A Cristian Pérez, mi compadre, mi confidente, mi último amigo
Jamás pude entender porqué un cruce de piernas femeninas suelen enloquecer cierto sector del raciocinio masculino. Será tal vez por eso que, durante nuestra adolescencia, siempre se me vinculó con el ámbito homosexual que empezaba a florecer allá por los años noventa. Sea como fuere, mis amigos me acompañaron durante toda la época colegial, pero sólo Álex estuvo conmigo antes y después de ello o como diría Nietzsche, desde anteayer y hasta pasado mañana, porque nuestra amistad se remonta a cuando teníamos cinco años de edad. Por eso es que me desconcierta que un cruce de piernas bien proporcionadas lo hayan enloquecido o al menos esa fue la primera versión que oí de sus labios, además de unas caderas que lo descontrolaban en el lecho con su rítmico vaivén, con aquel inusual movimiento que engatusa a los adolescentes primerizos. Álex y yo no éramos primerizos, él mucho menos que yo, pero como dicen por ahí, a todos nos llega, tarde o temprano, nuestro cuarto de hora. ¿Me llegará a mí algún día?
Pero Álex no sólo sucumbió a un cruce de piernas ni a que lo destrozaran en una cama con toda la vehemencia que alberga un alma sedienta de pasión, también se había rendido a la evidencia de que era la primera vez en tantísimo tiempo que le enseñaban a hacer el amor de esa manera. Fue por eso que decidió cortar con su antigua relación sentimental de ocho años para quedarse con Alyssa, la muchacha que conociera cierta quincena de diciembre del año pasado, durante una celebración navideña en su trabajo. Cuando me contó acerca de ella, me recordó la vez en que, embelesado por una mirada coqueta e inocente a la vez, de una adorable prostituta apodada como Natalia, en un sucio burdel del Boulevard Retablo, me perdía por entre los senderos de la ensoñación anhelada, aunque en realidad no se haya tratado más que de un simple caso de deslumbramiento. Álex fue el padrino de bautizo de mi hija sólo por cuestiones estratégicas, no porque en realidad crea en tales estupideces sacramentales, y mi amigo incondicional cuando verdaderamente necesité de alguien al momento de perder a mis demás amistades. Podría decirse que es el único que me ha sobrevivido hasta ahora. Y ahora me salía con que un cruce de piernas, el coito más placentero del mundo y una experiencia nueva lo habían atrapado de tal manera, que lo único que quería era pasar el resto de su vida con esa persona. No me opuse a su decisión, pero sí me llenó de preocupación. Y más cuando me enteré de que estaba esperando un hijo.
Álex tiene mi edad, y, al criarnos bajo un ambiente similar, compatibilizamos en ciertos principios; sin embargo, él mantiene aún una moral tradicional, mientras yo hace tiempo que deseché tales taras sociales, por considerarlas estorbosas para el bienestar personal. Una muestra de ello fue mi separación tajante de la madre de mi hija el mismo día del bautizo, por eso dije que éste fue estratégico, y en la actualidad lo único que me mantiene perseverante ante la adversidad de esta sociedad consumista es mi primogénita y los pocos amigos que me van quedando, entre ellos, Álex. Para muestra un botón: yo simpatizo con la opción abortiva cuando la concepción implica una mala vida para el nuevo ser, que puede ser presa de maltratos o carencias de todo tipo, pero Álex se opone a ello, a pesar de haberlo practicado ya una vez, a diferencia de mí. Son matices que la vida se da el lujo de entrelazar para un aprendizaje mutuo; todo depende del grado de intencionalidad del aprendizaje, al menos así lo creo yo. Es por eso que me resulta inaceptable que Álex decida casarse a estas alturas, con un hijo por venir, cuando ya antes había resuelto tal problema de manera no sólo efectiva, sino bastante legal ¿Un cruce de piernas puede ser el inicio de algo mucho más complejo e irrefrenable? No lo creo; creo más bien que el quid del asunto radica en los inexpertos ojos del espectador, o en este caso, del participante. Porque todos, de alguna u otra manera, somos eso: participantes de la vida Fue entonces cuando decidí confrontarlo de una buena vez.
Era una tarde de sábado, nos encontrábamos en una reunión en casa de la abuela materna de mi hija. Íbamos por la sexta cerveza, y Álex había llegado solo lo cual era últimamente imposible, pero como su pareja llevaba ya cuatro meses de embarazo, había preferido descansar en lugar de acompañarlo, dispuesto a recuperar la jovialidad etílica que siempre lo había caracterizado. Soy reticente a los cambios, y sólo los considero cuando son metódicos y tienden al bienestar personal, no cuando son abruptos y distorsionan el modus vivendi del individuo.
Álex y yo ya estábamos llegando a las treinta botellas, era la una de la mañana y entonces arremetí con mi interrogatorio:
Ahora dime, compadre, ¿por qué te vas a casar?
Ya te lo dije antes, porque quiero.
No me convence del todo, podrás hacerle ver al mundo que eso quieres, pero ni tú mismo supiste mentirte nunca.
¿Acaso crees que me miento, Braulio?
Sólo creo que intentas mentirte, aunque sin éxito. Vamos, Álex, te conozco desde hace años y sé cuando algo anda torcido.
No te voy a negar que extrañaba este ritmo de vida, las juergas, los excesos pero creo que ya es tiempo de sentar cabeza.
Yo igual, pero eso no quiere decir que deba casarme en el acto.
Lo dices porque a ti te fue mal.
Al contrario, me fue demasiado bien, y eso, en exceso, también es dañino.
Ay, Braulio, tú siempre con tus ocurrencias.
Sólo quiero que mi último amigo no se vaya a la mierda como todos los demás.
Han pasado veintitrés años y seguimos juntos, ¿qué de malo podría pasar?
Que te casaras sin quererlo.
Ya te dije que no es como lo crees.
Pues no te creo, Álex, y créeme que quisiera hacerlo, aunque para ello tengas que ser el mejor mentiroso del mundo y yo un inocente comprador de respuestas.
De todas las personas, tú eres el único que no está contento con mi nuevo cambio, con mi felicidad; ¿es eso amistad, Braulio?
Un amigo no te sigue la corriente por miedo a herir tus sentimientos. Yo prefiero joderte hasta el infinito porque a mí también me jode tu situación.
¡Cuál situación, ya te dije que no es lo que crees!
Álex, vamos adentro, no perdamos los papeles aquí frente a todos.
Una vez alejados de la sala, continué con mi empecinado interrogatorio. Álex ya estaba furioso, tal vez más consigo mismo que conmigo, por no haber sabido ocultar muy bien su inseguridad, la misma que me preocupó desde la vez que me contara de un cruce de piernas y todo lo demás
No puedo creer que me digas todo esto, Braulio.
Créelo, ya no podía quedarme callado, tenía que hacerlo, y ahora espero que me digas la verdadera intención.
¡Ya te la dije, carajo!
¡Tú no quieres casarte, Álex, ni siquiera quieres ser padre!
Entonces, un golpe voló raudamente a mi rostro, empotrándome contra la pared. Instintivamente sabía que lo había conseguido, así que incité a mi amigo a que siguiera soltando todo lo que llevaba dentro, producto de una represión tradicional de principios, compostura, moral, ética y toda esa entelequia de mierda. Le repetí muchas veces, mientras me golpeaba los costados del cuerpo, que no había nada de malo en reconocerlo, que a veces era mejor saber lo que se hace durante el proceso y no al final. Tantas cosas le dije a mi amigo, que terminó abrazándome, derramando unas lágrimas tan dolorosas que incluso me contagiaron su pesar. Lo abracé también, para consolarlo, y grande fue mi consuelo al escuchar de sus labios un sollozo medio ahogado:
No me quiero casar, Braulio, no quiero
Se desahogó todavía con varios golpes a la pared, incluso destrozó la tapa de un contenedor de agua, pero una vez calmado, regresamos a la sala, donde al cabo de unas cuantas botellas más, se quedó dormido él, que siempre nos hacía dormir a los demás compañeros de farra; lo abrigué con una frazada y continué bebiendo hasta el día siguiente, y cuando despertó, le ofrecí una nueva botella, que gustosamente aceptó. Parecía que había vuelto a ser el de antes, pero le recordé que ya había amanecido y se preocupó por su futura esposa. Dos horas después, se despidió rumbo a su casa, negando recordar alguna posible frase que delatara su reticencia al matrimonio. No le insistí más, yo estaba satisfecho con lo que había conseguido Es más, dos días después, Álex me llamó para que lo acompañara a comprar los aros matrimoniales. Es padrino de mi hija, mi confidente, mi último amigo, y yo seré si los acontecimientos no dan un nuevo giro un testigo en su boda.
Esbozo de un fragmento de la secuela de mi novela Braulio
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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