Me voy por el simple hecho de irme, por la misma sensación que ello oculta detrás de si. Uno puede salir unas pocas horas y ya puede sentir la libertad del desapego, sin embargo no hay mayor libertad que la de salir para siempre, la de abandonar completamente lo que uno tenia antes, la de ver por ultima vez la puerta de la casa en que uno ha dormido todas las noches de su vida. Es paradójico, porque puede que aquella sensación dure un solo segundo o dure toda la eternidad, pero el solo hecho de sentirla o por lo menos de querer encontrarla es lo que nos hace humanos. El solo salir, sentir el aire fresco, observar como las estrellas se van destapando y volviéndose a cubrir a causa de la contaminación, es esta la sensación que siempre he buscado, por otro lado se que solo durara unos cuantos minutos y en el mejor de los casos hasta que termine la noche.
Si, lo se, se que volveré a casa después pidiendo asilo, pidiendo comida, pidiendo una cama para dormir, pidiendo solamente ver aquella puerta que deje tan solo hace unos segundos. Pero eso no importa, lo único que importa es este preciso instante, este instante que es el único de mi vida que conserva su pureza.
Pero frente a todo estado de autonomía o de libertad siempre hay otro estado paralelo, que puede chocar completamente con los sentimientos de independencia que yo pueda tener.
La angustia es lo que sigue después de la libertad, o incluso podría decir que los dos son los mejores amigos, que la libertad y la angustia van cogidos de la mano, corriendo en círculos a través de un prado gigantesco, lleno de flores, pero me incomoda ver a la angustia y a la libertad de tal modo. La libertad a la que me refiero es más bien a aquel estado de inercia, en el que uno tiene todas las cuestiones de la vida por delante, las buenas y las malas, y puede escoger de tan exquisito menú lo que quiera. Es esta la misma razón por la que es angustiosa la libertad, todas las posibilidades parecen iguales, sin embargo acarrearan distintos estados, distintas sensaciones, y uno, como hombre libre tiene que escoger.
Así que me encuentro a mi mismo a las 10 de la noche sentado al frente de un pequeño carrito de metal, en la parte superior del carrito hay un gran aviso iluminado en el que se pueden leer los distintos menús que ofrece el grasoso y gordo hombre que me mira esperando a que yo le diga que voy a querer comer. En el cartel sobresalen la hamburguesa especial, el perro americano y las salchipapas. Sin embargo yo prefiero quedarme con mi libertad un poco mas, e incluso pretendo sostenerla de mi mano hasta el final de la noche. Solo falta ver que pasa.
Es aquello lo que me preocupa realmente, puedes escoger cualquiera de los menús, puedes hacerlo, es tu elección, eres libre, puedes escoger ser comunista, puedes escoger hacer un boicot frente al palacio de justicia, puedes escoger pintar un graffiti anarquista en la casa del frente, puedes ser totalmente honesto y decir unas cuantas verdades al maldito que se sienta frente a ti en el salón de clases, puedes robar unos cuantos millones del préstamo que le hicieron a la institución publica en la cual trabajas, puedes asesinar unos cuantos librepensadores. Puedes escoger la hamburguesa pero ya habrás perdido la libertad para escoger el perro caliente y entonces tendrás que llorar de despecho preguntadote que hubiera podido ser.
Sencillamente no escogeré, creo que la noche todavía es demasiado joven (quizás recién nacida), como para quitarle su propia libertad, seguiré caminando, con el hambre matando poco a poco a mi estomago, claro, como metáfora de mi libertad. Amare mi hambre y mis pasos se escucharan como gotas de agua que caen sobre la oscura calle.
Arrastrando un poco mis pies me pregunto si aquella decisión de seguir caminando no me quito la libertad que tanto he apreciado desde que abandone mi hogar, al fin y al cabo ya he escogido un acto, escogí un menú. Pero sigo sintiendo la angustia, es un buen signo y me hace despreocuparme por mi caminata nocturna.
En un poste de luz solitario y lleno de insectos puedo leer un cartel que dice: noche de boxeo. La dirección que se indica es a pocas cuadras. La angustia persiste, he decidido seguir hasta aquellas pocas cuadras, todavía no es tiempo de dejar la libertad.
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El sitio es sobrecogedoramente oscuro, una gran masa de concreto gris con algunas cortinas roídas que cuelgan de las ventanas y algunas luces prendidas son las características del edificio donde en pocos minutos el boxeo iba a comenzar. Hay bastantes personas al frente de la puerta, fumando un cigarrillo, tomando cerveza o simplemente charlando, no quiero entablar una conversación con nadie, así que sigo por la puerta donde hay un hombre gigantesco que me pide diez mil pesos como valor de entrada, se los doy y se aleja de la puerta dejándome espacio suficiente para entrar.
Me encuentro de pronto con un lugar completamente oscuro. Después de cierto tiempo de estar parado y completamente inmóvil logro acostumbrarme un poco a las sombras y me encuentro de pronto en una serie de enredados pasadizos, me abro paso y camino durante horas, pero sin ningún tipo de pesadez o de cansancio, todo lo contrario, con un ritmo tranquilo, pausado y sereno. Solo me hallo caminando en aquel laberinto que a medida que va ganando extensión adquiere mayor luz, en estos momentos veo a los lados y me percato de que durante todo el camino a los lados posteriores hay hombres completamente desnudos con mascaras de cuero que les tapan el rostro completamente.
Me estremezco, mi tranquilidad durante el principio de la trayectoria había sido esencialmente despreocupada por esa aparente soledad que ofrecen las tinieblas. Aquella fue la segunda vez en la noche que había sentido la libertad bajo mis propios pasos, pero no fue la del principio de mi experiencia sino una de mayor felicidad pues no conllevaba consigo la angustia de tener que responder por actos o pensamientos frente a otros individuos. Sin embargo, aquello había sido un engaño, en el momento en que aparecieron las luces me percate mirando hacia atrás de que en todo el camino los hombres desnudos se encontraban siguiendo mi figura detenidamente.
Así, en medio de otros seres totalmente estáticos sigo mi camino durante otro par de horas tratando de reconocer el punto de salida o de cambio que seguramente me llevara a la pelea que se llevara a cabo en mitad de la noche. Debo reconocer que tengo miedo, la sensación de ser observado detenidamente por aquella masa anormal de hombres me intranquiliza completamente, evito mirarlos hasta que llego a la sala gigantesca donde seguramente la lucha estará por comenzar.
Es una sala repleta de sillas metálicas que dan una sensación de fría deshumanización, ya hay un par de personas sentadas, no me atrevo a hablarles por miedo a ahogarme en la pérdida de mi libertad, me siento en una silla ubicada en la parte trasera de la sala, después me cambio de silla constantemente esperando el inicio de la batalla, termino en primera fila, allí puedo observar el improvisado cuadrilátero: en el piso, formando un gran cuadrado, hay una montaña de hombres desnudos y con mascaras, idénticos a los que había visto transitando el laberinto de entrada, se hallan muertos los unos sobre los otros, incluso algunos todavía tienen sobre si un poco de sangre fresca que denuncia la violencia de la agresión vivida.
Aunque me siento intranquilo no quiero salir de la sala, quizás porque un mayor miedo a las miradas acusatorias de los hombres del laberinto me asustan mucho mas que aquella imagen o quizás por un sentido del morbo antes que cualquier otra cosa como única característica de nuestra orgullosa raza humana. Pero en este momento no lo se, solo procuro estar pendiente, con los ojos abiertos, observar cada movimiento, e incluso si es posible mostrar mi valentía y no dejar que aquellos sucesos posteriores me despedacen interiormente.
Pasan otro par de horas hasta que la sala se llena, para mi asombro en completo silencio, todas las personas que allí se encuentran están inmutables, totalmente tranquilas. Como dije yo solo trato de observar y por ello sigo el juego y me quedo en completo estado meditabundo, de pronto de una de una puerta posterior sale un hombre alto, de facciones agresivas, los ojos rojos, calvo, pálido y vestido con ropa oscura. El hombre se para sobre los cadáveres en posición erguida e inmóvil dura unos minutos mirando al publico, en determinado momento el hombre cierra los ojos y toda la congruencia aplaude al unísono. El hombre se retira de la sala.
Inmediatamente entran dos enmascarados desnudos. Los dos se quedan mirando durante una media hora. Como todos los demás yo también estoy estático observando desde mi silla, los hombres se acercan lentamente desde su posición y cada paso aumenta mi angustia. Llegan a un punto donde se encuentran el uno frente al otro, de pronto besan su boca con extrema suavidad, sin tocarse un centímetro de piel que sea perteneciente a otra parte del cuerpo, mientras lo hacen caen muertos sobre la pila de individuos.
El publico aplaude y mi angustia se ha esfumado.
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