
Los hilos reposaban lánguidos desde hacía meses. Con sus músculos de estopa contraídos en una posición incómoda, Marion penaba su encierro en soledad.
Desde aquel día en que don Manuel la abandonara en ese oscuro rincón del armario del taller, la hermosa muñequita de trapo se iba cubriendo más y más de polvo y olvido. Con tanto por decir su boca no podía siquiera torcerse en una mueca. Su cabeza ligeramente inclinada, soñaba en su flojera con nuevos pasos y piruetas; creaba en su mente por vez primera sus propias historias, ensayaba entre fantasías nuevos gestos personales. Inventaba guiños de ojos, gráciles movimientos con sus manos y hasta veintiocho formas diferentes de agitar su cabello.
Las últimas semanas las había dedicado a reinventarse sin embargo y en el fondo de su corazón, sabía que nada podía hacer por sí misma. Sin la vida prestada por el maestro de sus hilos le sería imposible poner en marcha ni uno solo de sus sueños. Aunque, de existir un dador de vida dispuesto a tomarla bajo su cuidado, imprimiría a sus miembros su caprichosa voluntad haciendo caso omiso a los secretos deseos de Marion. La haría danzar torpemente y enunciar frases absurdas y vacías. Ella quería hablar al mundo de cosas serias, del trato inhumano a los muñecos, la sobreexplotación por parte de sus dueños, del dudoso retiro de los más viejos, pero también sobre la soledad de los seres humanos, la triste expresión de aquellas marionetas sin hilos condenadas a repetir las mismas rutinas todos los días de sus vidas.
Todo permanecía encerrado en su alma como un anhelo tonto, imposible. No obstante y a pesar de la frustrante quietud prolongada a la que estaba sometida, prefería mil veces tener un cuerpo y un alma sin vida pero con la libertad de pensarse y recrearse en cada instante, a la vitalidad esclava de los hombres que aunque sin hilos, se movían torpes bajo el control de oscuros y anónimos titiriteros.









