Entró a aquella habitación de la mano del hastío, buscando un haz de luz, un objeto distinto, un color nuevo que interrogue su paleta una gota de inspiración deslizándose entre sus dedos.
Observó los estantes atiborrados de su arte, del ajeno, sus bocetos y sus creaciones aún no nacidas. Pero por más que buscara o se dejara encontrar, ninguna visión le cosquilleaba el alma, ni estimulaba su músculo de artista. Con desencanto, Lía apagó la luz y abandonó su atelier sumiendo a sus sueños en una fría oscuridad.
Al pasar por el espejo del pequeño corredor se vio a sí misma en un burdo reflejo de cuerpo entero. Sin embargo, lejos de detenerse en lo justo o injusto de aquella ficción óptica, pensó en qué elemento de su mundo había escapado impune a las cinceladas del pincel sobre el mármol de sus telas. Fue entonces que, sorprendida, tomó conciencia de que era ella misma quién se fugaba insistente de las sincrónicas garras de la eternidad de un retrato. Era la artista quién se ocultaba, temerosa de su arte.
Conocedora del poder del ojo que acota al mundo con el filo de sus dientes, buscó en su anatomía su fibra más suya, su carne más propia, hasta posar su mirada en los ojos azules de aquella mujer que copiaba sus movimientos del otro lado del cristal pulido.
En esas pupilas que se miraban en las suyas, para perderse en el infinito juego de los espejos, se reconoció niña curiosa, mujer secreta, madre dulce, pintora insaciable se sintió todopoderosa. Afrodita, Atenea y Artemisa, en una amalgama compleja y simultánea. Decidida, tomó coraje de sus entrañas y llenó sus pulmones con el aire de la noche. Casi a punto de enfrentarse a sus fantasmas, escuchó la voz de Norberto que, como la campana salvadora que anuncia el fin de un round despiadado, acudía al rescate de su amada preguntando:
- ¿En qué pensabas, querida?
Ella respondió aliviada, tomándolo de la mano, mientras caminaban a la habitación:
- Pensaba en vos
Dedicado a Lía y a Norberto.





