


| Escritor: | Ainhoa |
| Públicado: | 18/06/2008 |
"Ni me molestó el mensaje, ni me molestó nunca".
Dejó el teléfono sobre la mesa y se vistió el abrigo. No podía quedarse en casa, sentía que las paredes cobraban vida. Su mente empañada no soportaba el encierro.
Cerró la puerta tras sus pasos y se encaminó a la librería donde gastaba su sueldo. El librero la saludó como siempre, estaba acostumbrado a la extraña chica, no le molestaba su presencia. Se compró dos libros, uno entretenido, otro más didáctico. Una vez en la calle se sintió ansiosa y perdida. Encendió un cigarro, le dió una profunda calada, aspiró el humo y saboreó el dulce aroma. Expulsó el humo despacio, con los ojos cerrados. La gente se agitaba a su lado, oía murmullos, el de sus palabras, sus ropas rozándose al caminar, el sonido de sus pasos, podía oir incluso el murmullo de sus pensamientos. Abrió de nuevo los ojos y descubrió con sorpresa que el sol ya se había comenzado a esconder. El cielo se vislumbraba, entre los edificios, de un color púrpura reflejado en nubes de algodón sucio.
Su mente estaba más traquila y decidió escribir un nuevo mensaje.
"Me alegro que no te moleste, pero solo me has dado una respuesta y necesito tantas...".
Eso era exactamente lo que quería que la otra persona leeyese, supiera, pero no se atrevió a enviarlo. No estaba segura si al otro lado del teléfono, si al otro lado del mundo, estarían esperando una respuesta ansiosamente. No sabía si cuando leyeran su nombre en la pantalla el corazón le daría un vuelco, al igual que le sucedía a ella. Envió el mensaje.
Sabía que este no tendria respuesta, y comprendió las razones. Encendió el ordenador, comenzó a escribir. La ligereza de sus dedos mentía, su mente estaba pesada. Estaba sola en casa, como casi siempre, y no se acostumbraba a esa soledad obligatoria. Estaba decidida a luchar por aquellas cosas en las que creía y guardó en el cajón de su mesilla de noche el orgullo y la humillación. El odio y el rencor llevaban muchos años encerrados. Cerró con una llave que guardó en el colgante del que nunca se separaba.
Sabía que sus pasos aún no habían encontrado destino y se lo contaba a la máquina que parecía haberse convertido en un ser comprensivo y silencioso. Se acostó en la antigua cama a esperar el ataque del sueño. Tardó en abrazar a Morfeo. Tuvo extraños sueños, pero cuando el despertador le obligó a abrir los ojos, no logró recordar nada.
Como cada mañana se prometió a si misma dejar de fumar y hacer algo de deporte, pero como cada día, era incapaz de llevarlo a cabo. Se pegó una ducha, despejó su mente y comenzó a desayunar mecánicamente. Salió de casa con un poco de prisa y se encaminó hacia la facultad. En ese lugar nadie comprendía de sueños, impaciencias, pero se lograba aprender tantas cosas que salía con espíritu renovado. No había mirado el movil, lo dejó abandonado en casa, descubrir que no existía respuesta a sus miles de preguntas la apenaba.
Cuando llegó a casa, no retrasó el inminente momento y descubrió sin sorpresa que no había noticias para ella. Comprendió las razones. No quería oir el no que tanto temía, pero el sí la asustaba de igual modo.
"Me gustaría tanto poder decirte que te quiero... No te pierdas en el olvido, tú no.".
Borró el mensaje y abrió el libro de aventuras, le apetecía viajar.
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