Este fue el primer cuento de terror que escribí basado en varias pesadillas que, en su día me contaron y que yo auné en esta historia. Las siete de la tarde, todavía no había anochecido. Por las calles de Albacete circulaban dos chicas contándose sus cosas: -¿Sabes qué hicimos ayer en clase, Amelia? -No. ¿Qué hicisteis? -Pues verás Oye, vamos a irnos por aquí, que ahí hay uno con mala pinta. -Bah! Ya estás con tus tonterías, María. Si nos vamos por aquí, ya no vemos a nuestra gente. -Bueno, vale, vamos por donde tú digas, como siempre. Las muchachas siguieron andando. Amelia era morena, con los ojos negros, aunque a la luz parecían grises; su belleza era incomparable, su piel, blanca y suave, parecía esculpida por el tenue brillo de la luna en una oscura noche. María tenía el cabello castaño, casi rubio; sus ojos eran marrones como la madera del nogal, y su silueta parecía el regalo de la diosa de la belleza. Al pasar al lado de aquel hombre, vestido de harapos y con su cabellera rubia infectada de piojos, miraron hacia el lado opuesto, pero él se levantó y dijo: -¿Tenéis algo suelto para llamar desde una cabina? Amelia se metió las manos en los bolsillos para darle dinero, pero María hizo sonar un no seco que se quedó flotando en el aire y, cogiendo de la mano a Amelia, se metió en el bar que había frente a ellas. -Pero María, ¿qué haces? Preguntó Amelia. -Calla y no preguntes. Se metieron en el servicio de señoras. Permanecieron dentro cinco minutos, tras los cuales, abrieron la puerta. -¿Se habrá ido ya? -No lo sé dijo María. Salieron por el estrecho y oscuro pasillo que daba a la barra del bar, pero allí les estaba esperando el siniestro hombre. Las dos muchachas dieron un grito al tiempo. Entonces, el mendigo cogió de un brazo a María y les dijo: -Tomad este papel. La dirección que lleva es la de mi casa. Si queréis que os deje en paz, id allí mañana, alrededor de las doce del mediodía. Os estaré esperando. Aterradas, las dos jóvenes se marcharon corriendo a casa. Al día siguiente, Amelia fue a las once a casa de su amiga para ir al lugar que les había indicado el pordiosero. María le dijo que no pensaba acudir, pues eso era como meterse en la boca del lobo; pero Amelia insistió en que, si no iban, él podía buscarlas, como el día anterior. Temiendo las posibles represalias del extraño indigente, se encaminaron hacia la calle Magallanes, nº 23, tal y como indicaba el papel. Era una casa muy grande y estaba medio derrumbada. María quería volverse atrás, pero como siempre, Amelia la empujó hacia el misterioso y oscuro destino que les esperaba. Penetraron en el interior de la ruinosa mansión; el aspecto que ésta ofrecía por dentro, nada tenía que ver con el exterior. Había un gran recibidor, con el suelo decorado por mosaicos, los cuales dibujaban una gran y extraña figura geométrica. A cada lado, se podían ver dos puertas, casi tapadas por las escaleras gemelas que comunicaban con el piso superior. Arriba, se encontraban al menos diez estancias más; de una de ellas, salió el hombre que habían visto el día anterior, pero mucho más arreglado, por lo que su apariencia era completamente distinta al aspecto de mendigo que portó en su primer encuentro. Bajó las escaleras y se dirigió a las muchachas: -Noto que estáis un poco asombradas. Por lo que veo, no pensabais que un pordiosero pudiera tener el mismo aspecto que cualquier otro hombre, o mejor, cuando está vestido con ropas elegantes Venid conmigo. Una de las puertas laterales daba a un sótano. Estuvieron recorriendo las galerías. Habrían alrededor de un centenar de puertas. Aquello parecía una cárcel. Se detuvieron ante la celda número 23. Él sacó un puñado de llaves de su bolsillo y abrió la puerta, empujó a las muchachas hacia adentro y dijo: -Vosotras no habéis sido caritativas conmigo cuando creíais que era pobre y no os habéis acercado a mí cuando me creíais un pordiosero. Ahora recibiréis vuestro castigo. Permaneceréis aquí encerradas hasta que yo disponga que estáis en condiciones de salir a la calle o de servirme. Lo único que tenéis que hacer es obedecerme y comer lo que os dé. Nada más. Y cerró la puerta con dos vueltas de llave. La estancia no era muy grande y estaba casi totalmente oscura, solo entraba un hilo de luz por una grieta de la pared. En una esquina había un muchacho bastante sucio, con el pelo anillado de color pajizo. En un primer momento, las jóvenes se asustaron, pero después, él las calmó: -Chisss! Callad. No voy a haceros daño. Yo estoy aquí por la misma razón que vosotras. Mi nombre es Gonzalo. Se levantó y se puso a andar de un lado a otro. Antes, tenía seis compañeros más de celda, hasta que un día, él dijo a cinco de ellos que ya estaban preparados y se los llevó. -¿Y el otro? Quiso saber María. -Todavía no me habéis dicho vuestros nombres. -Perdona, Gonzalo, yo soy María y ella es Amelia. Continúa, por favor, ¿qué pasó con el sexto compañero? -¡Ah! El otro murió. Estaba enfermo, al parecer de cáncer. -Pero, ¿cuánto tiempo llevas aquí? Preguntó Amelia. -¿Tiempo? No sé. Días, semanas, meses quizá, tal vez años. -Me has aclarado la duda perfectamente dijo Amelia con cierto sarcasmo. -Queréis salir de aquí, ¿verdad? Habló Gonzalo. Las dos jóvenes asintieron. -Bien, pues entonces, bienvenidas a la casa de Sathaín Crushbell. Veréis, él es un enviado del diablo. -¡Ah! Gritaron a coro las dos muchachas. -¡Chisss! No seáis tan escandalosas, puede oírnos y venir. Él tiene una comida que está envenenada con un jugo, el cual te hace perder la voluntad. Nosotros no comeremos esa comida. Yo tengo los bolsillos llenos de nueces, tomaremos una por día y lo que traiga Sathaín lo tiraremos allí, donde está el cuerpo muerto de mi amigo, así no se dará cuenta de que, lo que huele a podrido, es la comida. Cuando él crea que ya hemos perdido la capacidad de pensar y actuar por nosotros mismos, vendrá para llevarnos. Entonces nos comportaremos como si fuésemos zombis hasta salir al salón de la casa. Cuando estemos cerca de la puerta que da a la calle, saldremos corriendo hasta llegar a una iglesia que hay a dos manzanas de aquí. Él no pasará; allí no puede hacernos nada. -¿Y si espera fuera? Dijo María no podemos quedarnos en la iglesia eternamente. -No os preocupéis por eso. Él puede quedarse esperando tres semanas a lo sumo. Si desaparece de aquí más de ese tiempo, todos los hechizos que ejerce sobre esta casa desaparecían y tendría que comenzar todo de nuevo. Siguieron todas las indicaciones de Gonzalo hasta que llegó el día en que Sathaín apareció, diciéndoles que ya estaban preparados. Los juntó con otro gran grupo de personas, llevándolos a todos por unas altas escaleras que daban a la parte superior de la casa. Estaban circulando por todo el piso de arriba. Anduvieron una treintena de veces por el elíptico pasillo. No iban a pasar por la puerta principal. Sathaín estaba caminando al lado de Gonzalo. El Joven le tapó los ojos al malvado y apretó con todas sus fuerzas al tiempo que decía a las muchachas que escapasen. En ese momento, el enviado de Lucifer, precipitó al muchacho por la barandilla de la escalera, sufriendo Gonzalo un golpe tan fuerte que le mató. María intentó matar al monstruo con un candelabro, pero Sathaín se volvió, pronunció unas palabras al tiempo que tocaba a la infeliz y, ésta se fue pudriendo poco a poco, hasta quedar en el suelo una masa informe de mugrienta y maloliente carne. Entonces el diabólico ser miró a Amelia. Ésta, asustada, empezó a gritar: -¡No, no, no! Amelia se acababa de despertar. Había tenido un sueño muy extraño. Miró el reloj. Eran las once. Se levantó deprisa y se dirigió a casa de su amiga. Quería decirle que no debían ir al lugar que les había indicado el mendigo, pero cuando fue a por María, ésta le dijo que había tenido un sueño muy bonito, en el que aquel hombre se le presentaba como Dios. No sabían qué decidir, por lo que lo echaron a suertes. Ganó María. Fueron a la calle Magallanes, número 23. Había un bloque de pisos. El papel indicaba el segundo piso. Las dos muchachas subieron allí. La puerta estaba entreabierta, la empujaron y pasaron sigilosamente. La estancia estaba iluminada con una luz anaranjada. El ambiente resultaba muy agradable, pero había un fuerte olor a azufre. De repente sintieron miedo. María abrió la puerta por la que habían entrado, pero por toda la escalera se oía un canto que asemejaba al del diablo. Por ahí no podían salir. -Rápido, - dijo María salgamos por el balcón. Abrieron la puerta del ventanal y se asomaron para ver la altura. No era muy grande, además se podía bajar fácilmente hasta el balcón de abajo, deslizándose desde éste hasta las rejas de las ventanas del bajo, pudiendo llegar fácilmente al suelo. El único inconveniente eran unas bolsas llenas de botellas que aparecieron en las manos de las muchachas. María recordó que su madre, les había encomendado llevar aquellos recipientes llenos de agua, por lo que no podían deshacerse de ellos, pues si no las entregaban, María sería castigada. Llegaron al balcón del primer piso. Había un niño rubio con la cara sucia encaramado a las rejas del bajo. María le extendió una de las bolsas con botellas y dijo que la cogiera. -¡Cógela! Le volvió a gritar. Pero el niño no hizo caso. Como pudo, la joven bajó y después ayudó a su amiga. Después le dijo al niño: -Podrías habernos ayudado, chaval. Allí arriba hay un monstruo que nos quiere comer, ¿sabes? Ahora vendrá a comerte a ti. -¿De veras? Dijo el niño, transformándose en un muchacho rubio vestido de vikingo. -¿No habíais pensado, - prosiguió que yo soy el hijo de Satán? Y dicho esto, envolvió a María con su manto y le dijo a Amelia: -Tú, vete. Amelia se fue corriendo a casa. No recordaba por qué corría, ni qué hacía en aquella parte de la ciudad. Lo único que sabía era que, si no llegaba a tiempo a casa, la castigarían y ya llevaba un cuarto de hora de retraso. Cuando llegó fue rápidamente a su dormitorio y se acostó. Las once de la mañana. Amelia se despertó confusa, se dirigió al salón y miró el calendario. Suspiró aliviada. La noche anterior fue la que, ella y su amiga María, encontraron al extraño vagabundo. Había tenido dos pesadillas en la misma noche. Pensó en vestirse e ir a ver a su amiga, para contarle sus sueños, pero Patricia, la hermana de Amelia, le cortó el paso diciéndole: -Amelia, te tengo que decir una cosa. Ha llamado la madre de tu amiga. Esta mañana, María no se ha despertado, ha muerto. Amelia, tu amiga ha muerto. -¿De veras? Dijo Amelia mientras un extraño brillo pasaba por sus ojos. Ya era hora. Y se metió en su cuarto. Al poco, entró en casa la señora Albujer, la madre de Amanda. Iba acompañada por la niñera de los hermanos de María. Ya no la necesitaban allí, pues los cuatro niños estaban muy enfermos y dos habían muerto ya. -Una terrible desgracia dijo la madre de Amanda. -Sí, dijo la niñera entre sollozos - ¡Quién iba a pensar que esa muchacha fuera a hacer algo así! -¡No puedo creerlo! añadió compungida la señora Albujer- ¡Cómo ha podido esa chiquilla envenenar a sus hermanos! ¡Es incomprensible! -Y suicidarse de esa forma Rociarse ácido hasta deshacerse. Lloraba la niñera - ¿De dónde habrá sacado esas ideas? En su dormitorio, Amelia permanecía sentada, sin conciencia, sin sentimientos, sin atisbo alguno de tener vida, excepto por el brillo ocasional que, durante breves instantes, pasaba a intervalos por sus negros ojos. Habían pasado dos días. Todos los hermanos de María ya estaban enterrados, pues los dos pequeños enfermos que quedaban, también habían fallecido a las pocas horas. En casa de María, su madre, cansada de tanto llorar y agotada por la tragedia, se sentó en su sillón. Comenzó a acariciar al anciano gato pardo que tenían. De pronto, el felino abrió sus garras, clavándolas en la espalda de la mujer, dejándola medio muerta. El diabólico animal saltó a una mesa, transformándose en una muñeca de porcelana que se sentó en el mueble. En ese mismo instante, el padre de María entraba a la casa. Iba a socorrer a su esposa, pero al mirar a la muñeca, el hombre se convirtió en una masa informe de podredumbre. En su agonía, la mujer, como pudo, cogió una cerilla, la encendió y se la tiró al infernal juguete. La muñeca comenzó a arder diciendo: -Me estáis matando. No matéis a María. Me estáis matando. Las siete de la tarde, todavía no había anochecido. Una muchacha morena, de tez blanca como la tenue luz de luna, cuyos negros ojos brillaban como los del demonio, permanecía encerrada en su cuarto. Por las calles de Albacete, un hombre rubio, vestido de pordiosero, busca nuevas víctimas para su colección de humanos sin voluntad