Mujer Escorpión

Caminaba sin caminar, sólo que empujada por el viento. A Eurídice no le interesaba el punzante frío de la noche, ni la oscuridad de la calle por donde andaba con extrema naturalidad. Iba esperando el parto que de un momento a otro vendría, adorando cada palmo del inquieto feto en su vientre. Sintió, más bien, un impulso de dejar la autopista, correr sobresaltada haciendo gestos sin sentido. El acto de confesión que realizaba, lo hacía siempre frente a un espejo. Una mirada suya en la plenitud de su rostro salpicado de placeres extraños. Tenía la cara delgada, ojos pequeños y rasgados. Una oriental vestida de polo a rayas multicolores, como obedeciendo a una repetida serie de disgustos. Es por eso que empezó a arrojar los anillos de sus dedos, cinco en total, igual al número de maridos muertos a quienes lloraba agregando una sonrisa hiriente, una pausa o dos, feliz intervalo para cada uno, sin notables preferencias. Sus cinco hijas dormían cada una en su habitaciòn. Antoan, su marido, llegaría dentro de algunos minutos a casa con un ramo de flores y una caja de chocolates. Ella arriesga acariciarse el vientre, cautelosamente encogida hasta adoptar una posición fetal, similar a la que estaría ese hijo en su vientre y ponerse a pensar qué sexo tendría. ¿Por qué no ha podido tener un hijo varón? Antoan la encontró así, dormitando, trabada en ciertos ensueños que él ignoraba pero que le parecía una sonrisa abierta a la felicidad.

    —¿Cuándo iremos al médico? —dijo Eurídice con los ojos cerrados, luego agregó:

    —La patidifusa de Marcela vino ayer trayéndome la noticia de que Andrea, la chica de mi hermano, ¿te acuerdas?, dio a luz una robusta mujercita.

     Antoan se encogió de hombros. A Eurídice le picaba el vientre y se acomodaba con pesadez para disfrutar de la comezón. Un tormento tratar de encontrar una postura cómoda en esa silla punzante.

     —Mañana, a media tarde tendremos cita con el médico.—Ojalá sea un varoncito, ¿no?

     De repente, Antoan se quedó inmóvil tratando de sisear una respuesta. Con la mejilla helada, alcanzó a ver, dónde terminan los filamentos que sujetan al embrión. El silencio es total, salvo por la calefacción. No dio una respuesta, sólo se limitó a abrazarla, a acariciala en el abrazo, sin dejar de ver en la mesita de noche las cinco fotografías de las hijas de Eurídice que había aplastado a un insecto a manotazos. Antoan sintió que esa sangre era suya. Al día siguiente, muy temprano, una revista se deslizó por debajo de la puerta. A manera de delirios y alucinaciones, era la suscripción mensual de la revista Embarazo Feliz y sus artículos de primera plana: ¡Cómo elegir el sexo de su hijo! ¡Otros paralogismos de la erección! Despertó con náuseas. Antoan dormía a su lado, emanando un olor desagradable y desconocido. Sintió un hilo de sangre entre sus piernas. Retirando la pierna con cuidado, se quedó rígida, intentando recordar algo. Lo que sea. ¿Quién demonios es aquel hombre que ronca a su lado? Un ángel maloliente de cara sucia. Acaba de tener la visión de que ha perdido al bebé. Eurídice tiene los labios fríos y húmedos. Intenta escapar de la cama sin hacer ruido. Contempla a Antoan, ¿Estará desnudo? Aunque en realidad no quiera saberlo, levanta la sábana y da un vistazo: está desnudo, delgado, hermoso, el pene en su siesta habitual. Si se despierta va a pensar que es una pervertida, pero no puede dejar de mirarlo. De pronto empieza a odiarlo, sigue el rastro de su postura hasta detenerse en la mancha de sombra a su lado. El hilo de sangre, sospechosamente transparente. Luego le parece oir un ruido en la habitación. Acierta a pronunciar un "Hola amor" tembloroso.

    Los dolores del parto se presentaron justo durante el desayuno. Antoan le secaba con un pañuelo de seda las gotas de sudor. Sudaba él también, ahogaba los quejidos dolorosos de su esposa con amordazantes dulces palabras. Él también estaba ansioso, tenía sus propios dolores. ¡Vamos, que esa barrigota trae varón! Camino al consultorio, ambos estaban callados, temiblemente ansiosos. Ella, persuasivamente agresiva. Cogiéndola de la muñeca, la atrae suavemente hacia él y le da un beso pegajoso. Ella se encoje al notar su olor en su aliento y le hace ojitos con sus largas pestañas, pero parece amenazarle dulcemente, tratando de decirle: más vale que sea lo que espero.          

     Su ginecólogo era un japonés llamado Kenzaburo. El consultorio tenía un cómodo tatami en la sala de espera. Reinaba el silencio, salvo esporádicos gritos de otras mujeres gestantes, sonidos de metal o pasos provenientes de otras salas. En los pasillos había retratos de mujeres jóvenes, el rostro que se repetìa en todos los compartimientos de la clínica, era una mueca lánguida, casi de burla.

    —¿Lista para su control? —le preguntó Kenzaburo.

    Los domingos solía ir a jugar tenis al Club de Chosica. Iban también otras parejas de enamorados. Allí conoció a Yakomi, esposa de Kenzaburo, ella siempre estaba pidiendo pez globo al vapor, debido a los antojos de su embarazo.

      —¿Cómo me encuentra doctor?

    —Muy saludable, bastante bien alimentada. Kenzaburo cogió una cesta de mimbre de donde extrajo un regalo, de entre las hojas de bambú. Los ojos de Kenzaburo eran naturalmente rasgados, pero tenía los globos oculares dilatados, como membranas que quieren escapar.

     —¿Qué fue el bebé de Yakomi?—Varoncito, nuestro segundo hijo. No sabes cómo ansiábamos la parejita, pero qué se puede hacer. Eurídice se alarmó un poco y volvió la cabeza rápidamente, mientras Antoan exhalaba un suspiro inaudible. Luego permaneció escuchando las recomendaciones del médico.

     —Ahora sí, iremos a la sala de  ecografía y veremos qué sorpresa nos depara este pequeño.         

    En el camino, Antoan se detuvo y dejó que los otros tomaran la delantera. Transportaban a una mujer en una camilla quien se desgarraba de dolor, tenía los labios de un color extraño, como de mujer que se está asfixiando. Luego leyó en una puerta “Sala de inseminación artificial”, la puerta entreabierta muestra a una pareja de esposos asombrosamente felices. ¿No sería mejor una inseminación? Asi tendrían el ansiado varoncito, sin tanta preocupación de por medio. Mira el interior a través de una mampara de vidrio, pegando la mano al vidrio y los cinco brillantes anillos de sus dedos golpean el cristal. Al pasar por la cafetería, vió a una mujer oriental, debe ser Yakomi, pero está con una falda corta, la pretina ajustada. Una camarera junto a ella. Imposible, Yakomi no es camarera. ¿O sí?

     —Échese aquí señora Eurídice. Verá en esta pantalla algo muy importante dentro de usted.

     Le untaba con un gel frío. La gente camina allí siempre detrás de una camilla, hay niños, madres de alegres vestidos, anuncios de neón apagados. Puede distinguir en la pantalla un cuerpecito acurrucado, con ojos que no se sabe si estarán abiertos o cerrados. No debe interrumpir con preguntas, es algo que se mira y basta, la emoción recorre como una mecha encendida hasta el septuagésimo quinto piso de la anedralina de su cuerpo. Hace días, Antoan andaba preocupado, desplomado sobre la cama, con los ojos cerrados. ¿En qué piensas amor? La pregunta le produjo escalofríos. De hecho negó su malestar con una cálida sonrisa. Eurídice dormía plácidamente, y Antoan, un hombre de negocios ensayó un festival de gestos y cariño, frente al falso brocado de la pared. Al abrir la gaveta de la mesa de noche, éste se convirtió en una espantoso agujero que le heló la sangre y casi suelta un grito: cinco aros de matrimonio relucían en su interior. El sexto, naturalmente, en su dedo anular.

     —Veamos, déjeme hacer un zoom para distinguirle el sexo. Parece niña.

     Antoan era un tipo perseguido por las nostalgias. Siempre lo había sido y no sabía cómo desprenderse de ellas para vivir tranquilamente. Merecía vivir.

     —Esperemos a que cambie de postura, como está no puedo adelantar nada.

     Borrar las perversidades de su mente, deshacer el recuerdo de las personas que la han dañado, quitar las tristezas: una parejita siempre es una bendición de Dios, pero ¡seis hijas! Ya es una maldición. No es que tenga algo en contra de las mujeres, sino que un varón, rompería la rutina. Cuántas parejas de esposos no se llenan de hijos por buscar al otro de sexo opuesto. Todo eso irá siempre con uno. Uno siempre anhelará tanto rehacer lo bueno de la vida, como olvidar y destruir la memoria de lo malo. Es totalmente humano.

     —Bien, ahora creo que puede ser.

    Ella todavía seguía sacando sus conclusiones. La tensión merodeaba en ambos. Eurídice no era precisamente una mujer joven. Su embarazo, calificado de alto riesgo, podría ser el último. Kenzaburo le había dicho que tenía serios peligros, si algo se complicaba, la salvarìan a ella, más no al bebé. Y se reía con deseos. Nada irónico. Qué pasaría si en ese momento le sobreviniera el parto, pariría a un niño, a su ansiado niño ¡Empuja! dirían unas voces gangosas. ¡Puja con fuerza! Repetirían. Llora. ¿Llorarìa? ¿No nacería muerto? ¡Es un varoncito! Felicidad para ella, para él. Kenzaburo tomaría en sus brazos al recién nacido, las manos de Antoan serìan torpes y ásperas al rozar la esponjosa piel del pequeño. Un bebè color rosa, Eurídice madre de un bebé color rosa. Pero si el bebé parara de llorar, con un color morado apoderándose de él, y ella: ¡Se me muere mi niño, se me muere mi niño!  Kenzaburo desesperado, tomaría a la criatura en sus brazos, le daría palmadas en el pecho y luego, con voz grave anunciaría con pena: ¡Está muerto! Yo me quiero morir... mi niño color de rosa, mi bebito querido, despierta, despierta, despierta... Tocó entonces su vientre… y se estremeció.

     —Ahora sí veo el sexo del pequeño. ¿Distinguen ahí, entre estas manchas algo parecido a...Un pene, una vagina.

     Ese sexo era peligroso, pero no tenía dónde meterse, porque el carril derecho estaba completamente atascado, lleno de sombras titilantes y cámaras de baldosas frías. Atentos a la novedad, Kenzaburo enfoca bien el escáner, un espejo postrero que en el ángulo preciso Hubo momentos de silencio, toda la galaxia de la expectativa, con sus nubes sus estrellas, su sol y mar pintados en acuarela y un millón de destellos alrededor de sus ojos. El sol se había puesto tras la casa de tripas. Kenzaburo dijo.

     —Felicitaciones, es un varoncito.

    La felicidad se desplegó a sus corazones. En ese momento, Antoan pensó que se había salvado de morir.     

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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       01/11/07 16:42
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Recién comienzo a leerte y me has atrapado con tu relato, muy bueno, continúo leyéndote.
Guadalupe jubilada de Santa Fe capital
Escrito por: Aurelio       01/10/07 21:58
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Más que la trama, me llamó la atención la forma en que es narrada esta historia. Soy partícipe de generar diversos enfoques narrativos, ya que el de "tercera persona" se ha hecho demasiado común, pero no por ello malo o aburrido, todo depende del autor... En fin, el relato se me hizo algo largo, pero no por la cantidad de caracteres, sino por el rodeo a determinadas cuestiones que, a mi parecer, no eran necesarias. El final es bueno y contundente, cierra muy bien la trama con eso de "Antoan pensó que se había salvado de morir".
Escrito por: Danny1012       01/10/07 19:08
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Abedul:
Podría haber sido igual si cambiaba de sexo al ansiado hijo, no ha sido esa la intención del cuento, sino el suspenso. Lo otro es sólo excusa.
Escrito por: Abedul       01/10/07 04:52
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Es interesante la temática, aunque en la mitad del relato ya se me hizo predecible el final, seguí leyendo para ver como lo abordabas. Es la primera vez que me gusta un escrito tuyo, aunque :
No es una realidad cercana ni cotidiana, ya que no soy cosmopolita, tampoco he viajado tanto como quisiera.
En mi país la búsqueda del hijo varón, pasó de moda hace varias décadas y es un tema recurrente en la literatura chilena del siglo pasado, también el tema de las familias numerosas.
Pero rescato que el lenguaje que usas y el contexto de modernidad en que nos sitúas lo hace novedoso.
Escrito por: fusildelpoeta       29/09/07 04:12
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una historia bien concebida plantea muy bien el tema en el sentido de mantener una intriga sostenida para luego dar pase al desenlace . me capturo desde el inicio y eso es bueno un gusto leerte un abrazo de amigos .
Escrito por: claudia_ciru       18/09/07 20:12
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No había terminado mi comentario y se me grabó así, sin más.
....y habías conseguido enganchar al lector. Me gustó la frase "era un tipo perseguido por las nostalgias.
Escrito por: claudia_ciru       18/09/07 20:10
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Me gustó, me parece que está bien escrito y que mantiene la intriga, engancha. Por eso el final me pareció un poco rápido porque creaba muchas expectativas y habías consegudo, creo, enganchar al lector."Un tipo perseguido por las nostalgias"
Páginas: 1

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