“NECESITO QUE ME JABONES LA ESPALDA”

Por: Edwin Cuperes

 

     De las infinitas trivialidades de la vida cotidiana que evoca en sus lectores la novela Cien Años de Soledad hay una cuya lectura me ha motivado largas y profundas meditaciones. Sucede cuando un forastero se cuela en el baño donde se encuentra Remedios la Bella y luego de admirar su portentosa desnudez pide jabonarle “aunque sea la espalda”.

     “—Sería una ociosidad —dijo ella—. Nunca se ha visto que la gente se jabone la espalda.”

     Ante este pasaje me di a inquirir si acaso alguna vez me habí a jabonado la espalda. Desprovisto de la camisa fui a verme al espejo: un espacio entre el revés del corazón y la raíz de las costillas patentizaba que jamás había transitado sobre su corteza una barra de jabón ni instrumento alguno de aseo, salvo la quebrada de lavazas que, tras los restregos del champú, busca el surco de la espina dorsal para allegarse al desagüe. La discrepancia entre esa área y el resto de la espalda la constituía una mácula transparentada parecida a la figura borrosa del manto de Turín. Más cerca, la porosidad evidenciaba el crecimiento de un vello abundante de tronco duro y color cenizo que distaba mucho de la limpia planicie de los omoplatos.

     De niño escuché una historia que bien puede tener alguna relación con esto de jabonarse la espalda. Contaban de un hombre que había nacido con un parche de piel de vaca en la espalda. Según la leyenda, la explicación de este fenómeno consistí a en que el mutante era hijo de una vaca y de un pecador incontenible en las concupiscencias de la carne. Al nacer el niño —que vino al mundo con todas sus partes humanas— la vaca logró atizarle un barrido de lengua en la espalda, como a un becerro indistinto, antes de que una piadosa mujer lo arrebatara de su seno impío, y había sido por allí que vino a desarrollarse como una errónea pieza de rompecabezas el pellejo virulento del cuero bovino. La conciencia colectiva, tan sensible a convertir en mitos las incomprensibles trivialidades de la vida, pudo haber traspuesto en elemento mitológico la burda realidad de la injabonable mancha que yo he descubierto en mi espalda. Pero es una asociación peligrosa: mejor es quedarme con la razonabilidad de la carencia absoluta de jabón en la espalda que esperar el momento aciago en que doña Hilda se siente a mi lado con una tristeza contenida y me confiese que una vaca —y no ella— es mi verdadera madre.

     La causa de esta tremenda dejadez de pulcritud hay que buscarla en las muchas imperfecciones corporales que padecemos nosotros los humanos, tantas que uno se pregunta con una fe sacrílega la razón de que criaturas hechas “a imagen y semejanza de Dios” puedan carecer de los implementos necesarios para una tarea tan dignificante como jabonarse la espalda. La conclusión es obvia: nos parecemos menos a un Dios omnipotente que a un simple escarabajo. Pues nuestros cuerpos están atados con ligamentos, delimitados por tendones y articulaciones que nada tienen que ver con un Cubo de Rubik. De manera que aunque sí me había jabonado la espalda, lo habí a hecho sólo hasta donde podían llegar las manos, pues la nomenclatura de los brazos es un tanto limitada en nosotros y jabonarnos la espalda es autoimponernos una suerte de llave de lucha libre, incómoda y dolorosa.

     Estas restricciones de nuestras capacidades mecánicas pueden, sin embargo, ser necesarias a fin de preservar la raza humana. Sólo Dios sabe qué pasaría si todo el mundo fuera capaz de enrollarse como una serpiente sobre sus propios miembros, verse de cara a cara con las subrepticias extensiones humanas y los recónditos laberintos anidados bajo pliegues y zonas vedados a la contemplación directa por la férrea soldadura de los huesos y la trabazón de las articulaciones. No siempre fuimos tan poco flexibles en nuestra configuración de Homo sapiens. Es sabido que en la infancia poseemos habilidades asombrosas de maromeros y equilibristas. La complacencia de algunos bebés capaces de chuparse los dedos de los pies con piruetas de faquir nos enternece el corazón, acaso porque echamos de menos la única etapa de nuestra vida en que nos semejamos a los dioses. Esto explica de una manera más práctica que teológica el verso bí blico que estipula que hay que ser como un niño para acceder al cielo, pues sólo ellos serían capaces, con sus cuerpos gelatinosos y mediante desafueros de pulpo, a pasar por el diminuto e intrincado ojo de aguja que conduce al reino celestial.

     Hay que concordar, pues, retornando al origen de esta nota, que el forastero que se ofreció a jabonarle la espalda no era tan simple como Remedios la Bella debió catalogarlo, pues alcanzó a identificar un fin práctico en lo que siempre se ha visto como una búsqueda insensata de placer. Lo malo fue que Remedios la Bella, incapacitada como estaba de entender segundas intenciones en las primeras dichas ni propósitos alternos de los primeros acordados, contestó con lo que su propia inexperiencia le dictaba que era una verdad concluyente: nunca se había visto que la gente se jabonara la espalda. La clave de esto es que Remedios la Bella era soltera. De haber estado casada hubiera comprendido la carga de emotividad erótica que las palabras del desgraciado forastero entrañaban.

     La verdad fue que hace muchos años, en algún lugar de Mesopotamia, alguien trató de lavarse la espalda y se encontró así con las graves imperfecciones del diseño humano. La solución fue granjearse de otros brazos los cuales, en vez de circunscribirse al centro de los omoplatos, jabonaron todo lo que encontraron a su paso, hacia arriba y hacia abajo, descubriendo así zonas inexploradas del cuerpo ajeno y sensaciones y placeres propios jamás imaginados. Si a la postre se consiguieron 7,000 millones de habitantes, como es este el caso, no fue por una actividad intencional sino un efecto más bien contraproducente que, de haberse sabido, se hubiera evitado. Ahora esos 7,000 millones de habitantes no tienen otro remedio que hermanarse se en 3,500 millones de parejas reciprocadas a jabonarse la espalda.

     Además de sus consabidos y bien ponderados beneficios, parece que esta dependencia de un par de brazos únicamente puede resolverse con el matrimonio. Estuve muchos días dándole vueltas a estas reflexiones hasta que el viernes sentí en los oídos un estallido de burbujas. Mayra, mi novia, volvió a preguntarme las razones para que yo quisiera casarme con ella, buscando alimentar su vanidad de mujer, y se extrañó de que luego de decirle sin gran afectación “Te quiero” y “Ansío tener una hija que se llame Gabriela”, la haya tomado de los hombros y espetarle sin remilgos:

     —Y necesito que me jabones la espalda.

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Comentarios:

Escrito por: bibian       29/12/07 15:42
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Debo confesar que el tema como todo lo que nos incentiva en el arte es sólo un pretexto para que el mensaje subliminal se lea entre " " .
No soy una experta en comentarios de historias y/o relatos.
Diré que desde la sensibilidad me atrapó, ya que no hay ritual más erótico y sensual
"necesito que jabones la espalda"
Como le caiga el verbo cada uno lo sabrá vivir a su manera...
un abrazo sincero
Escrito por: Aurelio       19/09/07 19:34
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Bueno, en lo de la cita textual alusiva a los niños, prefiero otro tipo de interpretación (la de la naturaleza deshinibida, aún no contaminada con prejuicios y demás estupideces impuestas cuando se cumple cierta mayoría de edad); y en cuanto al texto en sí, más me parece un ensayo que una historia, pero conociendo ya tu estilo, veo que es una suerte de anecdotario.
Personalmente, no necesito de una mujer para enjabonarme (o satisfacerme) alguna parte del cuerpo, puesto que mis intereses (actualmente) se encuentran focalizados hacia otros horizontes más personales.
Y Remedios la Bella, que debe representar el arquetipo femenino, no necesitaba de un hombre para tal actividad higiénica; la clarividencia de sus palabras denotaba una particularidad superior a sus congéneres, que demostró durante el tiempo que estuvo, literalmente hablando, con los pies sobre la tierra.
Escrito por: Ysa_himura       03/09/07 21:09
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Tenía tiempo sin leerte, qué buen relato (algunos detalles de "ortografia", algunas letras están separadas). Me gusta tu estilo, como diría mi novia, muy latinoamericano, es vez de decir, "tu estilo es muy marcado, parece a Gabo".

Hasta me has puesto a dudar si yo me enjabono la espalda, pero si, si lo hago XD.

Ah, Cien años de soledad... me gustó mucho también porque Remedios es uno de mis personajes favoritos, y me ataco de la risa cuando recuerdo que se fue volando con las sábanas... ¡Qué viva Gabo, qué viva la literatura Latinoamericana...!
Escrito por: Piegrande2       12/08/07 18:08
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Excelente...y revelador ¿así que por eso la gente se casa? Has roto con todo el misticismo acerca del amor...o a lo mejor, el verbo amar significaba en un principio "quiero enjabonarte la espalda"...¿quién sabe? Del estilo de "en busca el silencio perdido". De lo mejor que he leido tuyo.
Escrito por: claudia_ciru       16/07/07 16:18
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Es bueno, contagiado del estilo de García Márquez, con ese humor de sueño que hace de la metáfora una verdad.
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