Estaba radicado en la ciudad de San Luis y una vez por semana pasaba por Villa Mercedes, donde, de ida y vuelta de su campo, hacía noche. Siempre nos encontrábamos donde nos conocimos e hicimos amigos, la confitería "Sportman", frente a la plaza céntrica y al Club Social.
Enseguida fue aceptado por los muchachos de mi barra, la mayoría empleados de Banco o estudiantes, hijos de algún comerciante o agropecuario de la zona. En esas tertulias nos contábamos nuestras noveladas historias de amores conquistados, a veces inexistentes, y terminábamos ¡vaya paradoja! visitando en patota el prostíbulo, la tradicional casa "non sancta" autorizada del Villa Mercedes de esos años, con su policía uniformado palpando de armas a quienes ingresábamos. Claro está, eran épocas en que se "respetaba a la novia", y "la prueba de amor" pocas veces se pedía y muchas menos se lograba.
Garay estaba cubriendo una comisión prolongada y llegó a estar en Villa Mercedes aún durante el año siguiente, visitando a su familia los fines de semana. Se hospedaba en la pensión que funcionaba en la planta alta de la confitería. Si bien Juancito Trápani Pedroza es el personaje central en la historia que pasaré a narrar, el sanjuanino Garay tuvo una vital participación.
Por estos contratiempos, con el tiempo prefirió, en vez de señoritas jóvenes, de su ambiente, formales, a señoras no tan jóvenes, de su ambiente, informales. «Con maridos ocupados, ausentes o aburridos». Nos decía, persuadido que, cuando la decisión de la otra parte estaba tomada, era con todo, y para todo. Ese era su desafío.
Por tal razón, conociendo la idiosincrasia de nuestro personaje y la mayor parte de sus historias de amor prohibido (sin los nombres, claro; Juan Trápani Pedroza era un caballero), no hubiéramos vacilado en pronosticarle el celibato crónico hasta la muerte, como único estado compatible con sus puntos de vista acerca de la mujer casada, el matrimonio y, especialmente, la fidelidad conyugal.
Por lo mismo fue mayúscula la sorpresa que nos produjo el anuncio de su próximo enlace, induciéndonos a forjar mil cábalas al tratar de puntualizar el proceso anímico sufrido por el compañero de andanzas mercedinas y largas tertulias informales en la confitería "Sportman".
Sin embargo, el mismo interesado viajó desde San Luis para invitarnos y se encargó de despejar la incógnita con unas pocas palabras:
Considerando el asunto bajo tal prisma, no ofrecía tema de discusión. Puesto que Juancito Trápani Pedroza había encontrado una mujer joven, rica heredera, y, por si fuera poco, hermosa, y tal rara avis estaba disponible y dispuesta a casarse con él en el momento justo en que su padre amenazaba con restringir sus víveres, necio hubiera sido desperdiciar la tentadora ocasión, por más joven que se sea y sabio que se crea.
Pero siempre el "pero" constituye la parte amarga del asunto- la futura esposa de nuestro amigo era hija única de una viuda rica, y su madre no quería separarse de ella antes de la boda, durante la boda, ni después de la boda, a excepción de la luna de miel; propósito éste manifestado sin preámbulos. Condición primera y esencial para otorgar el consentimiento preciso. Y en tal detalle es donde se puso de manifiesto el optimismo y la fe ciega en los propios méritos, que caracterizaban a Juan Trápani Pedroza, educado en el Ward, no recibido de nada y hoy aprendiz de administrador de estancias y play boy; devenido consorte por propia voluntad, de una "rica niña de la sociedad puntana", hija única y probablemente malcriada, con una madre para suegra, que difícilmente sería una segunda mamá para él, como sí una Salomé moderna, o su reencarnación, aconsejando a su hija como lo hiciera con Herodes y llevando a Juancito a un destino fatal como lo hiciera con el otro Juan, el santo (descripción literal de la impresión que vertiera de ella el sanjuanino Garay la noche del casamiento).
Los presentes éramos, en su mayoría, solteros y faltos de experiencia y nos dejamos influenciar por la decisión de la respuesta y la energía del tono; pero el sanjuanino Garay, veterano en las lides del matrimonio y actor obligado en mil reyertas conyugales por su suegra, rebatió escéptico: «Acaso tengas razón en lo referente las mujeres en general, pero las suegras forman una categoría aparte».
Juancito se hechó a reír y alguno de los contertulios le imitaron. Sabido es que es condición humana burlarse de la desgracia ajena.
Pero la simple revelación de su no menos simple método no produjo el efecto esperado; movió el sanjuanino la cabeza dubitativamente y, sin dar muestras de apreciar lo dicho por Juan, aseguró: «¡Es más difícil dominar a la suegra que enlazar un potro en el desierto! A buen seguro entre tu esposa y tu suegra te van a manejar como a un muñeco».
Semejante hipótesis era algo que estaba muy por encima de la facultad asimilativa de la mente del futuro marido, y, para demostrar la confianza que le merecía su propio carácter, propuso: «Estoy dispuesto a apostar y mira a Garay- una cena para todos en el club Social, que un solo y enérgico enfrentamiento pone en vereda a mi esposa y reduce a la obediencia a mi suegra. ¿Aceptan?»
Formalizado el asunto se concedió un plazo de tres meses para la demostración; lapso considerado suficiente y aún excesivo por el experimentado Garay.
«De todos modos -manifestó Juan- seguiremos viéndonos un par de veces por semana, de paso al campo, e iremos como siempre a visitar a las "chicas malas" y a comer al lado del chante, por cuanto no pienso alterar mis costumbres».
Al principio consideramos que la ausencia era motivada por un natural y romántico deseo de gozar, plenamente, de las poéticas irradiaciones de la luna de miel; pero, transcurridos los tres meses del plazo pactado, empezamos a experimentar justificada alarma. Decidimos esperar un par de meses más, antes de averiguar por él.
Por su parte, el sanjuanino Garay había dejado la apuesta como una broma y estaba en vísperas de regresar a su provincia.
He de reconocer que todos extrañábamos a Juan, su gracia, su picardía. Lo apreciábamos. Quedó en nosotros, claro está, la preocupación de qué le estaría ocurriendo.
Al poco tiempo la casualidad nos dio la clave del enigma. Me invita Garay a pasar un fin de semana largo a su casa sanjuanina, con su familia. De regreso a Villa Mercedes entramos por gusto a San Luis, estacionando mi coche en batería a la plaza Pringles, frente a la confitería. Cuando nos disponíamos a cruzar la calle, mi compañero me toma del brazo para detenerme.
«¿No es Juancito murmuró- quien va por la vereda de enfrente, delante nuestro?» Lo era, en efecto, si bien no lo parecía: estaba pálido y más delgado; vestía ropa buena pero con un inusitado desaliño, y sostenía desmayadamente, con sus dos manos, varias bolsas de mercado llenas.
Nos hablaba nerviosamente, sin atreverse a mirarnos a los ojos. Y continuó: «Vivo un poco retraído y...» En aquel momento las campanas de la catedral dejaron oír su llamado.
«Discúlpenme -balbuceó- pero estoy apurado. Mi mujer y mi suegra me advirtieron que debía regresar a las once para llevarlas a misa. No sería correcto hacerlas esperar». Nos estrechó las manos dispuesto a alejarse, sin que el sanjuanino ni yo fuéramos lo bastante crueles como para interrogarle acerca de aquello que podíamos adivinar como obvio. Pero, inducido sin duda por un dictado de su conciencia, volvió a acercársenos decidido, dejó nuevamente las pesadas bolsas en el suelo junto a mi coche, y sacando de un bolsillo una chequera la apoya sobre el techo del rodado y llena un valor.
Nos dio un abrazo, levantó las bolsas del mercado con espíritu bizarro y se marchó, ahora sí, nuevamente, con paso cansino, desmayante, camino a su destino.-
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