


| Escritor: | beduina |
| Públicado: | 26/07/2008 |
Recuerdo los primeros años de mi vida, una frágil niña con piernitas de tero (decía mi padre), demasiado flaquita (decía mi madre), pero ya va a engordar (decía la enfermera que por años me inyectaba para que subiera de peso), a lo que el médico, amigo de la familia, gritó al enterarse: ¡Qué han hecho con esta criatura!, cuando poco a poco la figura frágil se convertía en una muñeca pepona de mejillas muy rosadas, cara redonda y por supuesto figura circular.
Cuando sea más grande se estirará (decía resignada mi madre), yo no tengo la culpa (decía la enfermera) habrá que ponerla a régimen (decía el médico) y mi padre ya no tenía palabras para decir. Seguramente por eso y viendo que mi hermana siete años mayor era una bella semejanza de Betty Boop, esas que cuando sacan un cigarrillo, antes que puedan pedir fuego, hay más de diez encendedores que se ofrecen a encender lo que sea, tuve que recurrir a alguna estrategia que no me dejara fuera de sociedad. Así con unos kilos de más me convertí en una joven que hablaba coherencias, que se ocupaba de estudiar cuanto tenía a mano y arremetía con un carácter que se perfilaba para líder, en fin el pato o la pata se convertía en cisne, pero seguía gordo.
Cuando llegué a mis dieciocho años el cabello caía hasta mi cadera como cascada, brillante, increíble, mi piel (orgullo de toda la familia) era pura porcelana y poseía un arma soberana, mis grandes ojos verdes (heredados de mi padre) que se coronaban por tupidas pestañas largas y curvas, las mismas curvas que se encontraban voluptuosas en mis pechos firmes y en algunas cuantas redondeces que nunca se fueron, es decir había cambiado pero mantenía ese sobrepeso que para modelar no existe, para tangas tampoco, pero para muchos hombres podía parecer el manjar exquisito si al menos me hubiera dejado comer o permitir algún mordisco.
Y hablando de esto recuerdo las veces en que llegaba llorando a los brazos de mi madre (que cuando salió del convento conoció a mi padre y se casó, o sea que de hombres a menos que fueran santos, nada ) y le explicaba que estaba cansada que me vieran con cara de colchón después de las insinuaciones o directas que soportaba durante alguna velada a la que mi santa madre me replicaba: No hija, los hombres se encuentran cómodos contigo, no estés triste. Ja! Como si no supiera todo lo que me decían y en realidad si que se sentían cómodos, pero querían más comodidad y en lo posible sobre mí. A esto tenía que soportar algunos amigotes de mi hermano (quince años mayor que yo) que viendo como se desplegaba la nenita en voluptuosidad, a la que antes le regalaban muñequitas para su cumpleaños ahora querían regalarle la mejor noche en soledad con champagne incluído.
No pertenecí a las mujeres que se matan en un gimnasio por que escasamente tenía tiempo para mí, entre mis estudios (que aún sigo con cuanto aparezca), la familia y el trabajo, al revés de mi hermana que cada día se parecía más a una esfinge yo me parecía a una escultura de Botero, pero había una realidad que nadie me quitaría Era inmensamente feliz, siempre tenía una sonrisa en mis labios, las manos dispuestas para ayudar a quien me necesitara, el amor eterno por los animales y con los años el don supremo de la maternidad.
Hoy sigo igual, y sé que lo que Natura no da, Salamanca no presta, pero nadie puede quitar lo que en mi vida adquirí: La felicidad de sentirme viva, el saber que puedo amar interminablemente y por supuesto los kilos ..
La Beduina.
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