Existían en este mundo tres cosas a las que se les debía temer, según su abuelo Marcos: a un gran poder en manos de un malvado, a una gran responsabilidad en manos de un necio y a un gran saber en manos de un ignorante. No solo porque estas tres virtudes: poder, responsabilidad y sabiduría, son los pilares de una nación, sino porque no pocas veces son usadas de manera errónea por quienes las poseen. Y en ese instante, un gran poder, una enorme responsabilidad y un infinito saber estaban en manos de un muchacho de diecinueve años, campesino, huérfano, perseguido y temeroso.
- Soy ignorante, abuelo pensaba- muchas veces me he comportado como un necio y se que no soy absolutamente bueno. Pero, algo sé y eso me da esperanza: en mi corazón arde el deseo de servir y de hacer las cosas bien.
Otro grito horrendo surgió de lo profundo de aquel infernal y lúgubre lugar. Clemente avanzó con cuidado, llevando a Justino de la mano mientras movía la piedra luminosa a todos lados como ahuyentando algo.
Los gritos de lamentos y de desesperación aumentaban a medida que avanzaban. En una lengua extraña y con voces terribles, aquellos lamentos pedían ayuda, maldecían, exhortaban .profetizaban. La oscuridad era absoluta a pesar de que la piedra del pacto brillaba con la luz más potente de este universo, una oscuridad que no era normal, maléfica, espiritual. Un terror los sobrecogió de inmediato, como si sus almas sintieran la cercanía del mal. El niño tomó la pierna de Clemente con fuerza y en silenció rezaba, pues ya estaba cansado de llorar. Las voces se sentían tan cerca que Clemente creía que quienes las emitían estaban frente a él.
Aumentaron de tal manera en volumen e intensidad que se hacían insoportables. Los jóvenes se taparon los oídos con las manos, gritando también por el dolor en sus tímpanos. Clemente no se percató a tiempo y resbalando, cayeron por un precipicio abismal. Sus cuerpos rodaron por una ladera rocosa a gran velocidad, ambos gritaban con tanta fuerza que se confundían en uno solo. Rebotaron tres veces antes de caer sobre un lecho arcilloso y húmedo que de seguro pertenecía a un riachuelo subterráneo.
De repente, el ruido cesó. Los muchachos en el suelo respiraban con fatiga. La piedra en el suelo brillaba con intensidad.
- ¡Quita tu pierna de mi cara Clemente!
- Si quitas tu cuerpo de la otra, niño. gruño el muchacho mientras trataba de recomponerse de la caída- voy a morir aquí de una u otra forma, de una caída mortal o de un infarto por algún espanto.
El niño se echó a reír por el comentario de Clemente al tiempo que se sentaba sobre la arcilla.
-¡No te rías de mí, enano! Además, antes de caerme, te lanzo al precipicio para no morirme solo.
Justino estalló en risa y por fin compartían un momento sereno a pesar de estar rodeados de peligros y oscuridad. En el fondo, Clemente hablaba de esa manera para infundirle al niño paz ya que conocía la tribulación que lo acompañaba desde su nacimiento.
Clemente miraba al niño complacido de que disfrutara siquiera un momento. Justino lo miró, y su aspecto cambió de inmediato, sus labios se secaron y su rostro se palideció en segundos.
- ¿Qué te pasa Justino?
El muchacho no comprendió hasta que él mismo no se congeló de miedo al sentir en su hombro una fría respiración bestial. No se atrevió a voltear ni a hacer ningún movimiento brusco, solo extendió la mano para tomar la piedra del pacto que yacía en el suelo. Mientras luchaba por alcanzarla miraba el rostro del niño de ojos humedecidos en lágrimas, la quijada temblorosa y privado del llanto, en shock.
Con el rostro tenso, Clemente le indicaba que no fuera a llorar, ni a gritar.
- ¡Maldición! pensaba- porque este pobre niño tiene que sufrir tanto, él es quien siempre se encuentra con los Suamos y las criaturas antes de poder hacer algo.
Extendió su mano lo más que pudo, tomó la piedra y tirándose al suelo iluminó con la roca el lugar que había estado a sus espaldas y descargó una ráfaga de balas con el rifle. De nuevo solo oscuridad y silencio. Nada.
Clemente miró al niño con extrañeza y él se la devolvió con el rostro ensangrentado y semi-desmayado.
- ¡Justino!
Desesperado, se abalanzó sobre él para socorrerlo en el momento cuando unas garras espeluznantes lo tomaron por la franela hundiéndolo en la densa oscuridad de aquel lugar.
- ¡Justino .!
El muchacho de rodillas, con la piedra brillando en el suelo, se quedó solo y en silencio.
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