MI PADRINO

Categoría(s): Estampas del exilio

MI PADRINO


Mi padrino hace una larga pausa en la conversación. Él y yo nos quedamos en silencio, pensativos. El nuestro es un silencio preñado de recuerdos, de emociones, por sobre todo, de mucha pena. Si no logro convencerlo ahora que se vaya conmigo a Chile, nuestra separación será para siempre, ambos lo sabemos.
 
Emocionado, nervioso o no queriendo ver la realidad que lo rodea, cierra los ojos. Lo veo apretar con fuerza el mango del bastón y afirmar la frente sobre sus manos temblorosas reducidas a puros huesos y piel cubierta de manchas oscuras. Dejarlo solo en este refugio para ancianos ingleses me atormenta. Siento vergüenza tener que abandonarlo a su suerte pero yo tengo un trabajo para irme a Chile y allá me esperan mis padres. Sabemos que éste es el momento de volver aunque a Carola y a mi nacidos y criados en Inglaterra nos signifique una forma de exilio vivir en nuestro país. Ésta es la última oportunidad que tengo de convencerlo. Si se niega una vez más, mi padrino se quedará aquí, solo, forzándome a tener que dejarlo abandonado a su suerte aunque me parta el alma y tenga que vivir el resto de mi vida con la conciencia cargada de remordimientos. No puedo postergar mi partida. No tengo otra alternativa: mis padres están tan viejitos como él y nos necesitan allá con la misma urgencia.

Una ráfaga de viento y granizo golpea violentamente los vidrios de la ventana iniciando la tormenta de nieve anunciada para Navidad. Tiemblo de sólo imaginarlo absorto, ausente, perdida su razón en un tormentoso monólogo, despierto en un eterno insomnio y con la mente plagada de pensamientos navideños tan grises como la penumbra de este cuarto a oscuras. ¿Dejarlo enclaustrado de por vida, junto a otros ancianos desconocidos cuyos cuerpos agonizan deambulando sin destino por los pasillos de este asilo impregnado con olor a orines? Me oprime la garganta pensar..., sobre su velador está la tarjeta de Navidad que ayer le trajimos con Carola. La puso junto a las fotografías nuestras, de su hija fallecida y de sus nietas con sus hijos pequeños (juraría que cuando pasen las fiestas, va a guardar la tarjeta como un tesoro junto al montón de cartas que recibirá de nosotros…, y quizás de sus nietas) Ojala que Teresita lo visite como prometió y que le traiga sus galletas, las frutas, su jugo...!Ha!, que no se olvide de retirarle sus lentes de la óptica.., que cuando el tiempo mejore, lo saque a tomar aire...

Una mano fría viene a depositarse sobre mi rodilla. Afuera, furiosas, una tras otra las ráfagas de viento, granizo y lluvia atacan de frente, haciendo crujir los ventanales... Con una palmadita y una sonrisa desdentada mi padrino trata de alejar mis sentimientos sombríos.

--Usted, no tiene por que seguir preocupándose de mí -me dice-, (sus ojos de niño parecieran leer mis pensamientos). --El futuro de un viejo como yo es más cierto que el suyo y de Carolita. El tiempo que me queda es poco. Cuide de su tiempo, mire que sin darnos cuenta la vida se nos va por entre los dedos. Ahora que tiene la oportunidad de irse no demore ni postergue la partida por mi causa. Váyase tranquilito nomás porque aquí no estoy mal ni tan solo como parece. Piense cuan feliz me siento de ver que por fin irá a reunirse con sus padres. ¿Se imagina la alegría que le van a dar sus viejos? Por vuestro propio bien, por la felicidad de mis compadres, y también por mi propia tranquilidad, le pido que cuando salga de esta pieza deje atrás los lastres y cadenas del pasado. Incluido este viejo.

Mi padrino ha cambiado tanto. Dice estar bien y contento en este lugar a sabiendas que no le creo. Basta mirar su cuarto ordenadito, limpio, institucionalizado, impersonal... Aquí le hace falta vida, compañía, cariño, comprensión, calor de hogar. Nuestra ausencia lo va a matar. ¿Cuál será la razón de quedarse? ¿Tendrá miedo de ir a confrontar los espantajos del pasado; a la traición personal de sus familiares que lo denunciaron a los milicos a él y a Sofía, su esposa, que la desaparecieron? ¿Quizás a revivir los horrores que compartió en las cámaras de tortura con mi viejo? ¿O tal vez de retornar al Chile de sus sueños que ya no es más?...

--Dígame con toda franqueza –le pregunto. Por última vez. ¿Por que no quiere venir con nosotros?... Todavía es tiempo, basta con aplazar nuestro viaje, comprarle el pasaje y arreglar su transporte con la compañía aérea. No tomaría más de un par de semanas.  Allá, mis viejos lo están esperando llenos de entusiasmo. En la Empresa yo no tendría ningún problema con el atraso, acabo de conversar con el Gerente… ¡Con las fiestas de Año Nuevo encima, aún tenemos tiempo! ¡Pero tiene que decidir ahora!... Diga que sí... ¡Por favor, padrino!

--¿Irme y dejar de ver a mi hija, a mis nietas, no seguir viendo a mis bisnietos? –Intenta levantarse de la silla. ¿Para qué? ¡Dígame!.. ¿Irme ha revivir el pasado? ¿A encontrarme con ‘mi familia’? ¿A repetir el destino de mi abuelo? -Se apunta la sien con el dedo. --Piense hijo. Mi abuelo vivió fantaseando con volver a España -‘a bañarme en el rió Guadalquivir’-, le decía a medio mundo. Claro, un día decidió volver clandestino, pero al año estaba de vuelta de nuevo, con una mano adelante y la otra atrás. ¿Usted, quiere que yo vuelva igual a Chile?...

Intento en vano convencerlo que si se va conmigo, allá no le faltará nada. Pero el hilo de sus pensamientos está fijo en lo que sufrió su abuelo. Es una barrera mental que se interpone. Que le hace imposible imaginar un futuro en Chile, junto a nosotros.

--Mi abuelo no pudo cumplir su sueño de retornar a España. Allí, estuvo a punto de caer en las garras de la dictadura de Franco, de sufrir más torturas, o la muerte. Luego, su vida fue destrozada durante la dictadura de Gonzáles Videla: La tortura, los piojos, los años de encierro dentro del campo de concentración y la perversidad de sus hijos, le partieron el alma; y los sufrimientos mataron a mi abuela. Viudo, desposeído, envejeciendo de pena, sus últimos días los vivió como un espectro exiliado en la cocina…

…¡Doble exilio, ahijado! ¡Doble exilio! ¿Podríamos imaginar cuán intenso fue su dolor y abandono?... Al abuelo no lograron liquidarlo ni las balas fascistas, ni la derrota en las trincheras, ni las torturas en Pisagua. Logró escapar de la cacería escondido entre las hueserías de las Catacumbas de Madrid, y lo salvó el asilo del barco que se lo llevó a Chile... Si bien España asesinó dos veces su corazón de guerrero, el golpe fatal no se lo dieron las dictaduras: fueron sus propios hijos quienes lo hicieron. Pocos meses después que lo encerraron en Pisagua falleció la abuela. Viudo, abatido por la desgracia, preso y sin fuerzas ni recursos, lo despojaron de su propia casa y de los títulos de dominio sobre la panadería, y cuando su sombra salió de la prisión, lo escondieron en un asilo para ocultar el crimen. Cuando las monjas lo devolvieron a casa por hereje y mal hablado, lo crucificaron de por vida en la cocina familiar... Y allí concluyó el ultimo capitulo de su vida, sin pena ni gloria, atendido por la caridad de los sirvientes...

 Afirmado en el bastón, el ceño fruncido, se queda en silencio, con la vista fija en el ventanal, ¿o en el vacío?... (¿Estará pensando, o tratando de recordar, o de olvidar, o quizás de aplicar justicia con sus memorias?)... En ese momento su rostro es un espejo donde se refleja todo el dolor acumulado por su alma de hombre bueno. Su mente, abstraída de lo terrenal, envuelta quizás en una senil recolección de memorias de niño, ha vuelto una vez más a internarse en el túnel del pasado. Ajeno al presente, continúa su soliloquio sin responder a mi comentario sobre la violencia del temporal que amenaza romper los cristales de las ventanas.

 ---Con su pena tan profunda, siempre silencioso, Don Manuel Alberto Rubio Díaz, el ex patrón de la casa, el ex dueño de la panadería “Las Delicias”, mi ser mas querido, pasó por mi infancia arrimado al fogón, con la vista fija en las brasas ardiendo o con los ojos cerrados, acurrucado en su rincón de la cocina, como si durmiera... Fue una fría noche de agosto. Entregado a la caridad del fogón apagado, mi abuelo falleció. Su alma se fue calladita, como en puntas de pies, cargando a cuestas quizás cuánta desolación... Las empleadas lo encontraron con sus dulces ojitos bien abiertos, intensamente fijos, como buscando una luz en la oscuridad de las catacumbas, contemplando las aguas de su río, o mirando de frente dentro del pozo profundo de su desamparo...

No se si para ahogar mi pena, o la suya, me arrodillo a su lado, lo abrazo y trato de convencerlo que deje ese pasado atrás, que su abuelo está descansando, que ahora lo importante es tomar la decisión de irnos juntos... Pero mis argumentos parecen desaparecer en el vacío de su conciencia anclada en un momento crítico de su infancia...  

---Sólo la muerte logro restablecerle su puesto de honor en la que había sido su casa. La sala comedor se llenó de gentes, de flores, de coronas y de hipócritas Ave Marías. Pero su alma se fue a refugiar en la cocina conmigo, donde me habían dejado al cuidado de los sirvientes. Entre cacerolas hirviendo, sartenes friendo cebollas, y estropajos saturados con olor a Perlina, lo vi venir a sentarse en su banca junto a mí. Y allí nos quedamos: Yo con mi primera pena, y mi abuelo cubriéndome con su tierna sonrisa de arrugas y encías vacías. Ignorados, ajenos al afanar de las cocineras olorosas a jabón Gringo y al lejano chicharreo de culpas fritas con Creos, Padre Nuestros y Ave Marías, me quedé acompañando a mi abuelo que se iba sin su bastón arrimado a la muralla. Cuando los familiares volvieron del funeral, su casa volvió la normalidad, pero sin su presencia en la cocina, el hogar, la familia, ya no fueron más... ‘¿Qué le pasará a este niñito que se lo pasa metido en la cocina jugando con el bastón de su abuelo?’ -se preguntaban las empleadas...

Y ese niño fue creciendo solitario, más cerca del fogón de la cocina que del comedor o del salón de las visitas. De Manolito pasó a llamarse niño Manuel Alberto, y luego Doctor Astorga, quien se pasaría el resto de su la vida buscando a Sofía, su compañera desaparecida. Luego de pasar por los campos de concentración y cámaras de tortura, fue expulsado de Chile, identificado con una letra L estampada en el pasaporte. En mayo de 1977, mis padres, mi padrino y Olivia, su hija adolescente, desembarcaron en Londres para cumplir su condena de destierro en Inglaterra.

Hoy es padre en luto reciente, abuelo y bisabuelo. Tiene tres nietas desarraigadas por el mundo y es bisabuelo de seis niños pequeños quienes por su edad aún no comprenderían por qué fue militante marxista, y la razón de aparecer en los registros de la DINA como alias ‘El Antonio’. Semi-inválido por las torturas, sufre una fijación mental regresiva centrada en su abuelo, y la senilidad lo está hundiendo en un pozo de confusiones y pérdida de memoria. Durante mi niñez, este mismo anciano fue un hombre tan poderoso como mi padre, y su recuerdo es de un gigante juguetón que me despeinaba con sus manos enormes. Éste, es mi entrañable anciano, senil y tozudo que se me niega a irse conmigo. Que teme retornar a la patria por la cual lo perdió todo.

Me queda mirando fijo y se rasca la cabeza. En su mente parece tener una pregunta que el mismo no se atreve a responder:

---Ahijado, ¿si mi abuelo supiera de mi vida, qué cree usted que sentiría?...

---Mucho orgullo, padrino: Mucho orgullo -le respondo con la misma seriedad. Suelta una carcajada de tan buenas ganas que yo termino riendo sin saber la razón de por qué se ríe. Me da un manotazo en la rodilla como si yo hubiera dicho una tontería.

--- ¿Cree usted que podría sentirse orgulloso de un nieto decrépito, sin dientes, pelado, meón y más viejo que él?...

Contagiado por su humor criollo -medio inglesado por lo cruel consigo mismo-, termino haciéndole coro a sus carcajadas hasta perder la noción del motivo de tanta risa, de donde estaba el chiste y de por qué no parábamos de reír.

Vuelto a la seriedad, agita el bastón simulando una lucha a palos, quizás para corretear fantasmas impertinentes. Se levanta del sillón y va a sentarse en la cama. Mientras le acomodo las almohadas me dice, – ¿Sabe ahijado que hubo un momento en que tuve que golpear el piso con el bastón porque la gente parecía ignorarme, a no verme? ¿Como si yo hubiera sido transparente, o invisible? Simulaban no escucharme, parecían estar sordos, o que no hablaban el inglés. Empezó a fallarme la memoria y la vista. También las piernas. Y la próstata comenzó a jugarme malas pasadas. Y cuando los doctores con las enfermeras comenzaron a responsabilizarme de sus pesadillas nocturnas, entonces me di cuenta que algo serio estaba pasando conmigo. Una noche, casi dormido fui al baño, y mientras orinaba a gotitas -al gusto y capricho de la maldita próstata-, me pareció ver una figura familiar mirándome desde el espejo. Al día siguiente tuve la horrible impresión de ver a mi abuelo que se estaba afeitando frente a mí. Sentí miedo al comprobar que la imagen del espejo era yo: un anciano que me miraba con cara de sorpresa mezclada con horror... No puedo explicarle el terror que me asaltó cuando escuché que me decían: ‘El más feo y viejito, eres... ¡TÚ!’ Era el espejo impertinente que trataba de confundirme con su burlona frasecita infantil... ¿Quién soy yo ahora, entonces? -le pregunté-, ¿aún sigo siendo el doctor Manuel Alberto Segundo Astorga Rubio, o soy sólo la caricatura avejentada de mi abuelo? ¿Será por eso que Sofía no viene a verme?... Usted sabe, hijo, que los espejos no responden esas preguntas. Sin embargo, ellos son considerados y generosos. Gotita a gotita comienzan a darle a uno una ración diaria de sabiduría que, tal como el mejoral alivia los dolores a los huesos, o las galletitas con tecito lo ayudan a uno para irse contento a la cama. Ellas ayudan a calmar la angustia de caer en el pozo del olvido. Mijo, mi abuelo me enseño que el arte de llegar a ser un anciano juicioso, consistía en mirarme reflejado en las pupilas de mis nietas, viendo como ellas avanzan por la vida jugando y soñando -tal cual lo he visto crecer a usted. En su compañía no me siento un recluso en este hogar de ancianos donde otros viejos deambulan como fantasmas, abandonados, sin otra esperanza que no sea de morirse, para ellos, ahora... Este cuartito es mi paraíso terrenal porque además, Oli viene a verme todos los días con mis nietas y sus pequeños. Aunque usted no lo crea, esta pieza no será nunca mi antesala del Limbo con vista al cementerio.

Sin decir palabra, nos quedamos mirando, sordos a la tormenta, y a las tinieblas de la noche que avanza. Él, con su mirada de niño que no logra comprender mi angustiado silencio. Ambos insensibles al penetrante olor a amoniaco que dejaron otros pacientes en este cuarto, y que ya no son más.
 
Mientras lo tapo con una doble frazada, otro fuerte golpe de viento y granizo estremece el ventanal. Con el ruido de golpes en los cristales, parece despertarse a la realidad.

---Parece que esta noche tenemos tormenta, ¿será por eso que Oli no pudo venir hoy?... Vamos, apúrese antes que el tiempo se ponga peor. Llame el radio taxi. Carolita debe estar preocupada porque usted no llega.


               A la salida, mientras firmo el libro de registro, se me ocurre revisar los nombres para saber cuándo fue la última visita que recibió fuera de las mías, de Carola y de la señora Teresita. Este mes no aparece el nombre de sus nietas. Ni tampoco en el anterior... Contengo el impulso desesperado de volver atrás a pedirle una vez más que se vaya con nosotros.

…Con la frente pegada al vidrio lloroso por fuera y empañado con mi respiración, ausente a la conversación del chofer, al rápido pulsar de luces y colores, al desfile fantasmal de siluetas humanas y de edificios, por sobre el ruido de motores confundidos con los truenos que estremecen a Sheffield, escucho su voz:

---Cuide su tiempo, mire que sin darnos cuenta, la vida se nos va entre los dedos...

Mientras el taxi me lleva de vuelta a casa, comienzo a sentir como aumenta más y más el espesor de esta cortina de agua, granizo, frío y viento que, junto con la distancia física, el tiempo y la muerte terminarán por separarnos definitivamente...

Arropado en su estado senil avanzado, mi Padrino no comprende que se está quedando abandonado, igual que su abuelo, y que como él, terminará por cumplir su condena de exilio... No aislado en una cocina, pero encerrado en un asilo de ancianos, al otro lado del mundo, solitario, lejos de su Patria y de nosotros...

                                            FIN



                                                                     


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Comentarios:

Escrito por: S_Bustamante       22/07/08 13:42
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Gracias, bibian y omenia. Si esta historia ha logrado conmoveros, me siento gratificado de saber que asi como es posible hacer reir, tambien lo es lograr hacer sentir al lector las emociones que uno ha sentido como vivencias personales. Este relato lo escribi en memoria de un queridisimo companero y amigo del exilio, y que ya no esta: Renan Diaz Caballero...
Un abrazo.
Escrito por: bibi       21/07/08 18:01
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"Estampas del exilio"

Excelente tu relato, conmovedor, casi imposible terminar sin lágrimas en mis ojos.
Inexorablemente la ancianidad es un ciclo que se tiene que cumplir...y debemos tomar conciencia que nunca es demasiado tarde para brindar amor.
Es mi primera vez que estoy tan emocionada con una reflexión tan profunda y sensible.

Excelente escritor!!!

cariños
Escrito por: omenia       21/07/08 17:40
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Perfectamente escrito, sabes? yo no soy refugiada política ni mucho menos, pero entiendo lo que es estar fuera de la patria, sé que voy a morir rodeada de mis hijos, pero...mi patria ya no es lo mismo para mi, me faltan mis parientes, en fin todo no se puede.
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