No existe regla sin excepción.

Categoría(s): Relato.

  "El Señor es la mujer. Ella doma al hombre con traidores trucos
       para  hacer de él un esclavo sumiso". Esther Vilar ("El varón domado")
                                                                                     

      Lo vi por primera vez el año 1966. Su padre era un médico veterinario a cargo  de la mayordomía de un latifundio al sur de la provincia de San Luis y la administración de su propio establecimiento, una fracción de buen campo  ganadero que comprara a unos ingleses en la zona de Soven. Juan Trápani Pedroza era, como sabemos decir, "un niño bien" de 20 años, hijo único de familia acomodada, educado, cortés y todo eso que, por lo general, suele llevar a un joven a ser, como también sabemos decir, bastante tilingo. Sin embargo, nada más alejado de eso. Juancito era extrovertido, de trato amable, nada estructurado; y, aunque contaba con cierta holgura financiera y una camioneta a su entera disposición, se daba con todos. Una de esas personalidades que se sienten en todos lados como en su casa. Bastante sabelotodo, pero sincero.

 

     Estaba radicado en la ciudad de San Luis y una vez por semana pasaba por Villa Mercedes, donde, de ida y vuelta de su campo, hacía noche. Siempre nos encontrábamos donde nos conocimos e hicimos amigos, la confitería "Sportman", frente a la plaza céntrica y al Club Social.

 

      Enseguida fue aceptado por los muchachos de mi barra, la mayoría empleados de Banco o estudiantes, hijos de algún comerciante o agropecuario de la zona. En esas tertulias nos contábamos nuestras noveladas historias de amores conquistados, a veces inexistentes, y terminábamos ¡vaya paradoja! visitando en patota el prostíbulo, la tradicional casa "non sancta" autorizada del Villa Mercedes de esos años, con su policía uniformado palpando de armas a quienes ingresábamos. Claro está, eran épocas en que se "respetaba a la novia", y "la prueba de amor" pocas veces se pedía y muchas menos se lograba.

   Había en el grupo tres muchachos mayores: dos solterones empleados de Banco y un sanjuanino de apellido Garay, también bancario, jefe de sección en el Nación, de unos treinta y cinco años y no menos de diez de casado.

 

      Garay estaba cubriendo una comisión prolongada y llegó a estar en Villa Mercedes aún durante el año siguiente, visitando a su  familia los fines de semana. Se hospedaba en la pensión que funcionaba en la planta alta de la confitería. Si bien Juancito Trápani Pedroza es el personaje central en la historia que pasaré a narrar, el sanjuanino Garay tuvo una vital participación.

   En la casa de tolerancia solíamos bailar tangos con las "chicas malas" o tomar una copa acompañados por ellas, atender en la intimidad nuestra masculinidad y terminar la noche en la casa de comidas vecina al lugar, con bifes "a la pimienta", huevos fritos y vino tinto "Gargantini". Recuerdo que esta marca nos gustaba porque tenía buen cuerpo, y, para comprobarlo, debíamos salivar violeta en el patio.
      Ahí era cuando, entonado ya, nuestro amigo Trápani Pedroza, "niño bien" ex estudiante del Ward School de Buenos Aires, pero sin recibirse de nada, nos deleitaba con sus historias de amor prohibido, sus peripecias y de cómo había hecho del  sexo, su única adicción, un arte.

    Dentro de la diversidad de sus respectivas teorías, la mayor parte de los sociólogos modernos suelen coincidir en dos puntos de capital importancia, cuando se trata de enumerar los factores que deben concurrir en el ser humano, para asegurarle la victoria en la ininterrumpida y sempiterna lucha por la existencia: la confianza en el propio valer y el optimismo a ultranza. No entra en mis cálculos entablar una polémica acerca de la mayor o menor exactitud de tales apreciaciones, ni pretendo refutarlas falsas a priori, toda vez que estoy de acuerdo con ellas, pero en esta oportunidad debo acogerme a los postulados del sabio enunciado que justifica lo injustificable: "No existe regla sin excepción"; y, para comprobar este aserto, he ambientado este relato en la ciudad de Villa Mercedes a mitad de los años sesenta, con mis veinte años y mis amigos de entonces, especialmente el perfecto casado Garay y el indómito Juan Trápani Pedroza, "niño bien", ex un montón de cosas (para esa época aprendíz de administrador de estancias), y amante profesional, claro.

      Precisamente, Juancito demostraba ser un buen amigo de sus nuevos amigos (nosotros) y un joven meticuloso y concienzudo en todas sus cosas, cualidad que le supo reportar, a menudo, ciertos contratiempos, por su afán de aprender rápidamente todo cuanto la vida pusiese en su camino. Tal por ejemplo cuando con alguna novia del momento o amiga circunstancial, señorita de su ambiente, formal, desde la última fila del cine pretendía dedicarse a enriquecer el caudal de sus conocimientos sobre anatomía femenina práctica. Esto llegó a convertirse para él en obsesión exclusiva.

 

      Por estos contratiempos, con el tiempo prefirió, en vez de señoritas jóvenes, de su ambiente, formales, a señoras no tan jóvenes, de su ambiente, informales. «Con maridos ocupados, ausentes o aburridos». Nos decía, persuadido que, cuando la decisión de la otra parte estaba tomada, era con todo, y para todo. Ese era su desafío.

 

    Por tal razón, conociendo la idiosincrasia de nuestro personaje y la mayor parte de sus historias de amor prohibido (sin los nombres, claro; Juan Trápani Pedroza era un caballero), no hubiéramos vacilado en pronosticarle el celibato crónico hasta la muerte, como único estado compatible con sus puntos de vista acerca de la mujer casada, el matrimonio y, especialmente, la fidelidad conyugal.

 

      Por lo mismo fue mayúscula la sorpresa que nos produjo el anuncio de su próximo enlace, induciéndonos a forjar mil cábalas al tratar de puntualizar el proceso anímico sufrido por el compañero de andanzas mercedinas y largas tertulias informales en la confitería "Sportman".

 

      Sin embargo, el mismo interesado viajó desde San Luis para invitarnos y se encargó de despejar la incógnita con unas pocas palabras:
    «El amor es ciego -nos dijo- pero tiene el oído muy aguzado y percibe, el mío al menos, divinamente el susurro de un futuro próspero».

 

    Considerando  el  asunto bajo tal prisma,  no ofrecía tema de discusión. Puesto que Juancito Trápani Pedroza había encontrado una mujer joven, rica heredera, y, por si fuera poco, hermosa, y tal rara avis estaba disponible y dispuesta a casarse con él en el momento justo en que su padre amenazaba con restringir sus víveres, necio hubiera sido desperdiciar la tentadora ocasión, por más joven que se sea y sabio que se crea.

 

    Pero –siempre el "pero" constituye la parte amarga del asunto-  la futura esposa de nuestro amigo era hija única de una viuda rica, y su madre no quería separarse de ella antes de la boda, durante la boda, ni después de la boda, a excepción de la luna de miel; propósito éste manifestado sin preámbulos. Condición primera y esencial para otorgar el consentimiento preciso. Y en tal detalle es donde se puso de manifiesto el optimismo y la fe ciega en los propios méritos, que caracterizaban a Juan Trápani Pedroza, educado en el Ward, no recibido de nada y hoy aprendiz de administrador de estancias y play boy; devenido consorte por propia voluntad, de una "rica niña de la sociedad puntana", hija única y probablemente malcriada, con una madre para suegra, que difícilmente sería una segunda mamá para él, como sí una Salomé moderna, o su reencarnación, aconsejando a su hija como lo hiciera con Herodes y llevando a Juancito a un destino fatal como lo hiciera con el otro Juan, el santo (descripción literal de la impresión que vertiera de ella el sanjuanino Garay la noche del casamiento).

   Férrea voluntad y templado carácter el de nuestro amigo Trápani Pedroza, a quien se lo veía seguro de sí mismo. Cuando la noche de su despedida de soltero en la confitería "Sportman", le confesamos la extrañeza que nos había producido verle acceder a la connivencia con su mamá política, de quien se murmuraba que poseía un carácter detestable, repuso sonriendo: «Conmigo va a cambiar radicalmente; yo se como debe  tratarse a las mujeres».

 

    Los presentes éramos, en su mayoría, solteros y faltos de experiencia y nos dejamos influenciar por la decisión de la respuesta y la energía del tono; pero el sanjuanino Garay, veterano en las lides del matrimonio y actor obligado en mil reyertas conyugales por su suegra, rebatió escéptico: «Acaso tengas razón en lo referente las mujeres en general, pero las suegras forman una categoría aparte».

 

   Juancito se hechó a reír y alguno de los contertulios le imitaron. Sabido es que es condición humana burlarse de la desgracia ajena.

   «Hay una panacea universal e infalible -aseguró Juan, convencido de la viabilidad de su idea-. Al primer conato familiar hay que mostrar una terminante y oportuna decisión y acción, pegar cuatro gritos y salir a la calle dando un portazo, para regresar recién a la madrugada. Semejante desvelo, de entrada nomás, despeja el cerebro femenino más obtuso y cerrado a razones».

 

   Pero la simple revelación de su no menos simple método no produjo el efecto  esperado; movió el sanjuanino la cabeza dubitativamente y, sin dar muestras de apreciar lo dicho por Juan, aseguró: «¡Es más difícil dominar a la suegra que enlazar un potro en el desierto! A buen seguro entre tu esposa y tu suegra te van a manejar como a un muñeco».

 

      Semejante hipótesis era algo que estaba muy por encima de la facultad asimilativa de la mente del futuro marido, y, para demostrar la confianza que le merecía su propio carácter, propuso: «Estoy dispuesto a apostar –y mira a Garay- una cena para todos en el club Social, que un solo y enérgico enfrentamiento pone en vereda a mi esposa y reduce a la obediencia a mi suegra. ¿Aceptan?»

 

      Formalizado el asunto se concedió un plazo de tres meses para la demostración; lapso considerado suficiente y aún excesivo por el experimentado Garay.

 

   «De todos modos -manifestó Juan- seguiremos viéndonos un par de veces por semana, de paso al campo, e iremos como siempre a visitar a las "chicas malas" y a comer al lado del “chante”, por cuanto no pienso alterar mis costumbres».

      "El hombre propone y Dios dispone", reza el refrán popular, y, como todas las máximas transmitidas de padres a hijos a través de los siglos, ésta encierra gran parte de verdad. El caso es que, desde el momento de contraer su anunciado enlace, Juan no volvió a aparecer por la confitería "Sportman".

 

      Al principio consideramos que la ausencia era motivada por un natural y romántico deseo de gozar, plenamente, de las poéticas irradiaciones de la luna de miel; pero, transcurridos los tres meses del plazo pactado, empezamos a experimentar justificada alarma. Decidimos esperar un par de meses más, antes de averiguar por él.

 

      Por su parte, el sanjuanino Garay había dejado la apuesta como una broma y estaba en vísperas de regresar a su provincia.

 

      He de reconocer que todos extrañábamos a Juan, su gracia, su picardía. Lo apreciábamos. Quedó en nosotros, claro está, la preocupación de qué le estaría ocurriendo.

 

    Al poco tiempo la casualidad nos dio la clave del enigma. Me invita Garay a pasar un fin de semana largo a su casa sanjuanina, con su familia. De regreso a Villa Mercedes entramos por gusto a San Luis, estacionando mi coche en batería a la plaza Pringles, frente a la confitería. Cuando nos disponíamos a cruzar la calle, mi compañero me toma del brazo para detenerme.

 

      «¿No es Juancito –murmuró- quien va por la vereda de enfrente, delante nuestro?» Lo era, en efecto, si bien no lo parecía: estaba pálido y más delgado; vestía ropa buena pero con un inusitado desaliño, y sostenía desmayadamente, con sus dos manos, varias bolsas de mercado llenas.

      Fenómeno telepático o simple coincidencia: mientras le identificábamos, Juan volvióse, nos reconoció y quiso evitar el encuentro, a cuyo efecto se detuvo ante una vidriera, dando su espalda a nuestra vereda. Sin embargo, no tardó en modificar su intento, corrigió su postura y, cruzando la calle, vino hacia nosotros mostrando una sonrisa de candidato a presidente «No esperaba verlos... Salí de compras... Pero... ¡Qué gusto verlos por San Luis!»

 

      Nos hablaba nerviosamente, sin atreverse a mirarnos a los ojos. Y continuó: «Vivo un poco retraído y...» En aquel momento las campanas de la catedral dejaron oír su llamado.

 

      «Discúlpenme -balbuceó- pero estoy apurado. Mi mujer y mi suegra me advirtieron que debía regresar a las once para llevarlas a misa. No sería correcto hacerlas esperar». Nos estrechó las manos dispuesto a alejarse, sin que el sanjuanino ni yo fuéramos lo bastante crueles como para interrogarle acerca de aquello que podíamos adivinar como obvio. Pero, inducido sin duda por un dictado de su conciencia, volvió a acercársenos decidido, dejó nuevamente las pesadas bolsas en el suelo junto a mi coche, y sacando de un bolsillo una chequera la apoya sobre el techo del rodado y llena un valor.

      Juan Trápani Pedroza aclaró su firma, dispuesto como antes, al menos por unos minutos, a hacer las cosas en grande; el otrora niño rico que se las sabía todas, especialmente tratar a las mujeres, nos mira, ahora sí a los ojos, extiende el cheque a mi compañero, a la vez que nos dice: «Si mal no recuerdo, habíamos cruzado una apuesta que si en el primer enfrentamiento con... bueno, ustedes saben...  Cobren el cheque y que todos mis amigos cenen juntos el próximo domingo en el Club Social. Lección que merezco».

 

      Nos dio un abrazo, levantó las bolsas del mercado con espíritu bizarro y se marchó, ahora sí, nuevamente, con paso cansino, desmayante, camino a su destino.-

 

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Comentarios:

Escrito por: Norberto       04/10/07 00:26
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De acuerdo contigo en cuanto a la personalidad del personaje... y sí, pude haber economizado palabras, pero lo hice hace varios años y así quedó. No es tampoco en virtud un relato referente de mi estilo.Te saludo.
Escrito por: Poesiacarnivora       01/10/07 06:36
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Este me resulto largo, aunque no menos atrapante que los otros,si bien hay detalles que se podrían obviar y no cambiarían en nada la esencia del relato.
Ambientado perfectamente, deja a el descubierto, un antes y un despues en la vida de un hombre que se las creía todas.
Me da pena tu amigo, pero también su mujer, ya que no creo que haya sido feliz teniendo un pelele a su lado,eso tambien cansa.
Buen relato.
Que las hadas te acompañen.
Escrito por: Norberto       28/09/07 03:11
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Gracias por los comentarios, Guadalupe de Santa Fe.
Escrito por: guadalupe40       27/09/07 23:54
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Que bien narrada tu historia, simpática y. . . el machismo es puro cuento, me agradó la comparación de Juancito con Juan el Bautista, me imaginaba su cabeza goteando sangre en fina bandeja... y muy de la época el llamarlas "chicas malas" con las que se hacian las primeras armas para respetar a las " buenas señoritas...Guadalupe de Santa Fe capital
Escrito por: animalson       19/09/07 05:53
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Norberto,una excelente narración como nos tienes acostumbrados.Historias de vidas hechas cuento.
Un placer leerte.
Un abrazo.
Páginas: 1

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