Padre nuestro,
yo creo en ti como nadie en el mundo.
Mi diálogo personal corrobora mi ego,
eso no te resta altura,
tú que estás en los cielos.
Los símbolos me hacen comprender,
abstraerse de la tierra; religioso.
Santificado sea tu nombre
pero no por el dichoso poder ancestral,
sino por la gracia que nos recrea la paz.
Venga a nosotros tu reino,
el que no se desea,
el que te toca una vez en la vida
por suficiente,
y hágase tu voluntad.
Todos sabemos algo de ti,
de ahí la necesidad de unirnos,
así en la tierra como en el cielo;
donde la mente pisa y sueña
simultáneamente.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
a diferencia de nosotros Tú
ser supremo que repartes.
Quién juzga sino Tú,
quién
perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
De la misma manera
todos los que te ofendemos,
transformando tu reino;
haciéndote hombre,
olvidando tus huellas.
No nos dejes caer en la tentación,
pero déjanos caer en tu regazo misericordioso,
ser conocedor, ser innatura
que afligido has de tus hijos.
Acércanos tu inmaculada mano
y líbranos del mal;
porque las palabras limitan
lo que la mente determina.
Así buscamos el silencio,
así llamamos a tu puerta,
sucumbiendo a los límites terrenales,
al paraíso en sueños.
No hay camino recto.
Amén
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