Alguna vez me sentí con los cojones suficientes para mandar todo al diablo, tan solo si ella me lo pedía, me tenia atrapado o me dejaba llevar, quizás ambos, era como una sirena que dulce suave y exquisitamente te llamaba al abismo. Yo buscaba la fuente cual mosca el olor, ella no hacia nada mas que ser ella, dulce, suave, ruda, rauda, veloz, demasiado bello para ser verdad.
Algún indeseado remordimiento me detuvo al borde, me lleno la cabeza a tal grado de tonterías y cuestionamientos que me obligo a dar marcha atrás, tuve que desantificarla de una manera ruin y desdeñosa, buscándole defectos insignificantes y exagerándolos a tal grado que me resultaran aberrantes, tanto ella como su manía de tomar café a todas horas, no tener el mínimo interés en dejar de fumar o de querer demasiado a demasiados hombres.
Hoy cuando la veo se que sigue siendo magnifica, pero la he ofendido demasiado como para sentir otra cosa que una triste melancolia y es que definitivamente es un insulto menospreciar a una persona solo por el miedo que uno le tiene.
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