NOVELA CONJUNTA II: CAPITULO XI


POR: DANNY1012

De vuelta a la lejana Chiapas. En mi condición de Elegido, siempre me pregunté, por qué cuando me nombraron así, no usaron el género correcto. A veces creo que formo parte de los Padresmadres mayas, y que, ante otros ojos, soy un hermafrodita tenue y difuso en las tinieblas. Mi viaje a México y Perú, obedeció a extrañas causas. Yo iba camino de Madrid a Santiago de Compostela, no sé porque terminé yendo a México, tal vez hice caso a la Mirada de siempre, ese gran ojo que me fisgoneaba adonde fuera y, claro, al Hombre Vestido de Blanco que me indicó buscar la purificación. Sabía que en mi condición de mujer purificada, ya podía ser admitida al Gran Templo, suponía que era así, quién busca la purificación si no es para ir algún lugar sagrado. Todo parecía un juego, de niña jugaba a las escondidas y nunca me encontraban, tenía mi gran escondite, decían que sabía esconderme.
Una corazonada hizo que sacara de mi morral más libros de los que tenía. Malleus Maleficarum: philocaptio, Incantations y Conjuros indígenas. ¿Quién me puso los otros dos libros sin que me diera cuenta? Pero estaba satisfecha, aún cuando si fuera ladrona mi sonrisa era amplia y despreocupada. También saqué el amuleto y el códice; para mí eran breves bocetos de algún paraíso perdido, un padre, una madre y sus hijos, un pico y un azadón para exhumar mis males. ¿De dónde? Luego de revisar con dedicación cada libro, vi que la palabra y su efecto, valía más que cualquier tesoro. Incantations fue escrita por gente pobre que no sabía leer, siempre decían que los soñaban, que los versos los escuchaban de voces milenarias y que, ellos tan solo los transmitían por mandato divino.

Ámbar Past era poeta de descendencia mexicana nacida en Estados Unidos, había vivido hace trece años en Chiapas, la de las Tierras Altas, como hippie y ama de casa renegada, según sus propias palabras, huyendo de un matrimonio infeliz. Allí conoció a Robert Laughlin, comisario de etnología mesoamericana del Instituto Smithsonian. Ella estaba bebiendo una gaseosa helada en un snack del pueblo. Robert vio sobre la mesa una carátula muy llamativa. Se acercó a ella y le preguntó: Preciosa carátula, disculpe, pero, ¿qué significa Incantations? Ámbar dejó el vaso a medio tomar, pensó que quien le hablaba era un turista curioso y nada más. Le contestó: No creo que conozca el dialecto tzotzil, una de las lenguas mayas locales, pero está traducido al inglés y significa Conjuros. Esta bella pintura representa a Xaxail, dios de la naturaleza y por si le interesa, el diseño del libro pertenece a Gitte Daehlin, un artista noruego. Robert Laughlin tomó el libro entre sus manos, hojeó lentamente con los ojos muy abiertos, cada página le estremecía por la sencillez y sabiduría de cada verso. Sin que Robert lo pidiera, Ámbas Past empezó a relatarle: Después de 30 años de trabajo, 150 mujeres mayas del Taller Leñateros, una fábrica comunal de papel y libros, fundado por ellos mismos, dio a luz ese hermoso poemario: un volumen de curiosa belleza, con 300 páginas de papel reciclado y hecho a mano y con ilustraciones serigrafiadas. El papel reciclado estaba mezclado con hebras de maíz y café. La particularidad de los poemas era la sutileza del amor, cantos puros de amor posibles e imposibles. Escrita íntegramente por mujeres vírgenes. Cuentan que hace 50 años, una epidemia arrasó el pueblo de Magdalenas, expandiéndose a todos los pueblos más cercanos. Ningún médico de hospital quería venir a ayudarlas, porque las consideraban brujas y no conjuradoras. Hasta donde sé, era la segunda vez que se moría gran cantidad de gente: la primera fue en el Cañón del Sumidero, el año 1530. Según ella, se rehusaron fehacientemente a ser colonizados por lo españoles. Ambar Past les ayudó a compilar las creaciones, hasta les puso un prólogo, decía que a estas mujeres les habían devuelto el maleficio, porque en la Tierra del Conjuro era natural la rivalidad entre brujos de los diferentes pueblos. Desde entonces Incantations fue dada como desaparecida; hubo otras dos muertes cuando detectaron que dos “brujas” andaban sueltas. Las que quedaron vivas tenían que vivir en la clandestinidad. Con el tiempo Incantations adquirió la fuerza de una leyenda. No se oyó un solo rito pagano que sea atribuible a ella, la creyeron exterminada, hasta que extraños ritos de muerte hicieron sospechar que no habían desaparecido del todo. Las Hechiceras del Amarre, habían vuelto, ya no para dominar como mujeres, sino que ahora tenían un líder varón: El Ak’chameletic Kleinman. Fue así que en la catedral Metropolitana, los atriles de velas, tenían papeles cubiertos por candados para que quien los leyera, sean envueltos por maleficios. Se decía que el candado de al lado, activaría su seguro de hierro fundido en el nuevo corazón ganado. Se había repartido no solamente en la Catedral sino en otras iglesias, exactamente 300 envoltorios. Cuando Marta Gutiérrez se puso a contar qué tantos envoltorios con sus candados había en las iglesias de Chiapas determinó que habían solamente diez. Al día siguiente, contó dos, y en su propia vista, vino un señor vestido de blanco y se llevó el penúltimo. Fuí tan sigilosa que tomé el último.

Salí del hotel sin saber dónde podía estar el Gran Templo. Creí ver al Muchacho del Bar, fui a darle alcance pero no pude. De tanto seguirle me extravié. Entonces vi al mismo gran ojo de siempre y al mismo hombre blanco de todos los días. Ellos se perdieron tras una puerta que dejaron abierta y yo entré sin temor a nada. Caminé por un estrecho callejón que me condujo a una sala amplia en donde una llama era la única luz y todo parecía indicar que me encontraba por fin en el Gran Templo. Estaba en un extraño inframundo casi dominado por las tinieblas. En las paredes colgaban figuras zoomorfas y pinturas de raros pigmentos. Había mucha gente alrededor de una mujer desnuda que yacía sobre un bloque de piedra granítica. Me sorprendió ver a tanta gente vestida de diferente manera: cada cual representaba una deidad e inspiraba una sola cosmogonía. Podía adivinar quiénes eran: ser antropóloga me daba ese privilegio. Entonces me recibió el Alto Miyayoc (médico inca), un Yatiri boliviano de barbas canosas (sabio), dos Tunapas aymara (dioses del fuego y fenómenos celestes). Resonaron truenos y relámpagos, música de la naturaleza viva con gorjeos y chillidos de animales que no veía y cantos de hermosas voces que provenían detrás de las paredes. El imponente Itzamnaaj, el dios supremo del panteón maya, saludó mi entrada; estaba acompañado de Ix Chel y otras dos mujeres, una joven y una anciana, con caras que representaban lunas crecientes y menguantes. No sé quienes más, no los podía ver bien, tal vez el Supay otra vez, la luz iluminaba de lleno a la mujer tendida y las caras y el color de sus vestimentas eran parte de la oscuridad, solo unos ojos vivaces y translúcidos que parpadeaban mirándome.

El Alto Miyayoc me indicó que me echara sobre la piedra. La mujer desnuda era yo, Marta Gutiérrez. Miré con pavor el cuerpo, hubiera salido corriendo asustada, pero ya no tenía fuerzas. Mi cuerpo obedecía a extraños mandatos, mis manos empezaron a devorar los perfiles de mi otro yo e iban encajando como perfectas piezas de un rompecabezas órgano tras órgano, hasta que mi respiración se iba cortando. Inmóvil miraba que entre ellos se decían cosas, como si todos hablaran un solo lenguaje, a veces cambiaban a otros dialectos y se entendían. Me recorrió en la mente que siempre habíamos vivido juntos, solo que en diferentes tiempos.
El Alto Misayoc me colocó emplastos en la cabeza y en las sienes, me hizo beber un brebaje a base de hierbas. Luego invocó con palabras raras y el Layqa o brujo hechicero le siguió, es el que cura los «daños»; operaba con reptiles y batracios a los cuales se considera portadores del mal. Uno a uno los fue sacrificando. Yo solo miraba extasiada, ellos no querían que me fuera, se notaba cuando me tomaban de la mano y me besaban y una que otra deidad me pedía que regrese, me hacían señas con las manos para que los siguiera. Me puse a pensar que en el universo andino existen mundos simultáneos, paralelos y comunicados entre sí, en los que se reconoce la vida y la comunicación entre las entidades naturales y espirituales. Se trata de un mundo comunitario, de un mundo de amparo en el que no cabe exclusión alguna. Ni siquiera yo, que no entendía por qué estaba ahí.

De pronto uno a uno empezaron a irse, y mi memoria se puso difusa, se despedían de mí arrojándome flores y esencias de aromas. Cuando pensé que todos se habían ido, otro grupo se acercó a mí, yo nunca los había visto pero una extraña fuerza me impulsó a nombrarlos: El Muchacho del Bar, El Hombre de Blanco, Roberth Laughlin, Gitte Daehlin, Xpetra Ernández, mujeres tzotziles portando libros, oh sorpresa, el códice, el amuleto de la purificación y más libros en manos de mujeres alegres: Incantations, Malleus Maleficarum: philocaptio, Les flours du mal, ¿Les flours du mal? (Empecé a recordar dónde me encontraba). Yo no podía cerrar los ojos, lo había intentado sí, pero poco a poco iba recuperando mis fuerzas, mi cuerpo sobre el de la otra mujer era una sola, quise cerrar los ojos, logré hacerlo. Sentía el calor de unas manos en mi cuerpo, reconocí el llanto cuando traspasa la frontera de la esperanza y se transforma en un llanto de triunfo y dicen eureka. Luego una lluvia de rostros empezó a revolotear sobre mi cara como mariposas nocturnas, las manos, muchas manos empezaron a despedirse de mí, hasta que todo quedó en un silencio prominente. La única luz del antro sagrado se fue apagando lánguidamente, sobrevino una oscuridad envolvente, el bisbiseo de un abejorro y un punto de luz que iba creciendo hasta empañarme la visión. Un hálito recorrió todo mi cuerpo y empecé a recobrar mis fuerzas. Abrí los ojos, el primer rostro que vi era el del hombre que amo, mi hija y mi hijo, y mis padres y hermanos y muchos amigos, muchos, no sé porqué pensé en ese instante que eran los mismos dioses de hace un momento. Entonces alguien dijo entusiasmada: ¡Volvió a la vida, mamá está viva otra vez! Todos echaron a llorar abrazándome. El médico les había dicho que si en siete días no recuperaba el conocimiento podían considerarme muerta. Y no fue así, regresé a tiempo.


EPÍLOGO
Cuántas veces traté de descifrar ese viaje y si tenía relación con mi forma de aferrarme a la vida. Nunca había estado en Chiapas de Indios o Chiapas de Españoles, o Tuxtla Rodríguez, o Cusco o Sacsayhuamán. Ni conocí a nadie de los que me rodearon estos días. Yo no me llamo Marta Rodríguez sino Atanacia Urquidi, madre indígena de un lugar llamado Las Huaringas en las serranías de Perú. Ama de casa y poeta, con mi gran favorito: Baudelaire. Todas aquellas ciudades son mis ciudades del sueño, me hubiera gustado visitar cada una de ellas, salir de esta ciénaga en la que vivo y que sus dioses fueran también los míos, y los poderes y su magia: míos; y su raza y sus creencias: míos. Me dijeron que en el hospital estuve dos veces en la sala de operaciones, pasé otros tres en la de cuidados intensivos, y que, a pesar de estar moribunda balbuceaba palabras extrañas y emitía olores del cuerpo a veces de fragancias de flores, otras tantas hediondas. Era el séptimo día, vinieron toda mi familia a darme el adiós. Fue cuando se supone que regresé a Chiapas y tenía que ir al Gran Templo y no conocía dónde estaba y ya tenía prisa de regresar a España para una reunión importante. Ese día en el hospital estaba con una sudoración inexplicable y mis manos que eran tomadas por la de mis hijos y mi marido que no querían soltarlos, me pedían que no me fuera, que pusiera mi cuerpo en la huella de mi propia fe y me levantara como Lázaro para juntar los pedazos del mapa y formara mi nación favorita. Mi respiración, dijeron, era la de una mujer que aparecía intempestivamente para luego negarse a atravesar cierto umbral del retorno que los hiciera felices.
Pero fue un viaje al pasado, aprendí que en la vida el tiempo no es lineal, sino es un continuo devenir, es un tiempo circular, sin fronteras de pasado ni presente ni futuro, ya que no altera su esencia y significado. Eres uno y todos a la vez, puedes ser quien quieras. El tiempo es circular, se encuadra dentro del cosmos y punto, como un loco conductor de taxi que hace las carreras al más peligroso bronx. El concepto del tiempo se manifiesta y actúa en la razón. De allí que esa circularidad del tiempo y del espacio me permite comprender que todo está volviendo a su lugar cada vez, que vuelve a nacer continuamente, que en todo caso la esperanza de un nuevo amanecer siempre está presente.

Ahora estoy segura que mi vida le hizo conjuros a mi muerte para que no me llevara, que mi inconciente escogió por mí lugares sagrados y extrajo el poder de palabras, para que sea devuelta a mi humilde hogar. Me enseñò que buscar un còdice y un amuleto, es indispensable. Dentro de poco iré a la iglesia de mi pueblo, dejaré sobre los atriles de velas, poemas y candados, así se verán atrapados por mi gran conjuro, el mejor conjuro del mundo: Amen la vida.
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Comentarios:

Escrito por: Danny1012       20/04/08 17:34
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Gracias amigos. Fue una bonita experiencia, participó un grupo entusiasta. Un ejemplo compartido en donde las ideas fueron aportándose de miembro en miembro.
Escrito por: JEMWONG       20/04/08 01:48
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HERMOSO FINAL PARA UNA TRAMA INTERESANTE
BESOS
JEM WONG
Páginas: 1

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