Para rescatarla del mundo de las tinieblas. Para liberarla de las caricias perversas de los demonios, y respirar el aire dulce enemigo de su lasciva adicción, perseguían el camino prohibido y sin retorno, guiados por su dolor, por la adhesión de un hombre, hijo de la nada.
Ilobia era el nombre de su presencia, pero su espíritu se resistía a ser
llamado, sólo podría ser pronunciado por aquella a quien buscaba, serafín de
Pero el mismo fuego que ahora veneraba detuvo su marcha y su esperanza; el mismo horizonte que les rodeaba y acompañaba desapareció, consumido por la pasión de las llamas. Y así, obligados por el temor a la muerte, fueron rodeados, y los seis formaron el círculo de su tortura.
Allí
apareció. Los rayos del cielo, traicionaron a los Dioses y fueron seducidos por
el ardor de sus ojos: hija olvidada de
Su voz surgió del vacío, y todas sus palabras parecían ser sólo martirios para aquellos que escuchaban. La salvación no proviene de almas tan débiles, burlaba, y cantaba con gracia hiriente la ingenua intención de robarla, y separarla de tan hermosa adhesión.
Y en todos las lágrimas devoraban sus ilusiones; en todos menos en aquel que solo trataba de buscar en ella a quien tantas veces retuvo en sus brazos, pues sabía que la esencia maldita que hurtó su ser, era quien ahora brillaba ante todos.
Como respuesta a sus plegarias, o más bien como el verdadero sentido de su imagen en tan preciso momento, serafín levantó su rostro y lo miró: y sus ojos ya no eran amantes de las flamas, pues el rojo le abandonó, y era ahora su mirada triste y conocida quien le contemplaba.
El silencio suspiró en ese instante, y ella se levantó, sólo para Ilobia. Acercándose le susurró, reflejo de la debilidad que aún mantenía para dominar a su cuerpo para sólo decir una frase, que le hirió más allá de la inexistencia: Si me amas déjame ir.
Imploraba por el abandono, no de su corazón, sino de su presencia. Continuar hasta su estadía en su mundo de la perdición era tentar a lo imposible: era matar al único brillo que en ella aún existía.
Y allí, antes de que cualquier otra cosa fuera hecha, para los dos, su mente divagó y volvió la luz infernal en su ser: sus ojos malignos le invadieron y comenzó a caminar entre los que el terror bailaba. Sentir como el grito invade tu más excitante dolor, tu más ardiente dolor, pronunciaba, murmuraba en los oídos de seres inmóviles y de frágil corazón. Les atormentaba, y su sonrisa mostraba cuanto lo disfrutaba.
Sé que no crees en mí perdido en la negrura ¿cómo puedes verme? su voz se exaltaba con cada gemido que escuchaba, y devoraba toda sensación de sufrimiento que otro irradiara. Pero de nuevo su mente trató de cambiar, para dar su último mensaje
Cuando volvió ante él, todo el fuego desapareció: en ella y a su alrededor. No le dejaré triunfar, la salvación depende de mi; era su batalla, era su lucha. Y su corazón comprendió, la nostalgia le poseería hasta que ella venciera, o hasta que la muerte lo consumiera.
Al ver que Ilobia, hijo de la nada, a quien amaba más allá de lo posible, resignó su camino y asintió para ella, a su alma volvió la fuerza, y el brillo de la fe. Y antes de desaparecer, de volver a su delirio, le hizo recordar el dulce momento que ambos vivieron frente al mar que alguna vez les ocultó.
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