Morimos físicamente cuando el corazón deja de latir. Pero esa, no es la única manera de morir. Morimos cuando nadie nos recuerda, cuando no somos importantes en la vida de otras personas. Incluso si de nuestro cuerpo quedan sólo las cenizas, permanecemos vivos si alguien recuerda nuestra vida, lo que fuimos.
Cuando alejamos a los demás y nos encerramos en nosotros mismos sin dejar que aflore sentimiento alguno, morimos.
Es una muerte interior, que consume lentamente el alma hasta que sólo queda un cuerpo yermo y vacío. Permanece el pensamiento, como una tortura interna, para recordar que una vez fue una persona. Alguien con un pasado que contar, que vivía aprovechando el presente, y tenía un futuro por delante. Una meta que alcanzar.
Pero ahora el cuerpo vaga por el mundo, sin un propósito, sin existir apenas. Porque ha encerrado todo lo que guardaba su corazón, todos los sentimientos que una vez tuvo, en una caja que ya nadie puede abrir. Ha expulsado fuera de sí todo lo que debería guardar muy dentro, lo más importante, las cosas que conforman la vida y le dan sentido a la existencia.
La memoria conserva recuerdos de ese pasado vivido. Recuerda los hechos, las situaciones, pero no los sentimientos ni las emociones que le producían. Los rostros, los lugares, los momentos todo está vacío. Y sin eso, no hay vida.
Aunque el corazón siga latiendo, si no lo hace al ritmo de otros, no es vivir.
Aunque la mente recuerde lo pasado, si no es con las emociones que ello conlleva, no es vivir.
Aunque el cuerpo siga caminando, si no tiene un objetivo, un camino que seguir, esta muerto. Interiormente, no hay atisbo de vida. No hay un alma que salvar.
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