Montuna IV. Los Waraos y el mapa de las llaves.

Categoría(s): Aventura

            El muchacho se levantó enardecido. Tomó el rifle, la piedra del Pacto y comenzó a correr hacia el oscuro lugar donde había desaparecido el niño. Los pensamientos le agobiaban, Sin conciencia de lo que hacia o porque lo hacia, solamente con el deseo de hacer algo, de no quedarse de manos cruzadas esperando un milagro. Sin iluminar el frente ni detenerse a pensar, solo corría hacia delante tratando de ordenar sus ideas en medio de la carrera.

            Su mirada cegada por la oscuridad le hacia ver formas espectrales en sus ojos: cientos de demonios infernales destrozando el cuerpecito del niño mientras gritaba pidiendo ayuda, o su cadáver yaciente en alguna roca ensangrentada.

            La caverna en absoluto silencio le acrecentaba sus presentimientos funestos. Ni un grito, ni un susurro…ni un maldito aullido suamo, tan abundantes minutos antes. La carrera sin sentido se hacia mas desesperante a la vez que solo escuchaba sus pies chocando contra la arcilla y su respiración fatigosa que luchaba contra la certeza de la derrota. Era como caer en un profundo y oscuro pozo sin esperanza de salvación y con un nudo asesino en la garganta, con la única diferencia de que su caída era horizontal.

            La carrera desesperante le empezaba a agotar las fuerzas, tomó una bocanada de aire y tiró el pesado rifle que le estorbaba. Clemente continuaba corriendo hacia la oscuridad, el niño era su responsabilidad, su vida, sus sueños, su seguridad era una de las pocas razones que le mantenían con vida, que le mantenían con ganas de vivir y de luchar. Justino era a la vez, su lastre y su salvación.

            Apresuró la marcha, aumentó la velocidad hasta que un obstáculo en el camino le hizo golpear la barbilla contra el duro suelo de piedrecilla.

- ¡maldita sea! Que rayos me ….

            A sus pies, el rifle que minutos antes había desechado yacía en el suelo como testigo silencioso de un absurdo. Había estado corriendo en círculos, malgastando valiosa energía en una persecución sin sentido.

            Por un momento el miedo y la rabia inundaron su mente, hasta que sus ideas fueron iluminadas.

- Estoy seguro que por aquí se lo llevaron. Pero si es un camino circular, hacia algún lugar debe llevar. Si no es hacia delante, tiene que ser hacia. . . . dentro.

            Clemente levantó la vista hacia la pared interior del pasillo e iluminándola con la Piedra, miró con espanto un rastro de sangre en ella, como de pequeñas manos ensangrentadas que rasguñaron y mancharon la pared en una persecución.

- Justino. Tus manitos carricito.

            Palpándola, golpeando la pared, empezó a seguir aquel rastro sangriento. El rastro subía y bajaba hasta que se detuvo abruptamente en un punto como si la roca se lo hubiese tragado.

            Presintiendo la causa, Clemente cargó el rifle y retrocediendo un par de pasos, como tomando impulso, se abalanzo hacia la pared. La roca brilló un instante antes de tragarse el cuerpo del muchacho.

            Clemente apareció en una caverna extraña, completamente vacía e iluminada con una pálida luz azul.

- Justinooo - Llamó al niño como primera reacción.

            Desde el interior de aquel lugar el llanto del niño estremeció su corazón. Atado y recostado sobre un pilar de sacrificio, Justino gritaba de terror. El muchacho instintivamente corrió hacia él cuando una espeluznante criatura lo detuvo.

            Como un hombre descompuesto, de carnes húmedas y colgantes sobre su esqueleto, desnudo y sin cabello, sostenía un cuchillo ceremonial.

- ¡¿Quién se atrevió a entrar al santuario Montuno?! Maldito mortal, monje perverso. Todos monjes, ¡¡quien no Warao, monje es!!

- Yo no soy monje, y el niño tampoco. Solo queremos los mapas de las llaves. Solo eso.

- Aquí no hay nada, todo robado por los malditos monjes que huyeron. ¡Ladrones! Todos monjes malditos y ladrones.

            Los ojos de Clemente se iluminaron al ver en el cuchillo ceremonial el signo de Tacoch.

- El mapa…

            Detrás de la criatura, cientos de Waraos aparecieron de repente.

            El niño gritaba de desesperación mientras mas Waraos salían del techo. Clemente subió la mirada y el miedo lo congeló al ver sobre la caverna un gigantesco mar de agua brillante flotando sobre ellos, de donde saltaban los waraos terribles. Un mar que fungía como techo y habitación de aquellos.

            Clemente confundido y temeroso sacó la Piedra del Pacto y enfrentó a las criaturas.

- ¡¡Aléjense del niño y de mi despreciables monstruos!! Aléjense o el conjuro de Chía caerá sobre sus podridas cabezas.

            Los waraos reconocieron el objeto. El portador del cuchillo dio un grito terrible al tiempo en que todas las criaturas se sumergían en el mar.

- ¡Tonto monje! De igual modo morirás.

            La criatura saltó al mar dejando caer el cuchillo a tierra.

            Clemente corrió hacia el niño liberándolo del pilar y recogiendo el cuchillo ceremonial.

- ¿Qué vamos a hacer Clemente?- lloraba el niño.

            Súbitamente, el agua sobre sus cabezas empezó a caer como grandes gotas, chorros asesinos y la caverna empezó a inundarse.

            Los jóvenes abrazados y empapados, sobre el pilar rezaban por su salvación.

- ¡Chia! Si me escuchas condenada anciana decrepita, ¡ayúdanos! – gritaba Clemente.

            El agua seguía llenando la caverna.

- No nos va a ayudar, verdad. – susurró el niño.

- Claro que si, tiene que hacerlo.

            El agua ya les cubría las piernas y horribles carcajadas y gritos se escuchaban desde el mar superior. Clemente enardecido gritó con furia.

- ¡Chía!

            Desde el mar en descenso se escuchó el aullido de un Guardián. Poco a poco un agujero se fue abriendo en el agua hasta hacerse un túnel sobre sus cabezas. Clemente miró cómo desde aquel torbellino de agua y viento el Guardián, la ultima de las Grandes Cinco Águilas Blancas, batía sus alas como un ángel sublime.

            Bajó como un rayo a la caverna y tomándolos con sus garras los sacó, antes de que los millones de litros de agua terminaran de inundarlo todo.

            Sobrevolaron la montaña. Franquearon el Ararí y llegaron al Bara.

            El Guardián los dejó sobre una roca a las orillas del río, y batiendo sus enormes alas se alejó lentamente.

           

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Comentarios:

Escrito por: rotko       28/01/08 20:10
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me gusta esa forma de escribir
te felicito
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