NOVELA CONJUNTA II, CAP VI


Por: Danny1012


Marta Gutiérrez después de su encuentro con Martín Goicochea, fue a buscar al Muchacho del Bar, para que le diera explicaciones sobre el Códice, pero le dijeron que había salido, que tal vez no regresaría hasta el día siguiente. ¿Qué significaban esos papeles del siglo XVIII y qué intenciones tuvo al dejarlos en su habitación? ¿Qué mensajes tenían esas raras escrituras milenarias? Estuvo largas horas tratando de descifrarlas: dos culturas opuestas, dos hemisferios dispersos. Quizá un mismo sol, una misma Luna, el mismo universo. En ese instante sonó el teléfono, ella respondió en el acto: Hola. Hola. Al otro lado se oía un silencio prominente junto a un océano frío de posible oscuridad. Hola. Hola. Quien quiera que sea, no quería responder. Marta le amenazó con colgar el teléfono si no contestaba. La voz emergió de su escondite, ella apretó el auricular a su oreja conteniendo toda la respiración que podía robarle algunas palabras, ya que la voz era muy baja: Tome nota, señorita Marta, mañana a las 9.00 am, tiene que ir a la biblioteca Bartolomé de las Casas, en la ciudad imperial del Cusco, Perú. Allí vendrá Ámbar Past, converse con ella y sus dudas serán contestadas. Pensando en ello es que le tenemos reservado su vuelo, sale dentro de media hora. Suerte, ese Códice, por si le interesa, se dijo que un día caería en “manos extrañas” y… La voz se arrastró entre los escombros y terminó diluyéndose. Un beep eterno sobrevino al instante.

Marta Gutiérrez se reincorporó al ver que faltaba poco para su vuelo, así que empacó lo que trajo y abandonó el hotel. Ya en pleno vuelo, extrajo el Códice de su morral: la madera sobre las que se enrollaban mohosas hojas, tenía un compartimiento casi invisible, detectó que podía abrirse y extrajo de él una hoja con pigmentos todavía legibles. Una rara palabra dominaba todo el espacio: Incantations.

“Entre la galaxia Gutenberg y la galaxia Google”: era el lema en vinil translúcido, a la entrada de la biblioteca Bartolomé de las Casas. Había acudido puntual, tenía hasta media hora para la cita. Se fue directo a la cafetería y pidió agua mineral. Sacó unas fotografías de su billetera, las puso en orden sobre la mesa. Un hombre y el mismo hombre en las otras fotos, la misma sonrisa tatuada en todas, a veces el mismo hombre y no la sonrisa, a veces la sonrisa y el hombre, a veces los dos ausentes. Ella y las fotos, lloraron juntas por un momento.

Entró una mujer: tenía mechones sueltos y pelo rubio, de nariz estrecha que contrastaba con su rechoncho cuerpo, hombros carnosos y labios escépticos. Una mirada antipática, su enfurruñamiento cautivaba, ella barría de un brochazo limpio todo el cafetín. Vino de frente hacia Marta, no se conocían pero le preguntó a bocajarro: ¿Es usted la señora Gutiérrez? El acento no era de española, quizá de occidente, ¿una americana? Elegantemente vestida, una hilera de dientes perfectos se vislumbró en ese instante en señal de victoria. Marta pensó encontrarse con una típica mujer andina, vestida con polleras multicolores y un portentoso sombrero de vistosas pinceladas. Pidió sentarse. Cuando lo hizo, encendió un cigarrillo. Las volutas de humo se esparcieron en el ambiente. Podía resultar altanera, una mujer de buen status social que no quiere contaminarse con nada ni con nadie, que mira esperando que le hablen. Señora Ámbar, que bien que haya venido, le dijo Marta, y ella: No soy la señora Ámbar, le respondió cortándole de seco la conversación. Marta aguzó la mirada, pudo haberse echado atrás, con pataletas si quisiera, pero si no era Ámbar, entonces qué hacía esa mujer ahí. La mujer rompió el silencio pronunciando en un perfecto francés: "Les flours du mal", Baudelaire, ¿te acuerdas? Parecía sencillo, o complejo, depende, Baudelaire siempre fue su poeta predilecto, pero venido de los labios de esa mujer, extrañamente era pronunciada como si se tratara de un conjuro; además llevaba abundantes aros con figuras sobresalientes de dioses, también extraños: quizá latinoamericanos, uno de ellos era el dios Sol de la cultura Inca, los otros, si mal no recordaba, puede que Mayas. ¿Si no es la señora Ámbar, entonces quién es? La mujer se quitó el saco y un collar saltó a la vista, tenía una figura central: un dios Maya, extraño, no sabe cuál, seguido de varias figuras de animales y un diente, como de tigre. Otra vez la mujer dijo en voz alta: Xpetra Ernández, ¿ha oído hablar de ella? La mujer le dijo algo más: Si responde a esa pregunta, sabré que estoy hablando con la persona correcta. Marta Gutiérrez aguzó la mirada, puso el cuerpo a más centímetros de ella, había oído antes ese nombre, no recuerda dónde. Luego la mujer enumeró otras tres palabras: Chiapas de Indígenas, Ser Indígena, Incantations. Cuando lo dijo deletreó con suaves pausas sílaba por sílaba, como digiriéndolas; después, se quedó inmóvil y con una sonrisa vertical. Marta estaba asombrada: Incantations, era así como decía la primera página del Códice. La mujer irrumpió: Ahora dime nombres, quiero estar segura si eres la persona indicada, perdona que insista, es que debo ser así. ¿Nombres? Marta repitió Xpetra Ernández, imprescindible; siguió con Robert Laughlin, Gitte Daehlin. La mujer absorbía cada nombre con delectación y cada vez con más placer, como si le avivaran el fuego apagado en su cuerpo y ahora fuera a incinerarse. La mujer volvió a preguntar: Ahora lugares: ciudades, aldeas, rincones de magia viva. Marta Gutiérrez empezó a entusiasmarse, cada palabra dicha arrojaría su aura de misterio y exotismo, como cuando danzan frenéticas mujeres arábigas: Tierras Altas, Instituto Smithsonian, Macchupicchu, Las Huaringas, Tierras del Conjuro... Se quedó allí, justo cuando podía seguir mencionando más. Salieron los gestos de la mujer al ruedo para decirle en tono satisfecho: Suficiente, te creo, definitivamente eres la persona indicada. La mujer arrojó el cigarrillo al aire libre, pudo haber saltado como una niña, correr tras las mesas llenas de comensales que comían y leían a la vez; desde luego, no podía hacer todo eso. A Marta le pareció que sí. Le vio el brillo encenderse, hasta que los ojos desorbitados dominaron su mirada por un instante, le vio a esa mujer que no se llamaba Ámbar y tampoco se apellidaba Past, creo que le vislumbró esperanza saber que estaba tras la pista correcta de Robert Laughlin y Gitte Daehlin. Perdón por llegar tarde, Marta, querida, ahora sí, conversemos.

Hablaron toda la mañana de Incantations. Ella no le decía que tenía a Incantations en su morral, que el Muchacho del Bar le había dejado por algún motivo entre las sábanas. En cambio se iba dando cuenta que Incantations había engendrado en cada corazón indígena, halos luminosos en dos dialectos antiguos. Tal vez esas palabras hablaran de amor, a fin de cuentas el amor es universal y no le sopesaba que la mujer dijera que aún a costa de embrujar al ser que más se quiere se le consigue; total era más una práctica ancestral que reciente, aunque, como mujer moderna, el conjuro universal al que se refieren, seguía siendo la primera mirada. Quién no se ha visto atrapado en la vida por una sensual mirada, pensó. Luego vino lo más difícil, volver a escuchar que no era Ámbar Past. ¿Entonces quién? ¿Qué parentesco tenía con ella y qué se proponía con localizarla y hacerle preguntas como si se tratara de La Elegida? Hijo de la Luna, así la llamaron. Sobre esa marcha de dudas se descarrilaron otras tentaciones, la mandíbula firme, los párpados caídos y los latidos acelerados de su corazón. Me llamo Salomé Past, le dijo, dueña de los horóscopos de la revista literaria “Ser Indígena”. Hermana o no de Ámbar, Marta decía que no le encontraba parecido alguno a ambas mujeres, pero sí afinidad sobre un mismo tema: los conjuros de amor indígenas, poemas y amarres. ¿Y Baudelaire, dónde encajaba Baudelaire?

—Entonces mi querida Salomé —dio un suspiro profundo y preguntó con ansias—: ¿Sabes si Robert Laughlin, sigue aún con vida? Me dijeron que…
—¿Que murió en el último gran suicidio masivo del Gran Cañón del Sumidero? —interrumpió Salomé Past—. Conste que no lo dije yo, sino tu mal presentimiento.
—Pero… Señora Salomé, dígame la verdad por muy dolorosa que sea.
Salomé se acercó a Marta, se acercó tanto que sus pestañas rasgaron a las otras más quietas, más pequeñas, casi sin rimel. Ambas cerraron los ojos. Salomé rompió el silencio:
—¿Tú crees en el amor?
—Sí —dijo Marta, llena de energía.
—Entonces, no está muerto. El hechizo de amor no mata, sólo encanta. Regresa a Chiapas, busca a Xpetra Ernández, será tu guía. Si has venido a Perú por “El Tuno”, alguien te mintió, él murió la semana pasada en Chiapas, no sabemos cómo, fue encontrado con extraños cortes en el cuerpo y un morral vacío. Mierda, nadie lleva un morral al campo si no es con algo adentro, ¿verdad? Alguien quiere chingarnos la puta vida mujer.

Un hálito de esperanza le inundó la cara. Robert Laughlin podría estar con vida. Hace un año él fue a Chiapas junto con Gitte Daehlin, atraídos por los extraños ritos de brujería en temas de amor, y aún no se sabe qué fue de ellos. Claro que no dijeron que venían exactamente para investigar ese tema, sino como turistas deseosos de tomar los famosos baños de florecimiento que se dan en toda Chipas. Algo más, recuerda que Robert le preguntó en una ocasión: Estoy tras la pista de ritos milenarios, conjuros y ensueños de amor en las culturas antiguas de Latinoamérica, Martita querida, ¿conoces a Xpetra Ernández?

Tenía que regresar esa misma noche a Chiapas. Por alguna razón pensó que, Cusco la llamaría más adelante para ajustar viejas cuentas.
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