Más allá de un deseo

Categoría(s): Fantasía, nostalgia, dolor, terror, amor

            Para rescatarla del mundo de las tinieblas. Para liberarla de las caricias perversas de los demonios, y respirar el aire dulce enemigo de su lasciva adicción, perseguían el camino prohibido y sin retorno, guiados por su dolor, por la adhesión de un hombre, hijo de la nada.

 

            Ilobia era el nombre de su presencia, pero su espíritu se resistía a ser llamado, sólo podría ser pronunciado por aquella a quien buscaba, serafín de la Luna, su dueña, que había abandonado. Y aquellos quienes le juraron lealtad, también marcaban los pasos de la tierra fúnebre y sombría.

 

            Pero el mismo fuego que ahora veneraba detuvo su marcha y su esperanza; el mismo horizonte que les rodeaba y acompañaba desapareció, consumido por la pasión de las llamas. Y así, obligados por el temor a la muerte, fueron rodeados, y los seis formaron el círculo de su tortura.

 

            Allí apareció. Los rayos del cielo, traicionaron a los Dioses y fueron seducidos por el ardor de sus ojos: hija olvidada de la Luna. Arrodillada en el centro, vestida por la oscuridad, deslizaba sus largos cabellos desde el suelo y con sus brazos levantaba su cuerpo hasta mostrar el rostro del mal.

 

            Su voz surgió del vacío, y todas sus palabras parecían ser sólo martirios para aquellos que escuchaban. “La salvación no proviene de almas tan débiles”, burlaba, y cantaba con gracia hiriente la ingenua intención de robarla, y separarla de tan hermosa adhesión.

 

            Y en todos las lágrimas devoraban sus ilusiones; en todos menos en aquel que solo trataba de buscar en ella a quien tantas veces retuvo en sus brazos, pues sabía que la esencia maldita que hurtó su ser, era quien ahora brillaba ante todos.

 

            Como respuesta a sus plegarias, o más bien como el verdadero sentido de su imagen en tan preciso momento, serafín levantó su rostro y lo miró: y sus ojos ya no eran amantes de las flamas, pues el rojo le abandonó, y era ahora su mirada triste y conocida quien le contemplaba.

 

            El silencio suspiró en ese instante, y ella se levantó, sólo para Ilobia. Acercándose le susurró, reflejo de la debilidad que aún mantenía para dominar a su cuerpo… para sólo decir una frase, que le hirió más allá de la inexistencia: “Si me amas… déjame ir”.

 

            Imploraba por el abandono, no de su corazón, sino de su presencia. Continuar hasta su estadía en su mundo de la perdición era tentar a lo imposible: era matar al único brillo que en ella aún existía.

 

            Y allí, antes de que cualquier otra cosa fuera hecha, para los dos, su mente divagó y volvió la luz infernal en su ser: sus ojos malignos le invadieron y comenzó a caminar entre los que el terror bailaba. “Sentir como el grito invade tu más excitante dolor, tu más ardiente dolor”, pronunciaba, murmuraba en los oídos de seres inmóviles y de frágil corazón. Les atormentaba, y su sonrisa mostraba cuanto lo disfrutaba.

 

            “Sé que no crees en mí… perdido en la negrura ¿cómo puedes verme?”… su voz se exaltaba con cada gemido que escuchaba, y devoraba toda sensación de sufrimiento que otro irradiara. Pero de nuevo su mente trató de cambiar, para dar su último mensaje…

 

            Cuando volvió ante él, todo el fuego desapareció: en ella y a su alrededor. “No le dejaré triunfar, la salvación depende de mi”; era su batalla, era su lucha. Y su corazón comprendió, la nostalgia le poseería hasta que ella venciera, o hasta que la muerte lo consumiera.

 

            Al ver que Ilobia, hijo de la nada, a quien amaba más allá de lo posible, resignó su camino y asintió para ella, a su alma volvió la fuerza, y el brillo de la fe. Y antes de desaparecer, de volver a su delirio, le hizo recordar el dulce momento que ambos vivieron frente al mar que alguna vez les ocultó.

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Comentarios:

Escrito por: Ozymandias       13/06/08 05:48
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Tacoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooos!
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