


| Escritor: | GaStOnKiNg |
| Públicado: | 22/08/2007 |
El teléfono sonó dos veces, y antes de que suene la tercera, mi mamá atendió.
- ¡Hola! Escuché desde mi habitación.
- ¡Sí, ya te pasó!
- ¡Gastón, Teléfono! Dijo con voz aguda.
Mis perras comenzaron a ladrar al escuchar que alguien llamaba a la puerta. Yo me levanté de mi silla de computación color verde, un poco desgastada por el uso, y fui hacía el comedor donde estaba el teléfono. En mi habitación no tenía, porque el de mis padres no funcionaba y tuve que reemplazarlo días antes, para que ellos tuviesen uno en su dormitorio.
Roberto, mi padre, un tipo carismático y cómico, caminaba por la larga galería a atender la puerta.
Entré al comedor y observé a mi madre dejar el teléfono al tiempo que me decía: es Emanuel.
Emanuel es un amigo mío del barrio, junto con su hermano Marcos, nos divertimos constantemente en su casa o yendo de un lugar a otro. Nos llevamos muy bien, aunque a veces tenemos algunas diferencias, pero la relación es muy buena.
Escuché un portazo y supe que mi padre había cerrado la puerta.
- ¡Hola Ema!
- ¿Cómo estás? Me dijo.
- ¡Bien!, acá ando.
- Che, nos juntamos en lo de Ezequiel a las doce de la noche, ¿te prendés?
- ¡Dale!. Respondí contento.
- Bueno, llamá a Marcos y arreglen para ir ustedes dos juntos, porque yo estoy de Virginia y voy directo de acá.
- ¡Está bien! Respondí. ¡Nos vemos allá!
- ¡Chau!
- ¡Chau!
Colgué el teléfono y mi padre entraba por la puerta que da a la galería, con dos cajas de pizzas. Un movimiento raro en mi estómago me hizo recordar que tenía hambre. Ya habían pasado casi veinticuatro horas y lo único que había ingerido eran dos tazas de café con leche, aproximadamente un litro de agua tomando mate y un par de facturas. La comida en mi trabajo no era de lo mejor, y ese día hubo milanesas. Un compañero, que es de contar chistes, las comparó con orejas, ya que tenían una gran cantidad de grasa y nervios que eran incomibles.
Me senté en la mesa, en el lugar de siempre y disfruté de la pizza delivery mientras miraba una novela un tanto graciosa que mi madre y mi abuela solían ver.
Terminé de comer la última porción que quedaba y me levanté de la mesa. Llamé a Marcos por teléfono y arreglamos un horario y sitio donde encontrarnos para ir a lo de Ezequiel.
- ¿En qué te vas a ir? Preguntó mi madre.
- Me voy caminando porque nos encontramos con Marcos en la esquina de Belgrano y Avellaneda.
- Es peligroso Gastón, ¿porqué no se van con un auto?
- ¡No!, no pasa nada, son un par de cuadras. Respondí con toda tranquilidad.
- ¿Me llamás cuando llegas?, así me quedo tranquila.
- Bueno, yo te llamo.
Miré el reloj y éste marcaba las 11:25 p.m., junté la ropa que me iba a poner y me fui a dar una ducha. Todavía seguían mirando la novela que ya estaba por terminar. Lo supe, porque como toda novela, siempre terminan con algún malentendido o algo por el estilo.
Una vez dentro del baño y mientras me desvestía, me miré en el espejo para saber si era hora de afeitarse o no. Inevitablemente tuve que preparar todos los instrumentos para rasurar mi barbilla.
25 minutos fue lo que me llevó asearme por completo.
Luego de una ducha caliente en esos inviernos tan crudos, era muy reconfortable tomar alguna copita de licor, sobre todo si es el de tu preferido, y eso fue lo que hice.
Sin perder mas tiempo, encaminé hacia mi cuarto en busca de esa campera que me había regalado mi hermana para un cumpleaños pasado. La misma es impermeable y de lo mas calentita que existe.
Saludé a mi familia y emprendí viaje hacia el encuentro con Marcos, quien supuestamente ya había partido de su casa un rato antes, porque el punto de encuentro estaba mas próximo a la mía. Antes de cerrar la puerta miré fijo a mi madre y le advertí nuevamente que no me iba a pasar nada. Fingió estar despreocupada y cerró la puerta.
Mi barrio era de los mas tranquilos de la zona, tan tranquilo que asustaba. Comencé a caminar mi larga cuadra hasta llegar a ese campo abandonado, con hamacas y juegos para niños deteriorados por la lluvia y el sol. Esa parte me asustaba, realmente me asustaba. Al llegar a la esquina, miré fijo el final del campo y comencé a correr, tan rápido que me dolían las rodillas al encontrarme con Marcos.
- ¡Hola Marcos!
- ¿Cómo estás? Me preguntó
- Bien, un poco cansado y muerto de frío.
Mientras caminábamos rumbo a lo de Ezequiel, paseando todo por el centro de la ciudad, le comenté el asunto del campo, que me aterraba pasar por ahí. No dudó un segundo… y comenzó a reírse de una manera impresionante.
Al llegar a lo de Ezequiel, y como era costumbre de nosotros, cualquiera que se enterase algo gracioso de otro de nuestros amigos, lo contaba inmediatamente para compartir las risas. Tanto es así, que terminé riéndome yo también. Llamé a casa y me comuniqué con mi madre.
Al instalarnos allí, cada uno de nosotros se ubicó en su lugar para jugar cartas. Jugábamos todo tipo juego que se pudiera con naipes, incluso inventamos juegos cuando ya nos habíamos aburrido de siempre jugar a los mismos.
Pasamos toda la noche, entre mate, charlas y naipes.
Uno de nosotros, no recuerdo quien, propuso la partida de cada uno para sus respectivos hogares, lo cual fue aceptado por todos y sin ningún reproche.
En una de las paredes laterales de la casa, había un gran reloj estilo abstracto que indicaba las 4:36 Hs. Nos levantamos y nos fuimos.
Recorrimos gran parte del centro todos juntos, aproximadamente diez personas, las cuales lógicamente y por razones de ubicación geográfica dentro de la ciudad, nos fuimos separando. Cuando me quise acordar, estaba solo, cara a cara con la mas profunda de las noches invernales.
Caminé recordando las cargadas que me habían hecho mis amigos con el asunto del campo de la esquina de casa. Una leve sonrisa dominaba mi rostro casi congelado, cuando estaba a solo veinte metros del famoso lugar. Llegué.
Me propuse a caminar, nada de correr ni hacer cosas de niños como asustarse… solo caminar.
Una cuadra, solo una cuadra. Ese era mi pensamiento. Los árboles ocupaban casi toda la visión hacia el cielo, sin embargo, podía divisarse una gran luna blanca y perfectamente redonda.
Ya había recorrido casi quince metros de los cien de la cuadra. Las luces del alumbrado público parpadeaban inquietantes emitiendo un sonido seco y aterrador que terminaban de decorar el ambiente. Aceleré el paso. Al llegar a mitad de cuadra y ya dominado nuevamente por un temor indomable, escuche un ruido raro detrás de mi. Me detuve. Las piernas comenzaron lentamente a aflojarse, como se desploma un edificio en una implosión. El pulso se elevó descontrolado y mi cuerpo parecía no reaccionar.
Giré de repente, como lo hacen en las películas esperando ver a algún animal con insomnio, pero no vi nada. Al voltear nuevamente y frente a mi, apareció un hombre de edad media, lo que provocó que me desmaye del susto.
Amanecí en mi cama vestido igual a como me había ido la noche anterior.
- ¿Mamá? Pregunté gritando.
Se abrió la puerta de mi habitación y allí entro ella.
- ¿Qué pasa? Me preguntó.
Al verla me tranquilicé.
- Gastón, ¿qué te pasó ayer? ¿Viniste muy ebrio?
- ¿Por qué? Pregunté con vos tímida.
- Tu padre te tuvo que entrar porque estabas durmiendo en la vereda de casa. Es una vergüenza.
Sentí nauseas. Me levanté muy despacio. Miré hacia la mesa de luz de al lado de mi cama y allí había un sobre.
- ¿Qué es este sobre mamá?
- No sé, tu padre dijo que lo encontró en tu bolsillo del pantalón y casi a punto de caerse.
Miré fijo a la carta y no tenia remitente ni ninguna otra marca o identificación. La abrí.
Gastón:Antes que nada te quiero pedir disculpas por lo que vas a leer a continuación. Yo no quise que así sea, pero son las reglas y tengo que respetarlas.Mi nombre es Sebastián, tengo 42 años de edad y un gravísimo problema de salud. Hace dos años y por intermedio de una vidente, me contacté con el mas allá. Al principio pensé que me estaba quitando la plata, pero con el tiempo me di cuenta que no era así. En aquel momento me pareció que sería una buena forma de recuperar a mi familia por intermedio de espíritus, ya que mi señora se había enojado tanto conmigo por una infidelidad, que terminamos separándonos.Luego de ver a Irma, la vidente, todo cambió. Celeste, mi esposa, comenzó a llamarme y a preguntarme como me iba en la vida.¡Estaba funcionando…eso de los espíritus realmente estaba funcionando!Un año mas tarde, volví a recuperar a mi familia y dejé de ver a Irma. Pero durante meses recibía llamados amenazadores de ella, en los cuales decía que me iba a hacer un mal. Intenté olvidarme de ella y cambié mi número telefónico, pero hace tres meses noté algo raro en mí. Inmediatamente consulté a otro de estos especialistas espirituales y me dijo que una persona muy poderosa me estaba buscando, alguien con un poder extraño estaba tras mis pasos. Alguien a quien ellos llaman “Encarcelador de almas”.A la semana siguiente en una noche muy fría como la de ésta madrugada me topé con él, no era lo que yo esperaba, pero era él. Me quedé paralizado tal como vos, sin poder mover un pelo. Me puso su mano derecha en la frente y esbozó unas palabras en un idioma raro. Luego me miró a los ojos y me dijo que era el señor de la oscuridad, el mismísimo Satán. Dijo que necesitaba otro cuerpo mas joven, y que por cumplir con mi pedido además de ser menor que en el cuerpo en el que estaba, me escogía a mí. Debido a los poderes concebidos por el “Encarcelador de almas”, mi salud se consume cada vez mas rápido. Es por eso que es necesario que se vaya transportando de cuerpo en cuerpo, para poder así quedarse en la tierra y hacer cumplidos a cambio de su permanencia con nosotros como los de volver a unir a la familia.Te pido disculpas nuevamente por hacerte esto a vos, pero te toca transportarlo. Vas a aprender cosas que no lo harías en ningún lugar. Como así también vas a ver sufrir a las personas como nunca.Por último te doy un consejo… Pedí un deseo, lo que quieras, y escóndete detrás de algún árbol… en un lugar oscuro… en una noche fría de invierno… que él te lo cumplirá.|
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