Nadie dijo nada.
Quien me desvirgó fue Manuel, el medio hermano del hijastro de mi tía política Ernestina.
Entró por la puerta de salida de la cocina un día viernes, cuando todos estábamos en casa; Con parte de su cabello liso y brillante en el rostro, sus ojos risueños y su enjuta figura que lo hacían ver más alto. Como todos, Manuel llegó con un motivo, pero no encontraba motivo para irse.
En mi familia coexistían, mis consanguíneos, a quienes nunca los diferencié de todas las visitas que terminaban quedándose grandes temporadas y solían dejar hijos que nunca volvían a recoger.
La enorme casa que fue heredada por mi padre, que en paz descanse, quedó en manos de mi hermano mayor, quien nunca estuvo en casa. Mi madre, veía la suerte a toda la gente del pueblo, pasaba entre santos y perros falderos, sin ocuparse de desempeñar su rol de madre, mas que para aconsejar cuando ya había ocurrido una gran cagada.
Tantos niños corriendo entre las veintiséis grandes piezas de la casa, hacían sentir que el espacio habitable no era suficiente. En la cocina se podían ver a las dos madres mas viejas y a una de las mas jóvenes, mi tía Ernestina, siempre con un niño en brazos y con alguna lesión reciente producto de los sendos castigos que recibía de parte de su conviviente, éste siempre se sentía celoso de algún recién llegado, debido a que su tercer hijo nació colorín y con pecas, características ausentes en el resto de la familia. Pero mas de alguien comentó el paso de un pariente lejano que se quedó poco tiempo en la casa reparando gran parte de la instalación eléctrica, por este motivo al niño le decían lamparita.
Entre todo esta caótica dinámica familiar surge la figura de Manuel, quien apareció en un furgón utilitario, ruidoso y mal pintado, pero por dentro parecía otro vehículo, siempre olía muy bien, todo brillaba en el interior del furgón. Con el pasar de los días se hizo cargo de llevarnos a casi todos los niños al colegio en las mañanas, yo era la mas grande y me sentaba a su lado, mientras él conducía y cantaba, yo imaginaba mil escenarios si se averiaba su furgón. En esas divagaciones, siempre terminaba románticamente siendo llevada en brazos hacia la pradera más próxima, donde Manuel me acariciaba tiernamente y me besaba hasta tenderme en el suelo.
Nunca imaginé un episodio real de sexo con él, pero yo inconciente de lo que mis coqueteos le provocaban, me sentía reina.
Pudo haber sido en el furgón, o en una pradera, pero fue en mi casa, un día sábado, cerca de las seis de la mañana al salir del baño cruzó un corto pasillo y entró en mi dormitorio compartido con mi prima Paula y su hermanito, ellos dormían en la misma cama, yo dormía sola ya casi dos años, cuando mi hermana mayor cumplió catorce se fue con algunos parientes a estudiar a la capital.
Yo estaba atenta a esa puerta, cuando se abrió, sentía que el corazón me latía tan fuerte que todos podían oírlo, me voltee hacia el lado opuesto a la puerta y fingí dormir, córrete mas allá, me dijo al oído con su boca recién mentolada y que me causó nauseas.
Me tocó mis pechos adolescentes, nuevas nauseas. Me volteó, me besó y sin mas me penetró. Yo mordí las sábanas para no gritar, mis piernas no respondían a sus ordenes, alguien abrió la puerta, miró hacia mi cama y no dijo nada, quise sentir amor, quise sentir mucho amor, así que lo dejaba que me bese y que se mueva sobre mi, el dolor me hacía pensar que el amor no era tan bueno, sus movimientos aumentaron en fuerza y velocidad, de pronto ya no se movió mas, se levantó tiró una almohada a mi primito que miraba sentado en la mitad de la cama de al lado y me dijo nos vemos. No quería volver a verlo. Sentí que el amor era feo. Cuando mi madre me vio la suerte, me miró muy sorprendida, yo creo que esa tirada decía que yo me volvería monja.
La cruda realidad dice que la gran mayoría de las pérdidas de la virginidad de las mujeres, son provocadas en forma dolorosa al extremo que las muchachas llegan a sentir rechazo al acto sexual, por el trauma que les significó. En muchos casos la brutalidad masculina provoca frigidez; por desgracia el varón, siempre atrasado en conocimientos sexuales, sólo viene a actuar bien con los años. Y medio brutos que somos, no tomamos en cuenta el romanticismo y la delicadeza previos que tanto necesita la mujer. Bueno, de todos modos nos alegramos que no hayas tomado los hábitos de monja, porque no habríamos gozado de tus "manuscritos".
Nunca pude arreglar el tamaño de fuente del último párrafo, aclaro esto para que no crean que quise darle un efecto intencionado.
Coincido totalmente con el comentario de betob. Me gusto mucho. Un abrazo
Historia que se repite y con seguridad ...
Lamentos de una joven con miras a un mejor futuro que el conocido y acostumbrado en su hogar, mejor dicho en aquella casa, que el tiempo pasado trae recuerdos y vivencias no tan agradables al recordarlas.
Senciilo, real y bien desarrollado.
betob
relato entretenido con un final confuso...saludos