Revisé una y otra vez el expediente, conjunto al libro de huéspedes y como siempre, nada. Ni una muestra de prófugos.
Lo cerré y me levanté de nuevo del asiento, me estiré un poco, ya que el estar sentada en un escritorio por dos horas seguidas te deja algo contracturada y ni pensar en las horas que me quedaban, siendo que eran las doce del día. Salía a las 8 de la mañana del día siguiente.
Caminé de un lado hacia otro sin un punto fijo, era para mantenerme en movimiento. De vez en cuando miraba de reojo la puerta y alcanzaba a ver el reflejo de Roberto por el vidrio de catedral que había querido poner el jefe. Como odié el haberle dado la idea de poner aquellos vidrios y no unos corrientes.
Me paré frente al escritorio y acomodé el libro de huéspedes de una manera que quedara exacto, en el costado izquierdo del mesón. Esto es lo que hace el aburrimiento.
Eran meses lentos, los mas malos para los hoteles, aun por muy buenos y populares que sean, la baja de huéspedes era considerable.
Pero, como teníamos prestigio en toda la ciudad, teníamos nuestros clientes frecuentes, como aquella mujer de cincuenta años adinerada y su cachorro, también teníamos a uno de los hijos del presidente, el que pagó dos veces el valor de la estadía, para que no divulgáramos su estadía en el hotel, a nadie, absolutamente a nadie. No quería que se supiese, que la esposa lo había echado de la casa, por un amorío que tuvo con una prostituta.
A veces la desesperación hacia, que los huéspedes tomaran cierta confianza con la recepcionista de turno y contara toda su vida, con lujo y detalle; y teníamos que hacernos paciencia y tiempo, más yo, ya que casi siempre era yo quien me aguantaba todas las historias para escuchar, desde que nacían hasta que ponían el primer huevo.
Era algo molesto, pero el jefe nos decía: si son buenas oyentes son buenas trabajadoras y por lo tanto más clientela frecuente y para alentarnos a casi no escuchar, decía: siempre repitan, si, aja, ¡vaya! y cuando enfatice la voz en alguna parte ustedes dice No, ¿¡pero como!? O solo digan NO pero pónganle un tono de sorpresa
Tips básicos como decía el, para hacer feliz a un huésped. Pero con la condición de llevarnos sus historias hasta la tumba, jurar y re jurarles que nada de lo que contaron se iba a mover de ahí. No quería que su hotel fuese catalogado como el amo y señor de los chismes. Farandulero.
Aquel hombre, joven por lo demás, llegó al hotel hacia más de tres días y generalmente salía muy abrigado y cubierto hasta la cara, con unos lentes oscuros. Seguramente creía que así iba a pasar de esa percibido. Pero el modesto auto que tenia, un Ferrari, no dejaba que ello ocurriese y apenas salía de las cuadras en que se encontraba el hotel, era bombardeado por periodistas y fotógrafos. Así era la vida de ellos, así era la vida de los famosos, escandalosa, llena de preguntas y llena de flash de cámaras
Por eso amaba mi vida, en ese aspecto. Era escandalosa, pero nadie en el mundo se preocupaba con que papel higiénico iba al baño, o con que shampoo me había irritado los ojos. Era casi libre de hacer y deshacer sin dar explicación. Casi
Retrocedí un paso y miré la perspectiva de mi espacio de trabajo.
Me las quise dar de fotógrafa, haciendo recuadros con los dedos y haciendo el sonido del flash de cámara, que más o menos sonaría como un ¡Shick!
Hice tomas de varios ángulos, incluso hice una toma aérea, subiéndome al escritorio. Me bajé y tomé una en dirección en donde se encontraba el libro de huéspedes y me acuclillé, para tomar una desde un ángulo mas abajo.
-¿cuando vas a montar la galería?- dijo una voz detrás de mí, haciendo que tambaleara en mi posición y cayese a un lado. Miré hacia el lugar donde había escuchado la voz y para mi sorpresa vi a Roberto apoyado en uno de los pilares de la puerta, con una sonrisa muy pronunciada.
- eh cuando revele la película- dije esto y soltó tal carcajada, fue tanta la gracia que le había causado, que le provocaron lágrimas. Yo por mi parte avergonzada, quizás desde cuando que estaba parado ahí, me traté de levantar pero fue en vano, mis movimientos estaban siendo muy bruscos. Estaba molesta y muy apenada.
-a ver, ven- dijo mientras detenía la risa, para levantarme del piso.
- gracias- dije y cuando me levantó le quité el brazo que sostuvo para levantarme y me devolví al escritorio, a mi asiento. Estaba con las mejillas hirviendo, sabía que no era buen signo, estaba sonrojada a mas no poder.
- Perdóname Nataly si te molestó, es que escuché ruido aquí dentro y venía a cerciorarme de que todo estuviese en orden, no quería haciendo sonidos de risas ahogadas- interrumpir tu sesión- dijo y se tapó la boca para reírse con un tono más bajo.
-si, descuida- dije ocultando mi cara bajo el escritorio. Definitivamente amaba mi escritorio por ser tan alto, podía esconder mi rostro con mucha facilidad, lo necesario para ese momento; hasta llegar con mis mejillas, que ardían, hasta la mesa, para tratar de bajar su temperatura.
- de verdad nataly, es que sentí que daba unos pasos hacia el escritorio. Apreté los ojos, y con ellos bloqueé en parte mi audición, no quería saber que se estaba acercando nataly, de veras discúlpame escuche tan cerca ese discúlpame que no pude contenerme a mirar. Levanté mi rostro y me encontraba a una cuarta del suyo.
- te te dije que descuida. No pasó nada enserio- No podía despegar mis ojos de sus ojos. Me llamaban. Era como si su iris tuviese escrito mi nombre y su pupila lo gritase; pero era tan pequeña la letra con que estaba escrito y tan bajo el grito que emitía, que tenía que acercarme aun más. Quería oírlo.
- ¿Nataly que sucede?- dijo y sentí como arruinaba mi pensamiento, como me apuñalaba y me hacia volver a la realidad.
- nada, nada- dije y retrocedí mi rostro una distancia considerable. El también retrocedió, pero sus ojos aun mantenían esa mirada, solo que ahora su rostro estaba más relajado y expelía un aire de dulzura, algo difícil de describir.
- espero ver luego tus trabajos como fotógrafa- dijo intentando romper el hielo, simulando una sonrisa. Ahí descubrí que las bromas no le quedaban. El tono que usaba no era el apropiado para hacerlas y mucho menos ponía cara de haberla hecho. Era como si fuese una orden.
- de acuerdo, pero cuando revele la película, ya te había dicho- dije y ahí comenzó a reír nuevamente. No pude evitar contagiarme de su risa, por que después de todo era una situación graciosa. Una recepcionista con aires de fotógrafa frustrada.
Roberto salió al rato que cesamos nuestras risas, volviendo a su posición de militar, al lado izquierdo de la puerta.
Yo por mi parte, dejé de lado mis dotes innatos de fotógrafa y revisé el número de llaves de las habitaciones disponibles. Eran un total de setenta habitaciones y teníamos libres, cincuenta y ocho. Horriblemente alto.
Estábamos acostumbrados a tener siempre diez, hasta doce habitaciones libres, pero no al revés
- el jefe se va a morir si ve esto- dije, mientras marcaba en una hoja las habitaciones libres.
Terminé de anotar el número de habitaciones y llamé a una de las chicas que se encargaba del aseo y pedí que aspirara las alfombras de la recepción, los sofás y que vaciara los basureros. Había que tener desde la entrada una buena presencia y sobre todo pulcra.
Mientras la chica hacia los desmanes en la sala me dio tiempo suficiente para ir al baño y acomodar mi ser.
Mientras lavaba mis manos, noté, que aun mantenía el vestigio de mi anillo de compromiso.
Me había quedado algo pequeño.
Mi pobre dedo, aguantó azuloso y estrangulado por más de un mes, hasta cuando decidí quitármelo para lanzárselo en la cara a Eric. El día que lo vi besándose con Melissa, mi prima.
Sentí que me brotaban las lágrimas, aun me afectaba.
Según yo, era capítulo cerrado, finiquitado. Pero, golpe bajo, Melissa tenia 5 meses de embarazo y se iba a casar con él. Lo supe 3 meses después de haber roto con él.
Ahí me había dado cuenta, lo ciega, lo incrédula, lo estúpida que había sido. Me había estado engañando por dos meses, o quizás por cuanto tiempo realmente fue. Pero cuando se está realmente enamorado, aquellos signos, aquellas advertencias, aquellas indirectas que tu familia manda, ya que no quiere inmiscuirse en tu vida de una forma directa, las haces a un lado, las ignoras, eres indiferente; por que lo amas y estás segura que él, no sería capaz de algo así. Pero si lo fue y para ponerle la guinda a esta torta, con tu prima. Sencillamente perfecto
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