La mirada que me ofreció me paralizó, el estupor centuplicó mi rigidez, el contacto con su piel, con sus vellos erizados, con su humedad interna, todo confabuló para que me dejara llevar por el movimiento oscilatorio que sus caderas comenzaron a describir una vez se percatara de mi despertar. La sensación de pesadez aún se mantenía, pero el instinto de la cópula era más fuerte, más punzante. Geri era una bestia sedienta de lujuria, una hembra rebosante de pasión, de erotismo. Sus certeros movimientos fueron más que efectivos, arrancándome dos eyaculaciones intempestivas que llevaron mi razón hacia la estratosfera. Luego abrió más las piernas, las separó y las colocó en una especie de eme mayúscula, y los movimientos de arriba abajo fueron acompañados por jadeos contenidos, reprimidos, como si estuviera esperando la ocasión más oportuna para dejarlos salir libremente. Las manos de Geri se deslizaron hacia atrás, aferrándose con sus uñas a mis muslos, impulsándose más, sacudiéndose como una máquina sexual fuera de control. Intenté recuperar el dominio de mis facultades, pero entonces vino el beso, un beso exageradamente sonoro, viscoso, que me infundió fuerzas para corresponderle como debía. Con la cabellera desordenada, me levanté, tomándola de la cintura, aprisionándome contra su pubis y abdomen, para luego hacerla girar en diagonal con violencia y tenderla en la cama. Allí, dejé que mi instinto volara; fue cuando Geri soltó sus gemidos con todo el desparpajo posible, ignorando si esto incomodaba a los huéspedes de las habitaciones contiguas Mis labios absorbieron la sal de su cuerpo, reemplazándolas por surcos de saliva; sus pezones, erectos y rígidos, adquirieron una coloración rosada desde la areola hasta la base de los mismos. Estuvimos consumiéndonos por un lapso de cuarenta minutos si mis cálculos fueron correctos, y Geri daba muestras de una energía impresionante. Cuando creí que ya no podría seguirle el ritmo, tomó mi cabeza y la dirigió hacia su vulva. Allí me tuvo cinco minutos más.
De repente, su piel se enfrió, como si estuviera transpirando hielo por los poros, incluso sus jadeos eran acompañados con bocanadas de vapor de agua. Sus ojos no perdían su lascivia primigenia, sus piernas tampoco, pero su cuerpo parecía enfriarse cada vez más. Una preocupación me invadió cuando vi collar colgándole del cuello, ya que no lo llevaba puesto cuando desperté y la encontré sentada sobre mi vientre. El azufre era casi insoportable, la habitación toda parecía un horno, pero Geri tiritaba de frío; sus labios, carnosos y jugosos antes, se encontraban resecos y considerablemente disminuidos. Quise zafarme de su lado, pero ella se levantó, abrazándome con fuerza, entrelazando sus manos a la altura de mi nuca, evitando de esa manera que huyera de ella. Entonces decidí debilitarla, por lo que recorrí su cuello con mis labios de manera compulsiva. Geri lanzó un grito escalofriante, el cual me dejó paralizado, anonadado. Echó la cabeza hacia atrás, dejando ver sus pechos en toda su redondez, y, entre ellos, el dije refulgió con un extraño brillo fosforescente. Cuando su cabeza se deslizó hacia delante, tenía los ojos cerrados y lloraba sangre; mi alelamiento no me permitió espantarme como debía, sólo contemplé su cuerpo color cenizo, sus uñas largas y curvas enterrándose en mis hombros, provocándome heridas que aún no sentía. Mis ojos se dirigieron al lugar donde nuestros pubis se encontraban entrelazados y me percaté de la masa sanguinolenta embadurnada hasta mi abdomen, cuyas salpicaduras llegaban incluso hasta mi cuello. El cuerpo de Geri estaba en las mismas condiciones, pero a diferencia de mí, continuaba meneándose, produciendo un sonido acuoso que en ese momento no estaba en condiciones de disfrutar.
Quise decirle algo, lo que fuere, pero no pude, y al parecer ella lo sintió, sintió mi necesidad de encontrar explicación a tales sucesos fantásticos. Pero cuando abrió los ojos, tan fosforescentes como el dije, supe que por más explicación que tuviera me resistiría a creerlo. Sus labios resecos se abrieron como su vulva en su momento para mostrarme unos caninos nacarados de aproximadamente una pulgada de longitud, cuya curvatura se enfilaba hacia el interior de su boca. Con movimientos todavía sensuales, se acercó hacia mi cuello, royéndome la piel, dejando raspaduras sinuosas, hasta que finalmente clavó sus estacas dentarias entre la unión de mis clavículas con el esternón, abriéndome una herida finísima, pero a la vez profunda, que la condujera hasta el cayado de mi aorta
El golpe de la puerta me despertó. Estaba en sobre el teclado de mi computadora y alguien tocaba frenéticamente. Sin entender qué había pasado, salí a ver de quién se trataba. Era Geri, protegida por su abrigo, su escote y el collar aquel. Se mostró preocupada de que no haya ido a verla al hotel durante su segunda noche. Traté de corregirla diciéndole que anoche había sido la tercera y última de su estancia, pero me mostró un calendario que corroboró mi error. ¡Pero si lo tengo anotado!, le dije, e inmediatamente fui en busca de mis apuntes, pero grande fue mi decepción al encontrarlas fechadas días antes del arribo de su avión desde México. Todavía me rehusaba a creer que se había tratado de un sueño, pero Geri, sonriente y divertidísima con la idea de enloquecerme aún más, me dijo:
Anoche, durante nuestra primera reunión en el hotel, hicimos el amor como locos, no lo soñaste, querido; así que deja esos papeles y vamos a la habitación para repetir la faena; esta vez no habrán mordidas, lo prometo. Además, yo te advertí que era capaz de tomarme un avión sólo para encamarme contigo.
Geri se marchó la mañana del cuarto día. No conversamos mucho, creo que la mayor parte del tiempo nos la pasamos devorándonos en la cama, descubriendo nuevas apetencias y excentricidades pasionales simultáneamente. Dijo que regresaría más adelante, cuando terminara sus estudios, y esta vez para contarme muchas cosas que pasamos por alto debido a lo reducido del tiempo. Aún conservo el collar y el dije que me obsequió, además de una herida aparentemente superficial sobre mi esternón.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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