Cientos de gatos salían por todas partes, era un ir y venir de pequeñas criaturas desagradables que le daban un aspecto lúgubre al lugar.
Los niños felices, sin imaginar que algo raro pasaba corrían por el patio detrás de ellos. Al tratar los chicos de atraparlos, los gatos brincaron sobre los lavaderos, causando el alboroto de las mujeres, quienes tallaban la ropa en tanto se informaban de los últimos chismes.
Esa tarde volví a casa antes de lo habitual, estaba un poco cansado y aburrido de la monotonía del trabajo y decidí irme a descansar, desgraciadamente en la vecindad no existía la tranquilidad acostumbrada. Las vecinas se quejaban amargamente aunque en realidad no se habían percatado de la gran cantidad de felinos que se hallaban en el patio.
Yo no lograba comprender lo que pasaba pero no me gustaba nada, quizá por la repugnancia que siempre había sentido hacia esos seres. No podía dejar de pensar en que esto significaba un mal presagio.
Habían pasado ya más de dos horas y la vecindad se encontraba hecha un desastre. Botes de basura tirados por todas partes, el olor a los desperdicios regados por toda la vecindad era insoportable. Las señoras comenzaron a darse cuenta de que algo andaba mal y gritaban alarmadas. Traté de espantar a los felinos pero estos no estaban dispuestos a irse.
Doña Laura cuidó y alimento durante muchos años a más de 30 gatos que recogía de la calle, pero los que había esa tarde en la vecindad eran cientos de ellos de todos los colores y tamaños.
Cuando comenzó a anochecer pensaba en la forma de deshacernos de esa plaga pero el desconcierto y el pánico me dejaron paralizado. Perdí el control por completo cuando un “horrible” gato negro se lanzó hacía mi. Sólo recuerdo un fuerte maullido y unos brillantes ojos rojos que me miraban desafiantes, cuando reaccione me encontraba corriendo despavorido muy lejos de casa.
Me sentía perseguido por esos seres infernales. Al cruzar corriendo por una de las calles principales del Centro recuerdo haber tirado un puesto de comida, la gente me miraba extrañada mientras yo corría sin parar no escuchaba ningún maullido pero no me detenía, no pensaba, sólo quería huir, estar a salvo. Después de un buen rato comprendí que ningún animal me perseguía.
Vague durante horas, por las calles desiertas de la ciudad, tenía miedo de regresar, cada vez que encontraba a mi paso algún felino me estremecía de pánico. Pensaba en los niños que jugaban en el patio.
Cuando por fin me tranquilice, quise volver, saber que había ocurrido realmente. Era de madrugada, no tengo idea de la hora. La calle estaba oscura y tranquila, solamente caminaba por ahí uno que otro Teporocho tambaleándose, todo estaba en silencio, un silencio que me hacía temblar.
Al llegar a la Colonia Santa María logre reunir algo de fuerza para acercarme a la enorme puerta de madera de aquella construcción del siglo XIX, en donde viví desde que llegue a la ciudad. En uno de los balcones dormían placidamente dos gatos Siameses. Escuché el crujir de la madera, los gatos subían a los departamentos que se encontraban a la entrada. Las puertas y ventanas rechinaban, se abrían y cerraban sin cesar.
Me detuve en la puerta pero alcancé a ver algunos felinos trepando por las bardas mientras los demás descansaban en la hermosa fuente del patio.
Era algo siniestro ver la vecindad sin sus pobladores. Observar a estos pequeños animales que entraban y salían de las casas con tanta naturalidad que me hizo pensar que ya se habían apoderado del lugar.
Sentí una mezcla de alivio y temor al darme cuenta que los gatos sólo querían tomar posesión de algo que ellos creían que les pertenecía.
Después de quince años de aquel suceso, al pasar por la casa de mi juventud, no dejo de pensar en porqué aquellos felinos nos hicieron desalojar ese antiguo edificio.
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