Tomé de la mano a mi pequeño nietito, rosado, vivaz y cariñoso, y nos fuimos camino abajo a disfrutar de los primeros rayos de la mañana y de la brisa fresca. Llevábamos pelotas de goma de vivos colores, que hacíamos rebotar en el pavimento para recogerlas mientras saltábamos estirando las pìernas. A los pocos minutos se nos unió mi hija, que adora a su sobrino. Ellos, más que yo se adelantaron unos cuantos metros, doscientos quizás, jugueteando alegres.
No habíamos caminado cinco cuadras cuando una triada de perros que acababan sus dueños de soltar y sacar de sus madrigueras salió a nuestro encuentro. Venían como balas, ladrando como locos, amenazando morder. No eran perros de raza; pero lindos sí. Sus dueños se esforzaban inútilmente con gritos y silbidos tratando de hacer retroceder a las bestias o que se detuvieran, por lo menos. En ese momento pensé en un vecinito, cuya pequeña y peluda mascota canina, con la que había jugado por más de cuatro años, sin explicarse por qué, lleno de furia lo atacó desgarrándole la cara y a punto estuvo de sacarle el ojo izquierdo.
Aún hoy, después de grandes esfuerzos médicos y gastos, la cirugía plástica no ha podido reconstruir aquel rostro de ángel.
En el último año se habían registrado en todo el país más de quinientos accidentes ocasionados por perros, la mayoría por animales entrenados para la caza humana. A veces habían atacado en pequeñas jaurías, a veces solos. La última víctima fue un hombre que murió destrozado por un solo perro, fuerte como demonio. El acontecimiento ha sido comentado ampliamente en la prensa y en la televisión. En los Tribunales de Justicia ha sido objeto de encarnizadas querellas. Además ha suscitado disgustos diplomáticos entre países vecinos por tratarse de que el fallecido era extranjero.
Mis temores no tardaron en hacerse realidad. Mientras mi hija logró hacer retroceder a dos de los perrillos que seguían chillando desaforados, el tercero, un poco más robusto, llegó hasta la inocente criatura que en su candidez no mostraba la mínima aprensión ante el inminente peligro.
Ella, salvando al pequeño, no pudo evitar que la fiera clavara los filosos dientes en la parte posterior y baja de la pierna para dejar siete orificios y un duro y amoratado cardenal. Todo esto ocurrió en fracción de segundos.
Yo dije, en forma explícita, que deseaba asesinar aquellas bestias, fuera apedreándolos, o a palos, o envenenándolos o como fuera. Ante mis furiosas imprecaciones, mi hija me volvió a ver interrogativa y tierna. No lloró a pesar del dolor y la impresión; pero temblaba. ¡El dolor lo sentía yo internamente! Dirigiéndose a ella, mi pequeño niño imploró: no, tia Vita, mejor busquemos un montón de pulgas y se las echamos, para que tengan que pasar toda la noche rascándose.
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