(leyánez)
I
Miraban el fogón que semejaba Una inmensa cueva incandescente
Tirado bocabajo sobre la tierra fijando sus miradas en el ardiente fogón donde estaba colocado un inmenso perol cocinando los tamales que había preparado doña Julia, estaban los dos únicos niños de la ranchería que trabajaban en el campo; los más pequeños ya estaban durmiendo. Luis, el niño de la ciudad, tenía once años, y su tocayo, el niño del campo, un año mayor que él. La leña se iba consumiendo poco apoco lanzando sus llamas como lenguas de fuego que lamían golosamente toda la negrusca base del perol.
-Mira, el fogón parece una gran cueva incandescente y dentro de ella se ven figuritas que se mueven de un lado para otro. Dijo el niño de la ciudad al niño del campo, luego continuó diciéndole: Todo el interior semeja una rojiza e inmensa con calles e innumerables casitas,¿eh?. ...
-Yo sólo veo candela y los leños que se están quemando dentro del fogón. le contestó el niño del campo. ...
-Lo que pasa es que no tienes imaginación. Si quieres nos acercamos más y verás las diversas figuras que te digo, hasta de animales. ... Vayamos más cerca. ... mira ve, allá al fondo, desde los matorrales está saliendo un león, está rugiendo,...mira su bocaza. ... ¡ Ya desapareció! ... ahora se convierte en un dragón que lanza fuego por la bocota.
-No tocayo, yo no veo nada, solo candela y chispas; puede ser peligroso acercarnos mucho, una chispa de fuego puede saltar
sobre nosotros; Además a ña Julia no le gusta que estemos muy cerca porque podemos quemarnos las patas. dijo el niño
del campo. ...
-No se dice patas, se dice pies; patas tienen los animales replicó Luis, luego siguió diciendo: Bueno, como tú quieras, nos quedaremos pues aquí.
Luego de un breve lapso, el niño del
campo le dijo a Luis:
-Luis, la otra noche, te sentí como que estabas llorando. ¿Qué te paso?. ¿No te hayas acá en la chacra?.
-Mira, le contestó Luis, al principio me sentía muy alegre, siempre me gustó el campo, sobre todo de día. Ver a los peones labrando la chacra; las vacas, los pajaritos, palomas, los caballos, los burros, las gallinas. Todo muy bonito; pero en las noches, me da un poco de miedo, por eso que cuenta tu papá de las ánimas condenadas que deambulan arrastrando cadenas, y de inmensos perros negros que tiene ojos de fuego y dientes que parecen filosos cuchillos, de la
carcancha, que dice que tiene cuerpo de hombre y patas de mula, de los diablos; ah, pero cuando el cielo está bien despejado, me gusta mirar las innumerables estrellas, y ni qué hablar cuando sale la luna llena, así de grandota y gorda, con una mancha en el centro que parece el mapa de un continente. Pero una cosa es venir de paseo por unos días y otra es quedarse tanto tiempo por castigo. Dijo un poco triste Luis.
-Pero ya te hallarás, dijo el niño del campo ¿Acaso no nos divertimos en las tardes cuando vamos por ahí a mataperrear un poco y luego al tambo pa ver bailar a los negros con música de cajón y guitarra? ; y los sábados y domingos, ¿Acaso no montamos a caballo y nos vamos pal río, hasta arriba a cazar tortolitas?.
-Sí, es bonito, pero, aún así jamás me podré acostumbrar. Yo vivo en la ciudad, junto a mis padres y mis hermanos, y los extraño mucho.
-Entonces qué piensas hacer.
-No sé algo se me ocurrirá.
De pronto se escuchó la voz de doña Julia que les decía.
-Bueno niños, ya ta bueno, vayan a dormir que ya es tarde. ... ¿Quieren un tamalito?
-Sí, gracias ña Julia. Contesta ron a la vez los dos chiquillos.
Doña Julia despancó dos tamales y le dio uno a cada uno. Luego de comérselos se fueron, abrazados del hombro, a dormir.
Ya recostado en su camastro, Luis cavilaba mentalmente: No, no, esto no puede continuar así, debo encontrar la forma de salir de aquí....¡Ah! Ya sé. Será uno de estos días pero por la madrugada, cuando todos estén durmiendo. Ahora me tranquilizaré y me mantendré sereno para que nadie sospeche de mi fuga. Esto ya me cansó. Para castigo ya está bien. No
nací para chacarero ... Pero, ¿Cómo regreso al pueblo si no conozco el camino? ... No importa, ya veré cómo; lo único que sé es que tendré que escaparme de aquí sin que nadie se dé cuenta. Antes de dormirse y rezar sus oraciones, mentalmente hablaba con su madre. ... Mamita, no me castigues más; sé que por desobediente y juguetón he perdido el año escolar. Merezco el castigo, pero te suplico que lo levantes. Yo te prometo que nunca más te defraudaré, y este año seré el número uno. Diciendo esto se quedó profundamente dormido.
El asno me llevará.
Un nuevo amanecer anuncia ya la aurora. Los gallos, en armonía con los miles de pajarillos, con sus cantos y agudos trinos anunciaban también el despertar del nuevo día. El capataz montado en su asno llegó a la ranchería indicando a cada campesino las labores agrícolas del día. Entre los campesinos, lampa al hombro iba también Luisito. dirigiéndose a él el capataz le dijo:
-Oye, tú, pequeño. ¿Terminaste la tarea de ayer, sacaste toda la mala hierba?
-No don Ruperto, la sirena de las cuatro tocó cuando me faltaba medía raya.
-Bien, entonces hoy termina la media raya y haces solamente dos más. Tienes que agarrar bien la lampa y tranquear bien y rápidamente, sin maltratar las plantitas de algodón ... fíjate cómo están lo que has hecho ayer, todo mal ... ¡ Caramba! ¿Hasta ahora no aprendes? ¡ Ah, y cuidado con cortarte los dedos de las patas! Ahora, apúrate ya que los rayos del
sol se están asomando.
No le gustó que le dijese patas. No se dice patas, sino pies se decía para sí mismo. Luego con pausada tranquilidad dijo:
-Don Ruperto,
-Qué quieres. Contestó con acritud el capataz.
-¿Va hoy para pueblo? Preguntó el niño
-Sí, ¿Por qué me preguntas?
-Quisiera que le diga a mi papá si ya puedo regresar al pueblo. Es que extraño mucho a mis hermanos. Ya tengo casi dos
meses acá. Dijo el niño con cara de tristeza
-Ah, muchachito del diantre. ¿No te gusta la chacra, eh?
-Es que extraño mi casa.
-Mala suerte muchachito, a tu casa no podré ir hoy. Porque voy y vuelvo enseguida; y, con este viejo borrico, se camina muy lento. No me va a dar tiempo para ir donde tu papá ... Ahora ve ya a trabajar. Quizá vaya la otra semana.
Luis vio como se alejaba don Ruperto sobre el plomizo burro hacia el campo de los algodonales. Fijó atentamente su atención en el burro, que prácticamente caminaba sin riendas; éstas las tenía como de adorno porque don Ruperto no las agarraba. El burro daba la impresión que conocía por donde andar. Dando un sobresalto dijo muy emocionado:
-¡El burrito, sí el viejo burro me llevará! ... él conoce el camino!
Nosotros te vamos ayudar para Que puedas ir a tu casa.
Tres días habían pasado ya, la nueva aurora aún no aparecía. Esta noche me escapo, ya sé como se dijo para sí mimo el pequeño Luis. Se levantó muy sigilosamente de su camastro. Al frente, en el otro camastro dormía plácidamente su tocayo. Chau tocayito, te voy a extrañar, chau. Salió de la rustica habitación de barro y quincha. Sólo se escuchaba el chirrido constante de los grillos y las brillantes y tintineantes lucesitas que irradiaban las luciérnagas que se movían vertiginosamente en la oscura madrugada. La peonada de la ranchería aún dormía. Tomó sus pocas pertenencias y se encaminó hacia las caballerizas. Los caballos asomando sus cabezas murmuraban ¿Dónde irá el pequeño a estas horas de la madrugada?. Sultán y Volcán salieron a su encuentro moviendo sus rabos, y, en cómplice actitud no ladraron, más bien lo acompañaron. De pronto Luis escuchó conversar a los dos perros.
-Dónde se irá el chiquillo, decía Sultán.
-Por qué no le preguntas tú, le contestó Volcán. Luego continuó diciéndole: Aunque el otro día le escuché a Francisco decir que el niño le dijo al capataz que quería regresarse a su casa, porque no se acostumbraba en la chacra.
El niño al escuchar la conversación de los dos perros, se asustó y se llenó de miedo. Jamás había escuchado hablar a los animales.
-No temas niño, lo tranquilizó Volcán. Luego continuó diciéndole: Durante las noches nosotros conversamos mucho de todo lo que hacen los humanos, y, sólo a los justos, inocentes y buenos Dios les ha dado el don de entender el lenguaje de los animales. Luis estaba boquiabierto y como pasmado. Nosotros sabemos de tu inquietud, continuó hablándole el noble can, por eso no ladramos cuando te vimos salir de la ranchería. Nosotros te vamos a ayudar para que puedas ir a tu casa.
-¿Eso es lo que quieres, verdad pequeño? Le comentó Sultán.
-Sí. contestó Luis aún asustado.
-Lo suponíamos, dijo Volcán. Luego continuó diciendo: Vamos donde Francisco para que en su lomo te lleve; él conoce todos los caminos, y también sabe que tú te quieres ir para tu casa. ... Vamos no perdamos tiempo, terminó diciendo Volcán. Se encaminaron, cruzando un pequeño arrollo; llegaron hasta el establo. Francisco, el viejo asno, al verlos llegar les dijo: ¿Todo bien, amigos? Y, dirigiéndose a Luis le dijo: No tengas temor niño, la otra noche me contó Volcán que te sintió sollozando porque no te hallabas acá en la chacra y que querías escaparte para tu casa. Bueno no te preocupes, así como lo pensaste cuando conversabas el otro día con don Ruperto, yo te llevaré al pueblo, pero sólo hasta la casa de él porque no conozco tu casa. Luis entre asustado y cuerdo, se acercó al asno y abrazándole del pescuezo le dijo:
-Gracias mi buen amigo, yo sabía que me ayudarías.
-Pero apúrate y ponme el aparejo sobre mi lomo, mira que ya la aurora está por asomarse.
Montado ya sobre el noble animal, empezó la huida. Sultán y Volcán le daban ánimo. Sin ladrar, únicamente moviendo sus rabos le decían:
-Ve, niño ve; con Francisco, estás seguro. Te vamos a extrañar. Adiós.
Luisisto agitando sus manitos le decía:
-Gracias amigos; gracias Sután; gracias Volcán. Nunca los olvidaré, nunca.
El camino es tenebroso, las almas condenadas deambulan por ahí. ...
Aún la madrugada estaba muy oscura cuando Luis montado sobre el lomo de Francisco empezó su fuga. No se veía ni las estrellas. El cielo estaba cerrado por gruesas nubes. Hacía un poco de frío. De pronto el asno, a manera de advertencia, le dijo
-Mira, pon mucha atención, vamos a pasar por un camino que parece un callejón largo y oscuro como la boca de un lobo. A ambos lados hay gruesos y tupidos árboles. El camino es oscuro y tenebroso. Las almas condenadas deambulan por ahí arrastrando gruesas cadenas; de sus ojos salen como chispas de fuego; no caminan sino que avanzan como si flotasen. A veces vienen acompañados de inmensos y grotescos perros negros de grandes ojos de fuego y de afilados dientes. Estos son hombres que en vida fueron muy malos, perversos, crueles y muy pecadores. Fueron convertidos en esos animales por una eternidad. No los mires, porque se llevarán tu alma; pero no les tengas miedo, sujétate bien de mis crines. Yo pasaré tranquilo como si nada ocurriese. Ellos me respetan mucho y hasta muestran cierto miedo cuando me ven, no así a los caballos, ni a las yeguas ni a las mulas, mucho menos a los humanos, porque saben que yo cargué al Señor. Todos los nosotros tenemos el espíritu de nuestro ancestro, aquel pollino que cargó a Nuestro Señor hace dos mil años. Y tal y conforme le había dicho el noble y viejo borrico, así sucedió. Al entrar en el camino, éste parecía un largo túnel. Fantasmagóricas figuras avanzaban hacia ellos con amenazante actitud, detrás de ellas los animales que le había comentado Francisco. Lleno de pavor, Luis se aferró a las crines del asno. Sentía como le escarapelaba el cuerpo el chirrido de las cadenas que arrastraban las almas condenadas. Sintió el ensordecedor rugido de los monstruosos animales que pasaban por su lado. Comenzó a temblar de miedo. Los pelos se les pusieron de punta.
-Tranquilo niño, no tiembles, no temas, no los mires, serénate confía en el Señor, Préndete bien de mis crines. El Señor está con nosotros. le decía susurrando tiernamente el buen asno. Cuando pasaron los fantasma y las infernales bestias, el camino aun oscuro, presentaba un cuadro todavía más aterrador, pues los grotescos árboles eran como enormes monstruos que con sus largas y robustas ramas, parecían gruesos brazos con largos y torcidos dedos que pugnaban contra él para arrancarlo del lomo del asno.
-No te asustes niño, no imagines cosas, sólo son árboles, ya estamos saliendo de este camino. Efectivamente, al final de Túnel una tenue luz anunciaba que la aurora ya se hacía presente. Rápidamente se hizo de día y los dorados rayos del sol disiparon todo temor. Luis estaba ya más tranquilo. El oscuro camino había quedado atrás. El sol arrojaba sus matutinos rayos. En lo alto aún la neblina tercamente persistía en quedarse por más tiempo, como rebelándose contra el sol. A lo lejos, Luis divisó el pueblo. Ya era de día
-Gracias Francisco, eres un buen y noble burro. ¡Mira, mira, allá se divisa el campanario de la iglesia! ¡ Ya estamos en el pueblo!.
Abrazándose del pescuezo del animal, no descansaba de darle las gracias por haberlo traído al pueblo, pero Francisco ya no le contestaba, sólo movió la cabeza y lanzó un fuerte rebuzno en señal de afirmación. Se acordó Luis lo que le dijeron Volcán y Sultán, que los animales sólo hablaban durante la noche. Entonces en señal de infantil gratitud acarició tiernamente al noble asno Francisco y le dijo:
-Sin ti hubiese sido imposible llegar hasta acá. Te agradezco de todo corazón lo que has hecho por mí mi inolvidable amigo. Francisco volvió a rebuznar.
Ya los dorados rayos del sol bañaban en todo su esplendor el hermoso valle cuando llegaron a la casa del Capataz que quedaba en las afuera del pueblo; lo recibió la esposa de éste, algo extrañada.
-¡Luisito, qué haces por acá!. ¿Vienes solo muchachito del diantre? ...
Luis, con el rostro cansado y los ojos llorosos, sólo atinó a contestarle:
-Sí señora Laura, me he escapado, ya no aguantaba más en la chacra, extraño mucho mi casa....
-Pero muchacho del diablo, ... ¿o sea que mi esposo no lo sabe?. El pobre en estos momentos debe estar como loco buscándote, así como al asno. ¿Cómo has hecho para venir por esos caminos tan peligrosos? Inquirió alarmada la señora Laura.
Luis cabizbajo sólo se limitó a contestarle con respeto y miedo a la vez:
-No, el señor Ruperto no sabe nada, yo sólo lo he hecho ... Ah, y no soy muchacho del diablo, yo soy un muchacho de Dios ...
-Sólo es un decir hijito. Ya no te pongas triste. Mejor vamos pa tu casa. Prepárate, porque seguramente recibirás una gran tunda por escaparte.
Montados en el asno se dirigieron hacia el centro de la ciudad. Aún era temprano. La madre de Luis, como todas las mañanas, se encontraba barriendo el frontis de su casa, cuando lo divisó. Se alegró de verlo, más no así su padre, que en esos momentos salía para su trabajo. Cuando llegaron a la casa, la madre le abrazó y dándole un tierno beso le dijo.
-Hijito mío, no temas, ya terminó tu castigo; ya puedes quedarte en casa. Y, mirando a su esposo ... ¿verdad que sí cholito? - El padre adustamente hizo un gesto de afirmación. Entonces Luis abrazó con gran cariño a su madre y con lágrimas en los ojos le dijo:
-Te extrañaba mucho mamá, ya no quería quedarme allá en la chacra. Te prometo que nunca más me descuidaré de mis estudios y que ya no les desobedeceré.
-Está bien hijito, espero que hayas aprendido la lección. Yo también te he extrañado mucho, lo mismo que tus hermanos. Se van alegrar de verte.
-Gracias Laurita por traer a mi muchachito. Dijo la madre de Luis. Y no se preocupe yo me encargaré de hablar con su esposo después.
Entonces Luis se abrazó del pescuezo del noble animal y le dijo
-Gracias Francisco, gracias, sin ti no hubiese podido llegar solo; saluda a Sultán y al Volcán, diles que los voy a extrañar mucho, que nunca olvidaré lo que ustedes hicieron por mí. Diles que pronto los visitaré. El viejo asno, como contestando, comenzó a rebuznar fuertemente ante las atónicas miradas de los padres de Luis y de la esposa del Capataz.
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