MEMORIAS EN PIEDRAS I

 


       
Sigilosamente,  Iberá se desplazaba entre la abundante vegetación de la selva del Queguay, admirando las aves que musicalizaban el silencio y le ponían color a la verde espesura.


Iberá era pequeño aún y los mayores no le permitían salir con ellos al alba, antes de que el oriente se tiñera de rosa. Por eso, uno de sus juegos favoritos, era internarse en el monte con otros niños indios, simulando ser cazadores.
 
De a poco fue haciéndose de sus armas: tenía un arco que su abuelo, el cacique, le había regalado; unas cuantas flechas, con las que pasaba entretenido muchas horas, dando formas a las pequeñas y filosas piedras que servirían luego de puntas.
Necesitaba hacerse de dos piedras lisas y redondeadas para elaborarse un par de boleadoras y esto era una seria preocupación para él.
Esto se debía a que según se decía en la tribu, cada hombre, cada guerrero, tenía que elaborar sus propias armas y luego de consagrarlas al dios bueno Tupá, recién podían ser utilizadas.
E Iberá estaba decidido a tenerlas. Solo sería cuestión de ir y recoger unas buenas piedras lisas y redondeadas para elaborarse las tan ansiadas boleadoras.
 
El pequeño indiecito tenía esa idea que lo perseguía constantemente. Tanto así, que era la primera en presentarse cuando se despertaba y la última en irse cuando se dormía.
 
Sentado, mirando hacia el poniente, Iberá se había prometido a sí mismo, escaparse el día siguiente de sus mayores hasta la costa del pequeño, pero al mismo tiempo, caudaloso río.
Guaycurú, la anciana sabia de la tribu, le había contado muchas veces, que todas las cosas, los árboles, cada planta y todos los objetos, tienen un “alma”, un ser que habita en cada uno de ellos y que por eso se adherían para siempre a sus dueños, sus creadores.
Por eso, cuando alguien de la tribu moría, era puesto en un hoyo que ellos mismos cavaban y, luego de cubrirlo con tierra, depositaban sobre él, su arco, sus flechas y sus boleadoras, pues en el valle del Mas Allá, podrían necesitarlas.
 
Amaneció y una vez que pudo escapar, sumido en esos pensamientos, el pequeño Iberá, se abría paso a través de la espesura, camino a la orilla del Queguay.
Pronto estuvieron sus pies, sumergidos en la fresca corriente de aguas cristalinas.
Buscó, levantó, una y ciento de piedras, pero ninguna le pareció apropiada.
El sol subía rápidamente en la bóveda celeste.
Iberá sabía que debía volver y ¡pronto! Su ausencia, ya estaría causando gran preocupación en el campamento.
 
Comenzó rápidamente su regreso, volviendo por los lugares por los que había llegado, ya que iba dejando marcas en las cortezas de los árboles.
De pronto se dio cuenta, que ese lugar le era totalmente desconocido. Trató de calmarse y, en medio del monte, se sentó jadeante y un tanto asustado.
Comenzó a respirar profundamente.
Paseó su vista por todo el paisaje y detuvo su mirada en un cerro de mediana altura.
Razonó que tal vez desde la altura, podría ubicarse mejor. Así que trepó rápidamente el cerro y al llegar a la cumbre, sus ojos desorbitados, se detuvieron en dos piedras, lisas y redondeadas y con el surco para los tientos trenzados...¡con todo el trabajo hecho!
No podía creerlo.
Las tomó entre sus manitas y ese momento, fue de una magia increíble:  por su mente fueron desfilando situaciones como flashes, como si esas piedras le hablaran en un lenguaje que solo él podía comprender.
 
     -  Te esperábamos Iberá –dijeron las piedras...
Quéeeee?...cómo es posible que las piedras hablen? –se preguntó azorado.
Entonces vino a su memoria, lo que Guaycurú la sabia de la tribu, siempre le había dicho, sobre que todas las cosas, tienen un “alma” un “ser”, un “duende”, un “espíritu” que las habita y que hasta pueden comunicarse con sus amos y jamás debían ser separados.
Si esto ocurriera, de una u otra manera, volverían a reunirse.
 
     -    Te pertenecemos Iberá –dijeron las piedras –eres nuestro dueño.
-
        
Como es eso?....preguntó el pequeño indio.
 
Entonces las piedras le contaron que pertenecieron a un valiente guerrero, de nombre Urú, un cacique muy importante, que había vivido hacía más de un siglo. Sin dudas era uno de sus ancestros.
Dada su dignidad, el hombre se había retirado a morir en soledad, entregando su alma cansada al dios bueno Tupac, y con él quedaron sus armas.
Esas piedras habían estado allí todo ese tiempo: mas de cien veces habían pasado las estaciones de los días largos y las estaciones de soles ardientes, esperando al verdadero dueño: Iberá.
 
     - Acaso no habréis dicho que pertenecíais a Urú, el guerrero?
     - Sí, hace muchas, muchas lunas, un guerrero nos unió para siempre. Fuimos sus compañeras inseparables y nos adherimos ambas fuertemente a él. Desde la salida del sol, hasta la otra salida, estábamos con él.
Le infundíamos valor ante el temor a la hambruna de su tribu, o ante la amenaza del invasor. Cuidábamos de su vida, cual espíritus guardianes. Su vida era más preciosa que cualquier otra cosa.
 
-
        
Cómo es que estáis conmigo ahora? Por favor, soy tan solo un niño, no logro entender! –rogó casi en un sollozo Iberá.
-
        
Se habla mucho de lo que ocurre después que el alma abandona el cuerpo –dijeron.
-
        
Lo sé, Guaycurú me lo ha contado.
-
        
Es verdad Iberá, pero no te ha dicho que, a cada alma se le da la oportunidad de volver a “encarnar”. El dios bueno Tupá, hace posible que por cientos y cientos de estaciones de días largos y soles quemantes, como dices tú, vuelvan a vivir, para ser mejores cada vez y parecerse más y mas al dios bueno....
-
        
No, no....esperad: estáis tratando de decirme que yo mismo, soy ese guerrero valiente y que vosotras me pertenecéis?
-
         Así es Urú. Tu fuiste ese gran guerrero. Todo lo que el hombre posee, le pertenece por derecho de conciencia e inexorablemente vuelve a él. Nada es casualidad. Todo es “causalidad”. Por la causa que te pertenecemos, tómanos otra vez, gran guerrero!

 

                                                                                    continúa



  
 (NOTA: ya lo había publicado, pero decidí hacerle unos arreglos y dividirlo en dos partes)
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Comentarios:

Escrito por: omenia       24/06/08 16:12
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Estaba segura de haberlo leído y comentado pero no te preocupes, es precioso.
Escrito por: AndresMiranda       22/06/08 16:15
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Liadísima Historia muy nuestra, y de infinidad de tribus del planeta.
Las creencias de unidad entre las cosas importantes del momento se hacen parte de espirituales ritos.
Haciéndolas volar por el tiempo nos las llevamos al futuro y las traemos del pasado.
Un beso
Andrés
pd. Te sigo en el. II
Páginas: 1

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