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De la piedra negra surgió una luz brillante que iluminó toda la caverna. Dorada como un hermoso amanecer, emanó rayos calidos sobre todo lo que había allí con un sonido como de un viento recio. Al instante las moles serpentinas se sumergieron en las negras puertas de roca que como un trueno se conmovieron de golpe. El joven cayó al suelo agotado pero conciente y pronunciando otro conjuro, silenció la piedra del pacto. Justino corrió hacia él, llorando de alegría. - ¡Clemente! ¿Estás bien? Creí que habías muerto. Vi tus ojos cerrados por un rato y a las serpientes acercándose a mí con furia. ¡Tuve mucho miedo! - ¡Carricito miedoso!- le dijo el muchacho sonriendo y con la voz apagada- No me van a dejar morir sin cumplir lo prometido. Parece que tu hermana se va a salvar después de todo. - ¡Tonto! No debiste haberte acercado tanto. Te dije que esas puertas me daban miedo. - Te aseguro que si me detuviera cada vez que algo te diera miedo, ¡no hubiera salido jamás de la hacienda! -Sonrió algo más animado. Los rayos del sol caían sobre la laguna y se reflejaban en toda la caverna de manera serena con vetas doradas danzantes. Un poco repuesto de las heridas, se levantó del suelo y miró hacia las puertas con seriedad. - Debe haber alguna forma de entrar. No me hubieran enviado aquí en vano si no la hubiera.- dijo para si.- Pero si me acerco demasiado esos monstruos de piedra me van a hacer añicos antes de que vuelva a sacar Miró a su alrededor y pensó largamente con la mirada perdida como recordando algo. Después de un rato en esto, cerró los ojos con fuerza y apretó con rabia el fusil. - ¡Debe haber algo! -gritó- Soy el portador de las llaves, los Antiguos me enviaron a recuperarlas, y ninguna roca endemoniada me va a detener.- dijo con denuedo. Avanzó con decisión hacia las puertas nuevamente. - Soy el portador- susurraba. Justino aterrado al verle ir hacia las monstruosas rocas, le gritó. -¡Clemente! El muchacho detuvo la marcha y volteó el rostro hacia el niño con el entrecejo fruncido y la mirada amenazante. Justino lo miró en silencio. Pudo haberle rogado no ir, pudo haber corrido hacia la canoa y dirigido hacia la selva para lograr que Clemente lo siguiera y renunciara de aquel suicidio innecesario; pero no. Vió en su rostro la marca de la resistencia y el valor, un valor profundo nacido del corazón y no de la razón; valor para servir y no para agradar. - No me dejes aquí- le dijo. Clemente extendió su mano y el niño corrió hacia él tomándole del pantalón. Caminaron hacia el umbral con timidez pero con coraje, pues en el fondo, la valentía no es otra cosa que hacer lo que se debe a pesar del temor. Se dirigieron hacia las puertas sin mirar atrás, sin titubear, a pesar de que los ojos vidriosos los volvieron a mirar amenazantes y que las serpientes negras se retorcían nuevamente en su dirección. Clemente tomó Al instante una intensa luz como un relámpago estalló frente a ellos y un escalofrío penetrante los envolvió apresuradamente. Al abrir sus ojos. La caverna de entrada había desaparecido y una oscuridad lúgubre los envolvía. Un olor a tierra mojada y un lejano y fantasmal sonido a ventisca se escuchaba, como el viento de verano entre las tejas de una vieja casa: sibilante y agudo. - No tengas miedo Justino.- dijo Clemente aterrado- No pasa nada. La oscuridad era tan profunda, casi palpable que era peligroso cualquier movimiento hacia cualquier lado, pues, podrían estar en un pasillo subterráneo, como frente a un abismo infernal. El joven tomó Clemente sintió un terror que lo llenó de desesperación. Nunca pensó que el camino hacia las llaves seria tan peligroso. Estaban ahora lejos de toda guía y de cualquier ayuda. Los poderes otorgados por los Antiguos solo servían para ahuyentar ataques débiles de uno que otro Suamo, pero esto, esto era mucho mas complicado. Sin un mapa o plan para ingresar al monasterio, era un suicidio adentrarse más. ¿Y Justino? Un niño tan pequeño no podría sobrevivir si se presentara una situación de verdadero peligro ¡Y allí! En el fin del mundo, en una cueva donde lo único seguro era la oscuridad, pues hasta el mismo suelo bajo ellos podría venirse abajo en cualquier segundo. Trató de recordar las historias de su abuelo, lo que le había contado sobre el monasterio y sus peligros. Sabia de la montaña, sabia de las puertas vivientes; pero esto, una cueva oscura .no recordaba nada de algo así. Meditando con ahínco, fue interrumpido por un horripilante grito de lamento desde las profundidades de aquel lugar de ultratumba, un grito que les heló la sangre y les secó los labios. - ¡Clemente! ¡¿Qué fue eso?!-gritó llorando el niño. De repente un recuerdo perdido le llegó a la mente bruscamente. Abrió los ojos expresivamente y tomando el arma en actitud defensiva puso al niño a sus espaldas. - La cueva de los gritos perpetuos- comentó.
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