07-03-08
Cuarenta y cuatro verdes puntitos zigzaguean entre sí. Uno sólo es el motivo por el que sé cuántos son. Y diluyo mi vista por ahí, y entre ellos me voy escurriendo, danzan detrás de mí.
Pensaron por un momento en voltear para ver su otra cara, pero preferimos penetrar el marrón de arena de mar silbando. Y, silbando, caminás por el borde del río chirriante como tren de treinta y tren de febrero errante.
Me detengo a pensar un momento en la situación, comprendo vagamente lo incoherente a mi alrededor, como si alguien me dijera algo a lo que no presto atención porque charlo con alguien más
Marea baja y, de golpe, la portada de ese periódico que, mientras gira, se agranda en la pantalla, es una cama en temblores de temores; y, ebrio, negro en los ojos, y de nuevo a la marea baja
Caso en ciento veintitrés, y a los puntitos verdes otra vez. Ahora entre ellos, y buscamos el madrugada sin nubes. Aparece un Cristóbal que nos dice que no tiene sentido lo del madrugada nublada, y le digo que él no puede hablar de tener sentido, y que vuelva al tema de sus gafas redondas. Sigue camino en busca de algo que ya olvidamos; ¡ah, sí! el octavo muerto del mes; y seguís buscándolo. Miramos hacia arriba en busca dé, y desmentimos a un poeta, y en el cielo, que ven perfectamente sobre ellos, en colores, diviso una franja violeta de líquido que bulle desde adentro de una viga invisible que no permite mirar su interior. Y te quedás boquiabierto admirándola. Otra vez olvida lo que buscaba, y otra vez la voz de la cordura que habla sobre conversaciones; piripipí moderno y todo se va al carajo, la franja violeta se deshace junto al cielo en una oscuridad donde el piripipí moderno es lo único que brilla.
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