No nos han de contar siempre los vientos de los llantos más profundos
del alma humana, pero sí han de transmitirnos ciertos olores, a todos
nosotros los seres que sentimos en la soledad de un mundo que nos trae
con nuestros cuerpos indefensos.
Mi memoria es tan extensa como todos los mares juntos, y mi tristeza es
tan potente como la impresión que dejó en Jonás aquello macabro que
pasó la noche de los olores que no habría de olvidar, ni de dejar de
repudiar, en toda su vida.
Salió del albergue, y con otros niños como él compartió lo que era el
realizar un asalto perfecto y, sin lugar a dudas, de su cuantiosa
recompensa. Ignoraba las palabras de la trabajadora social, que tanto
placer le causaba al escuchar su dulce maternal voz, lo cual le
provocaba un incomprensible sentimiento de culpa, que no era otra cosa
que su deseo natural de vivir en un estable hogar, del cual no tuviera
que escapar como tantas veces sí lo había hecho del albergue para niños
abandonados.
Aquel día de su milésima huida, en la noche fue raptado por unos
hombres, que, entre sus pensamientos barajaban las imágenes y el placer
que tanto les causaba los gemidos de los niños durante un abuso sexual
bestial y destructivo.
Fue abusado, y no fue lo que sintió ni lo que vio lo que le perforaría
el alma por siempre, sino ese olor de esos hombres, punzante para los
pulmones, profundo para la memoria, dañino en todo sentido.
Al tiempo volvió al albergue, y al escuchar las palabras de la
trabajadora social de siempre, no pudo contener el llanto frente a
ella, sin ésta poder comprenderlo. Era la primera vez que lo veía
llorando al niño, que siempre se había caracterizado por su frialdad y
una hombría de la que se jactaba, pese a ser tan pequeño aun: 9 años.
Creció, y con una niña de la calle entabló una buena amistad. Ella,
Leda, le confirió a él un secreto terrible: Escuché a papi decir que
yo le gustaba mucho. Escuché que en la noche nos quitaríamos la ropa
los dos, y luego nos veríamos en la tele. Ella 11 y él 12. Después,
Leda le confesó a Jonás que por eso que le había contado se había ido
de la casa, pero que desde entonces otros tipos le habían hecho
propuestas parecidas en la calle.
Contigo sí lo haría. Con esos otros, jamás. Le dijo otro día la niña al niño de la calle.
Desde el primer abuso al que había sido sometido, Jonás, había sido
frecuentado siempre por otros hombres, y se repetía lo mismo, y le
aterraba lo que ocurría en su miserable vida, pero sobre todo ese olor
asqueroso.
No lo quiero hacer contigo, huele feo. Le dijo al pasar del tiempo el niño a la niña de la calle, Pero estás bonita, agregó.
Instintivamente y harto de los abusos, un día Jonás ya no quiso salir
del albergue y, aunque trató de convencer a Leda de que lo acompañara,
ésta le dijo que afuera tenía amigas.
A Jonás lo aterraba algo que le evitaba dormir en las noches, y eran
ciertas palabras de Leda, las últimas que escuchó de ella antes de
dejar de verla por aislarse, temeroso, en el albergue: Creo que
volveré con Papi.
*Novela conjunta. Foro: http://escribeya.com/Foro/754
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