Mi profesor de historia.

Categoría(s): Relato.
          Al Colegio Heguy de la Sagrada Familia.
 Al Instituto Comercial Nuestra Señora de Luján
A mis compañeros y amigos de entonces

 

 

    Por mi adolescente corazón pasaba aquella mañana toda la tristeza del mundo, y no tengo dudas que caben bastantes. Si no renegué entonces de la vida es porque aún no había conocido a cierta gente, aunque sí lo suficiente al “Gordo Intelecto”, hijo único de una joven viuda e insoportable fanfarrón.

    El  Instituto Nuestra Señora de Luján, al que concurría en Intendente Alvear, provincia de La Pampa, era sólo de varones; su patio terminaba en “L” y daba a los baños del colegio “Heguy de la Sagrada Familia”, que era de señoritas. Ambos regenteados por monjas franciscanas, pero el nuestro con un director laico.

    No era yo un chico travieso, pero tenía mi Olimpo personal y a él volaba muy seguido, en especial en la hora de historia. Sabía llevar a ella mis historietas preferidas y aprovechar, para leerlas, la bonhomía del profesor y sus largas exposiciones.
    Mi robusto compañero, que apodábamos “Intelecto” porque era el mejor promedio del curso, me había acusado al director, que también era viudo y le daba una “especial” atención. Este me suspendió por el resto del día, enviándome a casa con una nota para mis padres. Imaginen el resto. Esperé el momento propicio para darle su merecido.
    La oportunidad se dio a los pocos días, cuando lo veo en un recreo trepado al tapial del patio en “L”, fuera de la vista de la hermana celadora. Verlo y correr a la dirección fue espontáneo en mí. Cuando regresé, el delito ya había pasado y no tenía pruebas. Nuevamente recibí yo la reprimenda. Sentí así por primera vez las injusticias de la vida.
    Decidí entonces contar el hecho de una manera exagerada, como ser que el gordo ya había saltado hacia el baño de las chicas. Qué mejor que mi profesor de historia para escucharme; pero el director, a quien suponíamos enamorado de la mamá de “Intelecto”, lo controlaba demasiado, precisamente, por su carácter bondadoso. Debía convencerlo de elevar la denuncia a la Inspección de Escuelas.
    Este pensamiento feliz produjo en mí una viva exaltación. Lo comenté con mis hermanas mayores y me amenazaron con contarlo a mis padres si no desistía de ello. Siempre sucede lo mismo: cuando surge un pensador original el mundo se agita de viva inquietud. El resultado fue el de todos los innovadores, la soledad.

    Al día siguiente mi historia ya era más pecaminosa y me había convencido que así había sucedido. Lo esperé al profesor en la puerta del aula. Le hablé y aconsejé que elevara la denuncia al inspector, ofreciéndome de testigo. Hasta intenté sobornarlo diciéndole que, si trasladaban al director a otro destino, seguramente él ocuparía su lugar. Yo lo admiraba y me sentía identificado con él, quien tenía un raro privilegio en su personalidad, que lo hacía una persona sumamente apreciada por sus colegas y el alumnado. No debía atribuirse esto a la amenidad de su conversación, que era grande por hallarse dotado, sin duda como yo, de una imaginación pintoresca, además de una memoria felicísima, espíritu observador y afluencia de palabra. Todos esos dotes los poseen muchos hombres, sin que logren hacerse amar. Se les escucha con placer, pero no se les busca con empeño, y menos se les hace compañeros íntimos y confidentes. El secreto de mi profesor era otro: su ausencia de vanidad. Completa, inverosímil, absoluta ausencia de vanidad. Era de una fuerza opuesta que, en vez de empujarle a realzar su persona –como ocurre con casi todos los humanos–, le arrastraba a pasar desapercibido.
    Esta rarísima cualidad no tenía un fundamento religioso ni podría llamársele humildad cristiana. Era un rasgo original de su carácter que tornaba en extravagancia. A esto se le unía una faceta, también original, y más simpática: mi profesor de historia vivía siempre en positivo y ponía en ese estado a cuantos lo trataban, o no salía a la calle. A esta modestia encarnizada debía sus éxitos en la vida; porque se ama a la modestia en los demás y se la prefiere por mucho al talento. Debieron amarle también por su exquisita personalidad, pero no fue así; la sensibilidad no es valor que se cotice en el mercado social.
    Recuerdo, en los corrillos del recreo o en la sala de profesores, ver a éstos sacudir la cabeza y sonreír burlonamente cuando advertían en él señales de emoción. Por más esfuerzos que hacía, no lograba ocultarla.
    Su calma era proverbial y su condescendencia tan excesiva, que provocaba, como ocurre casi siempre en este mundo, el abuso. Todos abusábamos de su bondad; y ese día me propuse ponerlo de mi lado contra el gordo apañado por el director. Y así lo hice.
    Me escuchó en silencio mientras pasábamos al aula. Mis compañeros estaban ya sentados; yo me quedé a su lado y él dijo que nos contaría una leyenda que tomara de una vieja novela biográfica de autor español, que nos haría pensar, en especial a mí.
    Comenzó así: “En tiempos muy antiguos existía en la ciudad de Agrigento, en la Italia meridional, un tirano que se llamaba Falaris. Este tirano era tan cruel que se complacía en atormentar de mil maneras distintas a todos aquéllos que tenían la desgracia de no complacerle. Sucedió que uno de sus cortesanos, por captarse su benevolencia, le obsequió un toro de bronce hueco donde se podía meter a la persona que quisiera hacer morir atormentada. Debajo de este toro de bronce se encendía una hoguera y el desdichado que estaba adentro, al comenzar a asarse, dejaba escapar terribles gritos que, al pasar por el cuello y la boca del toro, semejaban a los bramidos del animal furioso...
    Falaris quedó prendado de tan ingenioso artefacto, y después de dar las gracias a quien se lo había regalado, no se le ocurrió otra cosa mejor que ensayarlo metiendo dentro de él al propio inventor”.
    El profesor hizo una pausa... y dando una palmada cariñosa a mi espalda, me dijo: “Alumno: gracias por su consejo, pero le recomiendo que se olvide de él. Aplíquese el cuento y vaya a su asiento”.

 

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Comentarios:

Escrito por: Norberto       05/10/07 22:05
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Gracias, Ricardo, por leerme.
Escrito por: ricardo48       05/10/07 18:53
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Que profe ¿no? Ese no era solo de historia también daba clases de vida. Como debería ser siempre cuando se tiene en las manos la formación de las personas. Muy bueno felicitaciones
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