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Remontando el río, sobre la canoa. Esquivando filosas rocas que amenazan destruir la embarcación. La corriente azul pronto dio paso a grises aguas de rápidos movimientos, de agresivo sonido, de difícil resistencia. Clemente tomó a Justino entre sus brazos para evitar que se golpeara con las paredes de la barca o que saliera expulsado por la violencia de los rápidos. Gigantescas rocas de cinco u ocho metros de alto interrumpían de vez en vez el tormentoso viaje. Rocas negras, rojas y amarillas vestían el paisaje de aquel mítico río. Los árboles verdes, colosales y frondosos dejaban caer sus hojas en la corriente y atravesando ramas y lianas en sus orillas haciendo hermosa la ribera y peligroso el paso. Una pereza en una rama, del lado izquierdo mirándoles como extrañada. El río se precipitaba más hacia un fin inesperado. La violencia de los rápidos crecía mientras los sobresaltos de la canoa indicaban el aumento del cauce y el volumen de agua. -Clemente, tengo miedo. El río esta muy violento gritó Justino con fuerza aunque su voz era enmudecida por el estruendoso ruido del agua. -Descuida, la corriente pronto se calmará. Solo debemos esperar hasta que el río se una al cauce del Bara Respondió Clemente que luchaba por alzar su voz lo mas fuerte posible- Este río es una de sus tributarios. Comentó. Adelante, unas ramas caídas, impedían el paso y Clemente temió con certidumbre que la canoa se voltease por la velocidad a la que viajaban. - ¡Agáchate Justino! ¡Agáchate rápido! Grito con fuerza Clemente. Las ramas se aproximaban y el peso de la barca a extrema velocidad eran de imposible control. Colocó los pies firmes contra las paredes de la canoa y con fuerza giró a estribor gritando como si el ruido de su esfuerzo le ayudara. La barca se estremeció con violencia y puntiagudas y gruesas ramas esquivaron la canoa en el momento en que Clemente se agachó huyendo de su encuentro. Justino levantó la vista primero y lo vio. A lo lejos un promontorio atravesado a mitad del río. Blanco y gris con abundantes plantas en su cima y lianas y enredaderas que lo vestían de un color verdoso como de vetas. Gigantesco como una montaña, como un trozo de tepuy abandonado en el agua. Imponente y majestuoso. Un rombo de cuatro lados con una extraña efigie en su interior estaba grabado en la roca viva, negro y rojo, de dimensiones colosales. - Clemente, ¿que es eso? Preguntó Justino aterrorizado. - Montuna, la isla de los sacerdotes- Le respondió Clemente mirando con asombro y terror aquel peñón. Nunca lo había visto, pero Marcos le había contado de él y de su historia. " . Luego de que el hijo poseído por Ammar, asaltara el palacio de Besirot, los príncipes de la nación: los Doce Sacerdotes de Tacoch, se reunieron en el monasterio del sur, enAllí en la montaña, se congregaron con toda la delegación necesaria para la expedición de búsqueda de las llaves de los Cuatro Pórticos. Los alrededores de la montaña estaban habitados por una raza de cazadores llamados Warao, que habían sido esclavizados durante muchos siglos por los monjes y que tenían una extraña obsesión por las aguas. Al enterarse del ataque de Ammar a Besirot, y de la huida de los sacerdotes al monasterio, enviaron a un mensajero a la ciudad para informarle al Regente de la ubicación exacta de los rebeldes. Durante la noche anterior a la salida del grupo expedicionario, las huestes de Ammar rodearon la montaña y con la ayuda de los Warao tomaron e incendiaron los propileos y la fortaleza inferior que protegía la torre del Templo. Los monjes aterrorizados se lanzaban de las escarpadas laderas al verde y oscuro bosque muriendo atravesados por las ramas de los árboles, de las filosas rocas o por las garras y lanzas de los Warao. El fuego del ataque se observó a larga distancia. Hasta las selvas de Urrunma y las colinas de Mariwa, siendo visto por el Señor de las Montañas del Sur y aliado de los vivientes durante Una enorme ola de agua anego a las huestes de Ammar apagando las llamas del ataque y de la destrucción. Sin embargo, el impacto de las aguas derrumbó gran parte de la montaña quedando en pie solo por una pequeña parte de la roca. Los Warao, lanzándose a las aguas perecieron, desesperados por beber la mayor cantidad de agua posible. La expedición de los sacerdotes partió a la mañana siguiente llevando los últimos vestigios de la gloriosa sabiduría Tacochita. Aun, se puede ver el sello de la orden en una de las blancas paredes de la montaña que desde ese momento se llamó la isla de los sacerdotes. Aun se pueden escuchar los gritos de los monjes atrapados por los espectros de los Warao que se transformaron en criaturas mucho más terribles de lo que eran. Complacidos por las aguas, se encargan de encantar a los vivientes que pasan por la montaña a fin de ahogarlos y aprisionar sus almas en sus dominios acuáticos. El agua que nació del vientre de Arco, luego de apagar las llamas de Montuna, continuó su curso hasta encontrarse con el río Bara. Al ver sus blancas y transparentes aguas y sentir la calidez de su abrazo se enamoró de él y continuó derramándose sobre él, ser su tributario, su eterna enamorada: el río Arari. Desde aquellos días, todos los que se han atrevido a entrar en el monasterio han sido devorados por los Warao que custodian las almas de los monjes en pena." - ¡Clemente vamonos de aquí! Esa montaña me da miedo.- lloraba Justino asiéndose de la camisa de Clemente. -No podemos - aseveró seriamente Clemente tomando la piedra del pacto en su mano- ahí está el mapa de las llaves Justino. El ruido de las aguas menguó mientras la canoa llegaba a los pies del peñón y la sombra de aquella roca blanca los arropaba lentamente. La canoa se detuvo serena en la falda de la montaña, en una amplia cueva que se extendía como una garganta hacia el interior rocoso. Clemente tomó a Justino en sus brazos para cruzar el poco profundo pozo de agua que separaba la canoa de la roca. -No debes preocuparte. Si hallamos los mapas de las llaves y de los pórticos, será fácil todo lo demás. Mi abuelo me había dicho que la piedra del pacto nos protegerá de los neofilistas. No debes preocuparte Justino. Clemente luchaba por mantener la calma y le hablaba al niño con rostro sereno y sonriente, para infundirle paz y seguridad; aunque ninguna de esas virtudes las sintiera en aquel momento. -Tu hermana estará bien. Encontraremos las llaves y al abrir los pórticos ella será libre. El niño lloraba susurrante con el rostro hundido en el hombro de Clemente y débilmente dijo: -Mi hermana no está bien Clemente. Ese hombre le esta haciendo algo malo. Yo sé que es así, no sé como, pero sé que no esta bien. -¡Tonterías! No hables así Justino, tu hermana está bien y el que no estará bien si sigue hablando tonterías serás tú.- Le dijo sonriendo Clemente. -Hay algo aquí que no me gusta, algo que da miedo. ¡Vámonos Clemente! - Lloraba el niño ¡No quiero estar aquí! -Así no podremos hacer nada Justino, trata de comportarte y no te propongas a entorpecerlo todo. Aquí no hay mas que rocas, agua y .mu . La voz de Clemente se enmudeció y su mirada se quedó fija en la entrada de la montaña. -¿Agua y que más? . Clemente, ¡Clemente! Frente a ellos una puerta de roca maciza, esculpida con miles de rostros con bocas abiertas, serpientes, peces y plantas. Gigantesca y negra como la noche sin luna. Sobre ella el signo de Tacoch esculpido en una rosada piedra. Clemente bajó lentamente al niño al suelo y con el rifle en una mano y -¿Qué es eso Clemente?- Preguntó el niño. Clemente con paso prudente y atento caminaba hacia la entrada. - Las puertas del Monasterio.- La mirada del muchacho era cautivada por la aparición. - Durante siglos han estado cerradas a los vivientes para evitar que se hallen las llaves y que se rompan los pórticos. Clemente se acercó con admiración. Como embrujado por los detalles del tallado. -¡Cuidado Clemente! ¡No te acerques mucho! Los rostros esculpidos, las serpientes danzantes sobre plantas exóticas y manos con señales desconocidas se levantaban majestuosas ante la mirada estupefacta del muchacho. Tornasol como el azabache y de profundo relieve. Eran como si las puertas lo llamaran con silenciosa voz, lo atrajeran con invisibles brazos. -Mi abuelo tenía razón. . . . . Son verdaderamente hermosas. - ¡No te acerques Clemente! ¡No las vayas a tocar! Las serpientes negras contorsionándose sobrenaturalmente brotaron de la roca violentamente y se retorcieron en el cuello de Clemente. Los sombríos ojos vidriosos de aquellos rostros petrificados miraron hacia el asfixiado muchacho que luchaba por zafarse de la roca que aprisionaba su cuerpo. -¡Clemente! gritó Justino corriendo hacia el agonizante cuerpo del muchacho levantado del suelo por aquellas serpentarias moles que se enrollaban ahora en sus piernas y brazos. Clemente sintió la muerte cercana, un glaciar soplo en su nuca y el cuerpo frágil como una pluma. Recordó a su abuelo contándole la historia de Izchjat, recitándole los poemas olvidados por los mortales y entonando las canciones de Jununay, el primero que abrió los pórticos. Recordó las tardes en que placidamente escondía su rostro en el regazo de su madre mientras ella recitaba las epopeyas olvidadas de Argoda. Su aliento se desvanecía lentamente y una oscuridad repentina sobrevino sobre sus ojos. Escuchaba al fondo gritos desesperados que lo llamaban y ligeramente veía aquellos ojos vidriosos de los rostros pétreos que se abrían expectantes por su muerte. Levantó la vista y sobre la caverna el signo de Tacoch en la roca rosada, brillaba como el reflejo del sol en una laguna clara. Ya no sentía las piernas y los gritos de Justino se disipaban en la lóbrega atmósfera de muerte. - Ya voy a ti abuelo.- susurró. Su alma se preparó pasivamente para el final, aflojó los puños y cerrando los ojos, expiró. Una extraña paz lo envolvió y sintió un escalofrió en toda la piel que lo arrullaba suavemente. - Ni la muerte desea que fracases. Pues de la mano de los inocentes emergerá la salvación y de la sangre de los que sufren vendrá la victoria. Escuchó una voz dulce pero sombría. - Un creciente murmullo fue llenando su mente y un extraño frío subió por su espalda hasta golpear bruscamente su cabeza. -¡Clemente!- gritó Justino. El muchacho abrió los ojos de golpe. Tomó impulso y enroscó la serpiente de roca entre sus piernas. Levantó el brazo izquierdo al cielo con la piedra del Pacto en su mano, y haciendo la señal de Chía con la mano izquierda, conjuró las puertas.
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