Una mañana me levante con la plena decisión de enfrentarme con ella pues era absurdo seguir luchando contra algo que jamás me dejaría. Ese día evite encontrármela, permanecía con la mirada hacia el suelo y si divisaba un pequeño mar en mi camino subía mi rostro para contemplar el cielo. Quería sorprenderla y enfrentarla cuando menos se lo esperara. Mi deseo de ganar recorría las venas de mi cuerpo y pronto me di cuenta que una ira irremediable envenenaba mi cerebro.
Cuando llegue a casa, en la noche, pensé que lo mejor seria darle rienda suelta a mis sentimientos. Con la vista fija en la baldosa me dirigí a su encuentro, yo sabia que estaría allí, por una inexplicable razón que enardecía mi locura, siempre estaba allí. Levante la vista con una mirada victoriosa como si supiera que hoy por fin terminaría aquella guerra estupida.
No fue una sorpresa descubrirla allí, si ahí estaba mi reflejo y se escudaba tras las facciones de un rostro que siempre odie, me miraba fijamente con la misma victoria que mi corazón sentía. Esta imagen hizo que mi rabia creciera cada vez más, como se atrevía a mostrarme ese cuerpo. Inútilmente intente adelantarme a sus movimientos pero su mano era tan veloz como la mía.
Con repudio comencé a mirarla detalladamente. Primero me encontré con su cabello largo y oscuro, en el cual se enredaban quien sabe que locuras; luego estaban sus ojos que escondían una terrible intención, un cruel crimen. Seguí con los labios rosados y hermosos que tapaban una vida llena de mentiras, que pronunciaba palabras bonitas, hirientes y sin sentido. Por ultimo sus mejillas por las cuales corría una lágrima gigantesca y con orgullo descubrí la hipocresía de su llanto. Ya no era nadie, ya la había descubierto, ya conocía sus secretos y un dulce sabor a sangre se instalo en mi boca; con rapidez rompí una de las puntas del espejo y la mate.
¿Por qué mate mi reflejo? Porque no era más que el rompecabezas de los deseos ajenos, era una vendida que se promocionaba con su ropa y sus mentiras. Siempre la odie y después de ver como el brillo de sus ojos se apagaba la enterré en el patio trasero, en donde todavía la oigo reír. A lo mejor en el otro mundo de las sombras sigue complaciendo a quienes nunca lo merecen y tapa su rostro con las falsas palabras y las promesas que nunca cumpliré.
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