El paso apretado, con pequeños intervalos de saltos y la sonrisa permanente, de nervios y emoción, atestiguaban la creciente emoción del niño ante la idea de ir al teatro. ¡Cálmate! le respondían sus padres cuando él los llamaba a moverse más aprisa.
Una creciente multitud se apiñaba ya en la entrada del pequeño cinema, poco más que un viejo edificio republicano acondicionado para tal propósito. Todos, encopetados con sus mejores galas, desprecio bastante audaz al calor de aquella tarde sin viento, tertuliaban, se saludaban con amistosos gritos y apretones de mano y abrazos de verdadera camaradería. Se oían también las reseñas de las películas que se exhibían aquel verano, cuatro en total. La de aquel día, aparentemente, era bastante buena, o al menos eso decían algunos, que la verían por sexta o séptima vez. No importaba, siempre se podía encontrar algo nuevo en la extravagancia, el glamour y la fantasía de los filmes, un nuevo enfoque, un detalle de la decoración o un dialogo que antes había parecido innentelegible, después de la cuarta vez, por supuesto, debía ser descifrado o el apelativo de estupido se otorgaba por meritos excesivos.
El niño y sus padres se mezclaron en aquella multitud, como si se los tragara, se reconocieron con algunos vecinos, sus manos palmearon hombros también e intercambiaron saludos y rápidos chismorreos antes de que las puertas del teatro se abrieran, descolgadas como estaban, a empujones.
Era su primera vez en el cinema y el niño apretó con fuerza las manos de sus padres, asustado con la idea de ser arrastrado por aquella marea humana. Adentro, bancos de iglesia, comprados a una parroquia cercana a la quiebra por la afición de su prelado al vino de consagrar, se alineaban en dos filas, con solo un pequeño corredor entre las dos. Las personas se acomodaron con voluntad propia, solo respetando que la tarifa más alta garantizaba el sitio en una banca más cómoda, de cojines de algodón y cercana a la única ventana.
Frente a los sitios se descolgaba una enorme y purísima sabana blanca, donde, según le explicó su padre entonces se proyectaba la película el niño le respondió con una mirada de incredulidad ¿pero cómo? habría querido preguntar, pero algo más lo distrajo entonces.
Detrás de ellos, en el segundo piso del lugar, desde una pequeña ventanilla se había iluminado un has de luz que daba ahora contra la sabana, por lo menos en parte. Pero ahora el rayo de luminosidad se movía juguetón, buscando centrarse sobre la tela, subió un poco, antes de bajar de nuevo, un poco a la derecha y listo. Aun así, parecía estar llevando más de lo usual, o por lo menos así lo creía el vecino de butaca de la familia del niño, que empezó a gritar obscenidades. Entonces algo resonó alto y un ligero, pero agradable traquetear preaviso a un gran numero tres que apareció en la pantalla. Pronto se convirtió en dos y finalmente en uno, antes de dar paso a la imagen de un bosque y la música de una agradable polka.
Un silencio roto ocasionalmente por murmullos invadió el lugar, la película se dejaba oír, por mutuo respeto, pero no se dejaba de comentar. Una mujer de rostro nimio y cabello en bucles hizo una gran entrada, acompañada de las acordes pausas en la música, los hombres llenaron la estancia de gritos y chiflidos, luego risas y comentarios fuera de lugar. Niños y animales protagonizaban también la película.
Ahora los chicos subían a un globo, en realidad no sabia porqué, pues hasta el momento su atención se dirigía al espectáculo mismo del teatro, a la magia que allí se producía, más que la trama de la película, bastante floja, por cierto. Entonces el globo despegó, si, parecía hacerlo, ahí, frente a él, como estaba. Los niños en éste parecían tan emocionados, que el embeleso de sus ojos se contagio como la gripe en el teatro. Algunas personas gritaban ahora, arengando al globo a ir mas alto, la película por supuesto, no los decepciono; el vehiculo ascendió con vertiginosa velocidad. Los emocionados presentes desbordaron de aplausos.
Pero entonces, la realidad parpadeó y se sintió como la energía detenía su flujo, la película saltó y solo siguió unos segundos más, con el impulso que aun le quedaba, antes de detenerse por completo. Los chiflidos e insultos no esperaron explicación.
Infinidad de objetos apuntaron al orificio desde donde se proyectaba la película.
Aun así, los ánimos, lejos de calmarse, se
rindieron más bien a la resignación, sabedores los hombres de repente de su
impotencia ante la situación. Como niños que tras un berrinche airado caen en
una pesada somnolencia.
El teatro se vació rápidamente después. Rostros largos se perdieron en las calles ya plateadas de la luz del atardecer.
El niño y sus padres tomaron el camino a casa. Arturo, si, ese era su nombre, miró a su hijo con la mezcla de impotencia y decepción que fallar a un niño genera. Su niño, inocentemente le dijo, con una sonrisa en su rostro, No importa papá, no saber que pasó con los niños en el globo no me alejará de recordar esto como algo muy especial, además, venir una segunda vez no me hará ningún mal ¿No crees?
Arturo sonrió, antes de subir al pequeño sobre sus hombros.
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