Ayer me desperté y no he sentí nada, y por eso me puse a llorar
Descubría el frío, mi semidesnuda piel se erizaba y temblaba haciéndomelo saber. Miré a mi derecha y vi como la ventana estaba entreabierta, apenas distinguía si llovía o no, mis lágrimas me impedían verlo. Me levanté a comprobarlo pisando el sucio, frío y muerto suelo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo a cada paso que di hacia la ventana. Seguía llorando, y me tuve que apoyar en ella no sabía que hacer. Abrí el escabroso espejuelo que tantas veces me enseñó la perfección del mundo para comprobar que efectivamente llovía, llegando a mojarme completamente. Seguía llorando, las lágrimas mis lágrimas no se me secaban y no quería que eso sucediese Estaba solo, no tenía a nadie, me senté en mi escritorio, cogí un bolígrafo y un papel -mis dos grandes aliados- y empecé a pensar Blanco En mi cabeza solo estaba una palabra: Soledad la soledad de un hombre que ha perdido a sus amigos, de un ser humano al que su propia familia le da de lado, una persona a la que no se le está permitido amar a nadie No sabía que escribir, y necesitaba hacerlo, la pluma que sujetaba con mi temblorosa mano estaba deseando unirse con el papel para formas algún verso incomprensible, triste o melancólico. Sentado permanecí más de tres horas mas no sabia que escribir y no tenía nada mejor que hacer. Pude sentir el paso de las horas en mi espalda, cada vez más arqueada al ritmo de los segundos. Mi mente estaba absorta en la soledad, y en el por qué de ella.
De repente a mi mente llegaron una tras otra las palabras que necesitaba escribir, y así lo hice: He encontrado la razón de mi desdicha, he fracasado en la vida, y estoy escribiendo esto solo para intentar que mi dolor se calme Eso, mi dolor, es la respuesta a tantos porqués he perdido a mis amigos por no saber controlarlo, he perdido a mi familia por no haber llegado a tiempo a curarme, me han condenado a no amar a nadie, pues si amo, el dolor aumenta. No me acuerdo ya de rimar, ya no se dormir, pues soñar se ha convertido en un suplicio. El tormentoso estar solo, y con dolor, nadie puede superarlo .
Demasiado poco, pero estaba vacío, mi mente no daba para más, el dolor me había
convertido en un hombre abandonado. Me levanté del incómodo asiento, me dirigí
al mueble-bar y apresé una botella de alcohol, me eché un tercio en el cristal.
Anonadado, desanimado, derrotado y destruido me senté a los pies del lecho
frente al espejo, con el tacto del néctar de la poción que sería la solución a
mis problemas. Me veía reflejado en el retrato de mi mismo, sujetando el caldo
que me mantenía vivo, como un ser inerte: barba de días de insomnio, de tardes
a solas, de un dolor intolerable; ojos enrojecidos, avergonzados de tanto mirar
al cargado futuro, de tanto mirar a lo perdido sin siquiera poder recuperarse;
labios agrietados de tantas frascos de formol, de tantas botellas de alcohol
desiertas; en fin, la cara de un hombre solitario, de un hombre huraño y torpón
recluido en el yermo de su apartamiento.
Decepcionado de la vida y de mi mismo, deprimido y sin ganas de hacer nada, me
eché de nuevo a la cama, de donde nunca debí haber salido, ya que mi carrera
como joven promesa en la carrera de la vida había tocado su fin cuando la
enfermedad, que había marcado mi juventud haciéndola más difícil de lo normal,
había encontrado un hueco en mi madurez, cumpliendo con el objetivo que la
línea de mi vida, mi destino, había creado.
Cerré la ventana, pues no podía soportar más las palabras que el viento dirigía hacia la oscuridad de mi habitación: Soledad
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