Mi nombre es Robinson. Mi alias es Robinson. Mi sombra es Robinson. Yo vengo de la selva grande. Del río eterno de la vida y la muerte. Del monte bravo donde se pierden los pasos y las esperanzas. No tengo padre ni madre porque si los tuve alguna vez ya lo he olvidado, como olvidé todo lo que quise olvidar, todo lo que pude olvidar. Me gusta jugar al fútbol. Me gusta tomar cerveza y bailar muy pegado y susurrar cositas al oído y decirle a una nena bien rica oye preciosa te dedico esta canción. Pero mi canción hoy está triste. O talvez triste no sea la palabra. Mi canción hoy está enferma, loca. Enferma de muerte, de locura.
A mi se me ha metido un espíritu. Me ha poseído un alma en pena que me hace pegar y pegar contra los árboles, contra las paredes. A veces, hay días de sol en los que despierto y
miro mi cuerpo y está todo lleno de morados, de heridas, pero yo no tengo explicación.
Simplemente no se qué ha pasado. Simplemente no recuerdo qué ha pasado o no lo quiero recordar y por eso para mi quizás no haya pasado nada. Simplemente. Solo se que me
levanto y allí están todos los morados, todos los golpes, toda la locura y la enfermedad de la muerte. Mi tumba soy yo. Alias Robinson.
Es cosa del diablo todo esto. Es cosa del diablo amanecer lleno de morados, como dicen que lo dejan las brujas a uno cuando lo visitan, lleno de chupones por todo el cuerpo. Eso dicen, yo no se. Es cosa del diablo que es el dueño de mi alma.
La verdad, cuando comenzó todo esto, no sabía muy bien donde iría a parar, tampoco sabía de donde venía, ni tenía destino ni nada. Solo chupaba boxer por las calles de Bogotá y robaba y pedía monedas para seguir metiendo. Yo solamente estaba parado por ahí un día, en una esquina sucia y olvidada del centro, cuando unos hombres se me acercaron y me dijeron que si quería hacer un trabajo, que ellos pagaban bien. Y así me embarqué en esta nave de la muerte, es cosa del diablo todo esto, yo no sabía nada, nada de nada.
Cuando llegué al campamento el comandante Muela Rica me miró de arriba hacia abajo y dijo aceptado. Apto era la palabra más adecuada pero yo no la sabía porque no había ido al ejército. Él si, de allá venía realmente, como los ingleses y los israelitas que traían para entrenarlos. Para volverlos máquinas para matar. Yo por mi parte siempre había visto los rambos y los schwarznegers por televisión anhelando ser uno de ellos. Fuerte. Grande. Llevar un arma en la mano, en el pecho, defender una bandera. Alguien a quien todo el mundo le tuviera respeto y temor. Siempre había querido tener un entrenamiento, decir si mi comandante con la mano a la altura de la cien y los pies juntos y quedarme así, muy recto, mirando hacia el horizonte con la mirada en alto.
Pero la verdad es que yo no sabía nada. Nada de nada. Y el diablo me enseñó porque a mí dios me había abandonado desde antes de nacer. Y me enseñó también el comandante Muela Rica y mi mejor amigo Menudencias, otro como yo que habían recogido por ahí, de la calle, otro olvidado de
dios. Es cosa del diablo todo esto.
De entrada se puso mal todo. Aquella noche, cuando recién llegué al campamento, se estaba llevando a cabo una de esas muertes ejemplares que tanto gustaban entre paramilitares. A veces por ejemplo, para sembrar el terror entre los demás y dar ejemplo se ejecutaba alguno de los reclutas. Se les abrían los pies con una sierra, les ponían sal y limón por dentro y luego los volvían a coser y los dejaban así, caminando descalzos hasta que se murieran del dolor. Desangrados entre risas. Aquella vez en cambio era distinto. Resulta que una muchacha se había acostado con uno de los de la tropa y había quedado embarazada y entonces el comandante Muela Rica mandó matarla. La tarea luego era que cada uno de nosotros tenía que pasar y cortarle un pedazo y llevárselo en las manos al comandante para pasar la prueba. A Menudencias, mi amigo, le tocó el feto de un mes, cortarlo con el cuchillo y tomarlo así, en sus manos temblorosas y sudorosas de 17 años de edad, ensangrentado y endeble como el feto mismo, para mostrárselo al capitán quien con una sonrisa en sus labios lo felicitó calladamente.
Era un verdadero campo de exterminio. A algunos les habían dicho que los llevarían a recoger arroz o sembrar trigo y lloraban todas las noches al saber que de allí ya no podrían
escapar con vida. Triste canción. Entre el 2002 y el 2003, en pleno mandato de Uribe, y mientras el presidente hacía giras por el mundo jactándose de su ley de justicia y paz y de su
ejemplo único en cuestiones de verdad, justicia y reparación de las víctimas, nosotros estábamos en las selvas del Putumayo, al sur de Colombia, comiendo carne humana. Pero
eso era solamente una curiosidad. En los cursos del 2002 o 2003 comía carne el que quisiera. En los de antes sí les tocaba obligados.
En mi curso, por ejemplo, mataron a uno que con la droga tenía pasado el cerebro. Lo mataron y el comandante dijo: traigan un pedazo de carne para que pruebe al que se le de la gana o si no todos jartan a las malas". A veces también comíamos la carne de algún muerto si no había nada más que comer, pero Muela Rica y algunos más lo hacían con cierta frecuencia, casi de costumbre.
Ese era mi comandante quien luego fue indultado y reincorporado a la vida civil. Salió en televisión y todo, yo lo ví con estos ojitos que no mienten, con estos ojitos que solo dicen la verdad.
La carne sabía normal. En aquella ocasión, que era la primera para mi, comí del lado de la nalga. Como usted comer carne de marrano. Como usted fritar un pedazo de cuero con carne. Como usted estar en un asado con sus amigos y al otro día salir para el trabajo, llevar los niños al colegio, cosas así. Todo mundo entonces como que sí comía, como que no.
Cada uno cogía su pedacito y ya, si le gustó se lo comía, si no también. El comandante iba pasando, puesto por puesto, con una pistola en su mano y así todos quedábamos siempre
muy bien alimentaditos para el siguiente día. Mi canción también ya se había empezado a poner triste, aunque triste seguramente no era ya la palabra.
A veces en cambio, por el calor seguramente, al comandante le picaba la sed. Y entonces la bebida oficial del campamento era la sangre de algún condenado. Por lo general un compañero. Alguien que hubiese cometido una falta por pequeña que fuera. A esos cursos entraban doscientos, doscientos veinte jóvenes, niños hasta de doce o trece años, y al final solo sobrevivían diez o veinte, y eso, si tenían suerte. Hoy los que quedaron vivos andan sueltos por las calles. Algunos han vuelto al monte, otros no se sabe. Entonces, los días más calurosos, el capitán se armaba de cuchillo en mano cuando le picaba la sed y se lo pasaba por el cuello a la víctima y ponía un vaso debajo. Nos obligaba a tomar uno o varios sorbos.
A todos. A los que alcanzara. Él nos decía que la sangre era para que nos diera sed y poder seguir matando personas. Con mi amigo nos mirábamos, nos reíamos, nos tomábamos el vaso de sangre como un vaso de leche, como un vaso de aguardiente, como un vaso de coca cola y luego seguía la noche, la eternidad, la guerra.
Pero lo de Menudencias fue lo peor. Desde ese día yo no se, pero como que algo me pasó. La verdad no me acuerdo, no me quiero acordar, pero como sea lo hago y lo hago todos los días, yo no se. Fue cosa del diablo y entonces tuve que hacer un pacto y vender mi alma. De otra forma no estaría aquí contándole esta historia. Mi canción se puso triste, loca, triste, loca. Enfermedad de muerte. Enfermedad de mi cabeza. Muerte y enfermedad. Al otro día por la mañana ya todo daba igual, el fútbol, las mujeres, bailar pegadito y decir al oído oye nena te dedico esta canción. Podía ser o no ser pero a mi ya no me importaba. No me daba cuenta de nada. Lo olvidaba todo si lo podía olvidar, pero con lo de Menudencias nunca pude, nunca pude.
Desde ese día empezaron los morados en el cuerpo, los espíritus que se tomaban a las mujeres del campamento y decían porqué era que andaban vagando por ahí. Almas en pena. Mujeres y niños en pena. Mundo en pena. Exorcismos. Confesiones. Arrepentimiento pero dios se había olvidado de todo como yo y ya no había nada más que hacer. Solo el silencio. Me tocó la que llamaban la prueba de fuego. Esta consistía en asesinar y descuartizar al mejor amigo. Representaba recibir felicitaciones de los comandantes. Así que el comandante se me acercó en aquella ocasión y me dijo que yo había probado ser todo un hombre, que no lo fuera a decepcionar. Y así me tocó -o quise- matar al pobre Menudencias.
Lo tomé por la espalda y le enterré el cuchillo del jefe varias veces a la altura del estómago, con el filo hacia arriba. Menudencias intentó defenderse en vano y solo tuvo oportunidad de mirarme a los ojos antes de morir en mis manos. Con esa cara de niño que tenía. Muela Rica ordenó comer una parte del cadáver y luego echarlo al río, labor que también tuve que realizar. Me tocó chicotearlo y sacarle las tripas, porque si no, flotaba. Pisarlo bien, sacarle todo el aire como a un neumático. Las tripas las pincha uno, les abre hueco para que se llenen de agua y al río las echa también. Así me despedí de Menudencias mi mejor amigo en el paramilitarismo, así lo vi la última vez con su cara de niño que nunca podré olvidar, con su cara de feto ensangrentado y débil partido en pequeños trozos en el fondo de mi alma y
entonces yo les juro que ya nada fue igual. Cosa del diablo.
Primero vinieron las pesadillas. Levantarme todas las noches temblando y sudando, lleno de susto, con la cara de mi amigo grabada en la mente, en la piel. Luego fue lo de los morados, las apariciones.
La gente a mí alrededor se volvía loca. Yo me volvía loco también. Todo
pasaba tan rápido. Se nos metía de repente un espíritu en el campamento y nos ponía a
golpearnos contra los árboles. Amanecíamos, algunos, con morados por todas partes. Los
más culpables. Sin poder o sin querer recordar ya nada.
Entonces alguien tomaba una virgen y le preguntaba al espíritu: ¿A qué viene? ¿Qué
quiere? ¿Viene de parte de dios o del diablo? y entonces el espíritu hablaba en el cuerpo de
la otra persona y decía cosas como: Yo vengo porque a mí me mocharon las piernas y no
me tiraron completo donde me tenían que tirar y si no me regresan eso entonces sigo
golpeando la gente. Ese espíritu soltaba a uno y agarraba al otro y así era casi todos los días
ese desorden. Esa recocha. No era el espíritu de Menudencias, eso si lo puedo asegurar.
Menudencias no nos haría algo así. Pero era el espíritu o los espíritus de todos esos muertos
que habíamos dejado a los chulos, a los buitres. El espíritu de todos esos a los que les
cortamos las cabezas para jugar fútbol con ellas en la plaza del pueblo. El espíritu de todos
esos inocentes que confundimos, de todos esos mejores amigos que asesinamos y
descuartizamos para comer de su carne y tirarlos al río para así ganarnos las felicitaciones del
comandante.
Las mujeres eran las más propensas a la posesión. Las más niñas sobre todo. Los hombres,
por el contrario, preferimos convertirnos en 'cruzados'. Era una operación relativamente fácil
y cumplía con varios propósitos a la vez. Solo había que hacer un rito satánico para proteger
la vida en los combates a cambio de entregar el alma al diablo. El resto venía por añadidura,
el olvido, la mentira, la muerte, la enfermedad. Yo no lo sabía, no sabía nada de nada. Pero
de eso me vine a dar cuenta mucho después. El rito lo realizaba un "brujo" de los cuales
había solo dos en los Llanos orientales- con un gato negro sin ojos del cual se bebía la sangre
para que entrara al cuerpo del cruzado la protección del diablo. El 'cruzado' entonces tenía
que pintarse las uñas de negro para que en medio de los combates y de las noches solitarias
pudiera ser identificado por el ser que lo protegía, por eso cuando hace poco se
desmovilizaron miles de paramilitares bajo la ley de justicia y paz de Uribe, fueron muchos
los jóvenes que se veían con las uñas negras.
Una vez incluso nos encontramos con uno de los cruzados de la tropa enemiga. Éste nos
dijo: "Déjenme morir. Me tengo que morir hoy. Hace un tiempo yo hice un pacto con el más
allá para obtener protección. A mí me rezaron en cruz y según la persona que lo hizo, para
que no me entrara el plomo, yo tenía que obedecer algunas cosas que las ánimas pedían que
hiciera y hoy ya me dijeron que me había llegado la hora". Yo vi las heridas en su cuerpo que
eran muy profundas, algunas le atravesaban por completo y la verdad es que eran muchas
como para que todavía estuviera vivo. Entonces pensé que esa podía ser la solución para mis
problemas. Cruzarme también yo.
Y lo hice. Pero ya me ven. Han pasado un par de años solamente pero todas las noches,
antes de dormir, veo la mirada inocente de mi amigo Menudencias y me acuerdo de aquella
noche la famosa prueba de fuego y las palabras del comandante. Y entonces me despierto
como si no hubiera pasado el tiempo y veo el sol radiante entrar por la ventana. Sin
embargo, cuando miro mi cuerpo en el espejo, en el baño, en la cama, de nuevo los golpes
están allí, los rasguños, las heridas. Y yo la verdad es que ya no quiero saber porqué, cómo o
donde.
Más no me acuerdo, no me quiero, no me puedo acordar
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