El sueño me había vencido. Afuera llovía. Mi conciencia se desvaneció en poco tiempo. Al rato, la neblina proverbial, el fondo azul grisáceo, cierta sensación de frío y de distancia.
Al aclararse la escena, pude ver el adiposo rostro. Newton acomodaba las gafas sobre el tabique de su nariz. En el escritorio, expedientes en meticuloso orden, pliego sobre pliego. Se restregó los ojos. También el sueño parecía acometerle.
Se levantó y salió al jardín. Un pájaro lanzó un grito. Él miró el cielo. Yo le hacía señas y el sabio no me miraba. Entonces, cansado de agitar los brazos, tomé una piedra y se la lancé para llamar su atención, no sé con qué propósito.
El pedrusco ni siquiera lo rozó. Golpeó la rama de un frondoso árbol y una manzana cayó sobre su cabeza. Entonces, luego de unos minutos observando la fruta con poderosa curiosidad, se puso a reír a gritar como si hubiera hecho la gran cosa.
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