MEMORIAS EN PIEDRAS II

 

 

 

El sol estaba casi en el cenit de ese cielo que hoy se mostraba más azul que nunca.
Iberá al tener esas duras esferas en sus pequeñas manos, comprendió muchas cosas y tuvo el sentimiento de que era verdad todo lo que acababa de escuchar.
Rápidamente, observó el paisaje y supo que no podía perderse. Sintió claramente que pertenecía a esa tierra y que la conocía como nadie.
Descendió con su valioso tesoro en sus manos y se dirigió al campamento.
Mientras se aproximaba, sintió que tomaba conciencia del tiempo y del espacio.
Un rayo de sol, pegando directamente en su rostro, terminó por despabilarlo completamente.
 
En las manos de aquel hombre, un tanto rudo, moreno y con clara contextura de nuestros antepasados indígenas, estaban ellas otra vez.
“Todo lo que te pertenece por derecho de conciencia, siempre regresa a ti” – pensó.
Días anteriores, alguien le había traído un par de piedras que habían servido de boleadoras, halladas en las cercanías del Queguay.
 
Ese hombre siglo 21, era otra vez Urú, el cacique indio y era también Iberá, el niño ansioso por hacerse hombre y tener sus propias armas para proteger a su familia y alimentar a la tribu.
 
Ahora, se llamaba Luis, y habíase quedado dormido con esas maravillosas piedras entre sus manos, mientras le hacían el maravilloso regalo de regresarlo a vidas anteriores.
 
Allí comprendió el por qué del llamado del monte, el por qué de su espíritu nómada, el por qué de su deseo de libertad y el por qué de su pasión increíble por la caza y la pesca.
Y también supo por qué, el deseo intenso de buscar al dios bueno, de buscar y hallar la paz, de buscar en su interior y saber que no somos tan solo este cuerpo físico que nos rodea.
...y sobre todo, saber y comprender por qué estamos aquí y hacia donde vamos.
 

Luis no quería moverse. Permaneció horas con los ojos cerrados mientras se extasiaba en esos recuerdos.
Ya las sombras comenzaban a alargarse.

A lo lejos el sol de color rubí, pintaba en finas pinceladas,  las nubes en rosa.
Y al fin, en el silencio de aquella hora, las dos piedras, se acurrucaban otra vez en las manos de ese ser tan amado.

 

FIN

 

 


 
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Comentarios:

Escrito por: AndresMiranda       22/06/08 16:20
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Urú, Iberá y Luis se unen o se continúan en el tiempo, por unas piedras que consideran sagradas y parte de si mismos, formando una correlación de vidas idílica.
Precioso cuento, con los aditivos de nuestra tierra, que tanto idealizamos en nuestra niñez.
Un beso
Andrés
Páginas: 1

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