


| Escritor: | fantasmaalineal |
| Públicado: | 30/11/2007 |
Cuento no. 20
Tierra
Diciembre de 2000
Radu murió hace años. La anciana Mirolantta murió con él; cuando ella
volvió del coma, la personalidad nueva y triple la sustituyó tan completamente
que nadie podía reconocerla. No sabemos si agradecerle o reprochárselo. Valga
ahora para
MAQUILLAJE
Martha Elisa Camacho Alcázar
Brillante, pensó Radu, al contemplar la imagen en el espejo.
La magia de Mirolantta funcionaba y su reflejo existía ahora, gracias a la hechicera, descubriendo un rostro que aún siendo el propio, había permanecido tan ajeno como conocido durante mucho tiempo.
El noble moroi no encontraba un solo defecto en la translúcida piel, en la definición perfecta de la boca, en el trazo de nariz y cejas, en la delgadez de manos y miembros, elegantes, armoniosos.
Miró entonces los ojos y reconoció al Mal en ellos, a la oscuridad insondable, al desvanecimiento en la mas completa de las perversidades y sonrió, inevitablemente, poniendo al descubierto sus caninos, aperlados y voraces. El extremo afilado de uno de ellos se clavó en el labio inferior, involuntariamente y la gota de sangre brilló como un rubí perfecto.
Antes de que Aurelia reaccionara, Radu limpió la gota lamiendo sus labios, saboreando más su propia piel que la sangre misma.
Aurelia parecía encontrarse frente a Dios, por su mirada de adoración; el amplio sari cubría apenas sus hombros y, jalado hacia abajo por el peso redondo de los senos, pecosos de sol impúdico, estaba en riesgo de resbalar al piso en cualquier instante, cosa más esperada por ella que por él.
Los ojos de Radu cambiaron repentinamente al verla, desde la excitación súbita al más total hastío, en un instante y Aurelia lo percibió, llorosa y angustiada.
Como un ritual largamente esperado, llevó las manos de ella al cuello de él y la hizo abrir, suavemente, el zipper velcro del traje de plastiacero de una sola pieza, surgiendo de él en su completez, la nacarada piel al aire. Sólo se escuchó el rasgar del zipper, como el de una antigua tela y el suspiro contenido de ella; al intentar besarlo, Radu la esquivó.
Y lo mismo ocurrió cuando ella trató de abrazarle, deshaciéndose del ya molesto sari.
Radu se regodeó en su risa primero y luego, en la angustia y humillación de la joven, al verse rechazada; Aurelia intentó acercarse a él una y otra vez; se enfureció, lo provocó acariciándolo todo sin obtener mas que la risa del moroi, lo insultó a gritos y trató de arañarlo y, cuando por fin se soltó de él y rompió en llanto, Radu hizo una mueca de desilusión, la besó y le rompió las vértebras del cuello con una sola mano.
Después, lamió delicadamente la sangre que manaba de los labios de ella, muy poca, en realidad, y la dejó caer con el desprecio con el que se tira la basura.
El cuerpo de Aurelia golpeó el piso como un fardo
-Ah Mirolantta, querida! ¡Debiste haberla visto! Sus cabellos tan rizados y sus ojos de vaca, comiéndome a pedazos de lujuria...¡Las mujeres son tan terribles, tan hermosamente animales!
La hechicera y alquimista contempló al moroi, desdeñosamente
-No te envanezcas, Radu. Ese brillo en tus ojos no lo debes a ti mismo
El hermoso joven tomó una de las peras del frutero y la cortó en diminutos pedazos con el cuchillo de plata
-No puedes quitarme ese disfrute, Mirolantta; es maravilloso ¡Mucho más que la calidez de la sangre misma!!- rió
Ella le quitó el cuchillo
-Debes tu vida actual a esa calidez. Lo que estás haciendo no nos está prohibido, Radu, pero nos humaniza, nos debilita Y hay que tener cuidado con esta cosa; Huxley mismo no pudo controlarlo
-El maquillaje? Ah si- Radu no dejaba de mirarse en el espejo mientras hacía puré la fruta, junto con su cáscara roja- olvidaba que debo agradecértelo, querida mía aceptarías el toque de mi piel por una noche?- añadió, con estudiada indiferencia.
Mirolantta suspiró, furiosa, las ventanas de us nariz más abiertas que de costumbre, por la ira. Señaló la fruta mancillada y ya oxidándose
-A esto me refiero, Radu; no necesitas destruír toda la fruta ¡Ni siquiera puedes comerla!- él se encogió de hombros
-No me importa- embarró sus manos de jugo y pulpa, cual si se lavara en ella como agua- Tú me has enseñado otra forma de beber el jugo de nuestra fruta favorita, Mirolantta; recuerda a nuestro querido Cayo y su Drusilla deja atrás ese enojo y acepta mi piel esta noche, en pago a la tremenda felicidad que me has descubierto, qué dices?
Nada pude contestar. El sólo roce de su piel habría sido el agua para el sediento o la salud para el moribundo.
Sí, le deseaba tanto o más que Aurelia o que muchas otras y a diferencia de ellas, sabía lo que era ganar y perder, pus sólo una vez le había poseído, una única vez, la que bastara para perderme de mí, al extremo de utilizar todo mi saber en el enterrado arte químico de Huxley.
Había consumido noches de vida, privándome de la caza esencial, sobreviviendo con la sangre mínima tan sólo por complacerle. Y Radu lo sabía.
El negro cabello y los brillantes ojos desentonaban en un rostro
aparentemente joven, pero tan viejo como
Radu era un vampiro diferente a todos nosotros en el uso de su habilidad de cazar. No lo hacía por necesidad nominal, sino por el placer que le daba el sufrimiento de sus víctimas. El dolor de una joven rechazada lo mantenía bello y vivo durante semanas hasta que la ilusión se perdía. Entonces, buscaba a otro u otra, tan capaz de sufrir como la anterior y su belleza extraordinaria y su aparente candidez eran un arma perfecta para destruír incautos
-O acaso me temes? rió incontenible- Mirolantta somos vampiros o pobres humanos??! No decías que me deseas?
Sonrió como sólo los no muertos lo hacemos y tuve que admitirme que, efectivamente, el deseo nacía en mí como si se tratara de un joven mortal, al mirarle. Escuché la sangre latir en su corazón y temblé frente a su sonrisa
-Sí , querido mío, bellísimo, tienes razón; te deseo como si aún estuviera viva -tragué saliva, forzando a las palabras a salir-pero jamás tocaré el veneno claro de tu piel, de nuevo. Te regodeas en la angustia y el sufrimiento, moroi; vives gracias a ello y eres más monstruoso que cualquiera de nosotros, al tirar así tanta vida y tanta sangre! ¿Crees que ignoro lo que ocurrirá si intento besarte? Mi dolor te nutrirá y aumentará tu belleza mil veces, ángel mío. Déjame. Es mi miseria suficente -mis lásers cayeron al piso-vete de aquí, por favor
Radu me ofreció sus mejillas para que las besara pero sólo sintió el helado tacto de la mía. Haciendo una mueca, caminó disgustado hasta su sarcófago, se quitó toda la ropa y envolviéndose en seda roja, se acostó en el, cayendo en el Divino Coma al instante.
Contemplé el sol, mortecino. Era casi el mediodía marciano, pero el color de la luz se mantenía como el de un anochecer terrestre y esa era nuestra razón de estar en ese lugar.
No todos habían sobrevivido al cambio, de acuerdo a lo predicho por Huxley.
No morirán en Marte. Ni siquiera el sol podrá dañarles, puesto que su luz es la de un atardecer permanente, siempre y cuando se protejan al salir a la superficie. Mientras se mantengan entre los humanos, nadie les dañará por otro lado, no vale la pena vivir ahí, hasta que no haya comida suficiente, así que no mermen las reservas. De antemano, ya saben que serán pocas Y no permitan la existencia de moroi entre ustedes
En medio de mis recuerdos, casi podía escuchar su dulce voz y admirar sus azulísimos ojos, medio ocultos por los espejuelos y las guedejas de cabello rubio y lacio
Los moroi son perniciosos, son demasiado humanos en la fe de sus apetitos, no los controlan ni dominan y son tan desleales como un ser humano son capaces de beberse entre ellos y destruyen nuestra herencia de eternidad con la facilidad de una vida humana Mirolantta, eres mi más fiel alumna, la más amada; no creés un moroi jamás o el sabor de su piel hará que realmente te arrepientas de tu condición de vampiro
Fuì a dormir algunas horas y en lo que el sueño llegaba, recordè a Radu.
Era un príncipe esclavizado, un cautivo màs de las legiones romanas, del pueblo belazar, mas allà del Bàltico, un joven humano con demasiado de las dos cosas. Un soñador ambicioso y petulante y altivo como un mosquetero, con esa vanidad terrible que encubre todas las inseguridades, con tanta belleza como sangre dentro de ella y tanta vida como oscuridad en mì.
Le hice mìo por la pura gana de verlo cazar y sobrevivir y vencer a la muerte; y le hice vampiro por la sonrisa compartida, cubierta de sangre tibia, y gracias a la ciencia de Huxley, que me permitiò amarlo como una mujer y sentirlo en mi como un hombre, pese a que ambos estàbamos muertos.
Antes de
Amarle era un error tràgico y fácil de cometer, peligroso como la luz solar y con la ternura del niño mortal al que desgarraremos el corazoncito, en una tarde frìa. Protegì su vida cuando fuè frágil y sus primeros pasos en la casa y en la muerte, adorando su sonrisa y cada segundo de su nueva vida, con el corazòn lleno de luz oscura y la compañìa de sus manos
Y, con mis millares de años de conocimiento encima, me equivoquè al crearlo.
He sabido demasiado de los secretos de Huxley: volver a la vida a un muerto humano y rehumanizar a uno de los nuestros: crear soles de la nada y destruìrlos con un mìnimo de energìa y cambiar y alterar las formas de vida reinantes. Sè que los virus son hermanos nuestros en miniatura y me hubiera gustado ver la cara de los cientìficos, de saberlo ellos.
Nuestro reflejo era invisible al espejo por cuestiones de cuantos de luz, pero conozco las fòrmulas casi màgicas para contrarrestar ese efecto.
Jamàs pensè que un truco tan infantil ejerciera en mi joven àngel el efecto terrible de convertirle en moroi: la fòrmula que lo hizo visible a sì mismoacabò por desquiciarlo cual si hubiera sido Narciso.
El moroi es el màs antiguo de los seres, aquel que disfruta del sufrimiento humano y no hace nada por reducirlo, un verdadero monstruo; el que se complace en el dolor que el desamor y el desprecio producen; el que alienta venganzas y atesora rencores para esparcirlos libremente entre los mortales, bebiendo de ellos su angustia y su soledad; el que se mantiene como amigo, hipócrita, destruyendo cada uno de los lazos de amistad y tiene faz, ademàs, para consolarlos.
Yo estaba dèbil y ya era vieja, aunque no lo aparentara y no pude detenerlo ni destruìrlo tampoco. Y Radu me dominaba con una sola mirada
-Querida mìa, los humanos, en su antiguo mundo, tenìan demonios y dioses y temìan màs a los primeros de lo que amaban a los segundos. Me propongo ser el demonio de este lugar què te parece?
Esa fuè su justificación y mi preocupación al mismo instante, pues todos los depredadores necesitamos alimento y la sangre sintètica sòlo sirve por corto tiempo.
Un moroi habrìa terminado con la aùn escasa población humana y por ende, con los pocos nuestros que quedaban
Terminè de quitarme la armadura; el gran sopor cerrò mis ojos. Soñè.
Gotas heladas de whisky sobre mis senos y la càlida lengua de Radu en ellos, describiendo cìrculos perfectos
La pesadilla me despertò al instante, aterrada como mortal, angustiada como mujer humana.
Los negros ojos de Radu me espiaban al borde de mi sarcófago; era evidente que no me hab`+ia tocado, pero sì que se estaba alimentando ya de mi angustia.
-Y bien? ¿Dònde lo pusiste?
La ira le prestaba ese pequeño rugido al terminar las palabras, caracterìstico de todos los nuestros, que deforma la voz y aterra a los mortales. No le ocultaba nada, pero percibì al mismo tiempo que no dudarìa en matarme para obtener el preciado maquillaje.
-La fòrmula se ha terminado, moroi. Deberàs esperar a que uno de los nuestros muera naturalmente para que pueda prepararte màs
Mi voz sonò perfectamente calma. Radu no perdiò tiempo buscando; sabìa que le estaba diciendo la verdad. Reclinò su perezosa y desnuda belleza en la ojiva de cristal y aùn lo recuerdo asì, como una estatua de Cellini montada en un marco metàlico desde donde se contemplaba un paisaje tan absurdo como imposible; las increíbles pirámides de Cydonis.
-Còmo muere naturalmente uno de los nuestros?- su voz sonaba tan joven e ingenua en la pregunta que me hizo sacudir la cabeza. La respuesta, asombrosamente, llegò del otro lado de la amplia sala.
-Es difícil. Sucumbe a la tentaciòn tras haber tenido los colmillos v`rigenes. O se enamora de un mortal. O hace votos de misericordia y no vuelve a asesinar ni a ver sangre. O el ultravioleta de la superficie traspasa sus huesos, durante el mediodìa marciano
La voz de Ferdinand sonaba demasiado gangosa, demasiado humana para reconocerse como uno de los nuestros. Era el ùltimo de los Huxley : no tan sabio como su primo Steven, pero sì infinitamente màs prudente.
-Eso ya no es tan difícil, Ferdinand- el aludido sonriò, dejando ver la punta tìmida de unos caninos delicados y diminutos, dirìase los de un niño; Su rostro realmente era fino e infantil y parecido sòlo a Steven en el fulgor elèctrico de los ojos azules y en el lacio cabello rubio, el cual cubrìa la ausencia de orejas.
-Dije muerte natural, Radu. Que arrastres a uno de los nuestros a la superficie servirà de muy poco y ademàs- los dos hablamos al mismo tiempo- no necesitas el maquillaje. Tienes todo lo que puedes desear y poseemos un mundo nuevo
-Quiero el mal
Ferdinand me sonriò, con sarcasmo; seguì hablando, a la luz de los ojos del vampiro.
-Sì, entiendo tu ilusiòn de ser el nuevo Mal, el nuevo Demonio; ellos se
bastan solos. Acaso no has visto còmo nos destruyeron
-Mirolantta, me repugnas, eres una moralizante y los detesto, me recuerdas a esos locos que se enamoran de los mortales!! Y Steven Brian Huxley era uno de ellos!!-
Ferdinand no hizo mas que sonreìr, frente a la mención por parte de Radu de su pariente, posiblemente la mezcla màs extraña que se haya dado entre pensamiento màgico y ciencia.
-Te equivocas. Amaba a Huxley por sus conocimientos y de ellos te hablo ahora, Radu
-Pues entonces recurre a esa ciencia y fabrìcalo!!- Su ira fuè tangible y me estremeciò- no me importa lo que hagas! Me amas y eres mi esclava! Mataràs si te lo ordeno, entiendes?
-Cada quien mata sòlo para si mismo, Radu, es una ley entre los nuestros
-No me importan las leyes, sòlo la mìa
Tomè las dos espadas làser, sonriendo
-Què me haràs si no lo hago, moroi?
Su beso me cerrò la boca y el veneno odio cristalizado- en sus labios me hizo màs daño que la luz solar directa; quemò los mìos hasta ampollarlos y deformarlos. El dolor fìsico me traspasò, mientras escuchaba su hermosa risa, mientras su piel aumentaba de brillo conforme el dolor me estremecìa. Ferdinand se paralizò de ira y terror; su rugido alejò a Radu ràpidamente.
-Ahora, querida, ya sabes lo que puede pasar. Y quizà tus cenizas sirvan de abono a mi huerto buenas tardes a los dos
Radu desapareciò en el interior de la cùpula. Ferdinand suspirò, molesto: mojò sus dedos en saliva y tocò mis heridos labios, los cuales cicatrizaron al instante.
-Tu segundo nombre deberìa ser Fausta, Mirolantta querida, què haras ahora??
A pesar de mi impotencia, sonreì
-Resolverlo, Ferdinand. Miles de años no se viven fácil y menos a resguardo de mortales y otras lacras
-Necesarìsimas, Mirolantta; hace cuànto no tenemos un moroi sin control?
-Si mal no recuerdo, desde que Eva la primera muriò a manos de Frank
-Màs de cien
Mi llanto fuè tangible y Ferdinand secò mis làgrimas, manchando de rojo el borde de la camisola de seda
-No hay tantos humanos, Mirolantta. No desperdicies tu preciosa sangre- me acercò los cidis y unos cuantos y viejìsimos libros- sabes muy bien què hacer
Ferdinand se desvaneciò en la baja gravedad mientras yo pensaba, rodeada de niebla producida por mi propia humedad.
Recuerdo aùn el dolor que me produjo ver còmo Radu asesinaba a Aurelia. La habìa amado con verdadera pasiòn; la destrucción de aquel trocito de vida que lo adoraba me pareciò una blasfemia inútil, pues si bien Aurelia morirìa a manos nuestras o del tiempo, la brutalidad de su muerte me estremeciò
Radu era un monstruo ominoso, egoísta y ridìculo. Me sentì avergonzada al darme cuenta de que en contraste con su enorme belleza, su capacidad de gracia, inherente a nosotros iba en sentido contrario.
Lo que yo habìa creado y creìdo- como un àngel excepcional, no pasaba de ser un asesino vulgar, un enfermo sàdico y estùpido, a merced de sus deseos, simples y obscenos.
Recordè a Comodo, otro de nuestros emperadores, quien mataba a las fieras tras un enrejado y tras hacerse salpicar de su sangre, exigìa las medallas del gladiador y còmo la burla de una de sus amantes le costò el ser arrojada a esas mismas fieras.
Y Comodo era de una belleza esplendorosa. Pero nada màs.
Radu, matando y atormentando humanos tras la segura reja de su nomuerte
Nada màs me repetì por dentro, descubrièndome toda la verdad. Nada màs pasarìa y Radu no matarìa ni harìa sufrir a ningún otro ser humano.
Prescindiendo de rituales, iniciè a un joven mortal y lo asesinè en el aire helado de la superficie, durante un crudo amanecer veraniego. Luego, de su sangre, de sus elementos bàsicos, tomè los cristales necesarios que variarìan la vibraciòn cuàntica del rostro y piel de Radu, hacièndolo visible a los espejos e invulnerable a la luz normal, en mas de un sentido. La voz de Huxley apareciò en mis sueños, màs allà de la muerte
Mirolantta!! No lo hagas!!
Pero a pesar de su voz y los sueños, trabajè incansable hasta obtener del cuerpo completo de aquel joven vampiro apenas una pulgarada del màgico polvo.
Me dirigì a la tumba criogènica de Aurelia, llevando los cidis autolegibles de Huxley y abrì los ùltimos capìtulos, los que se referìan a resucitaciòn humana y que la contessa Clarimonda alguna vez habìa utilizado para su personal provecho.
No sòlo le devolvì la vida a Aurelia. La inundación de sus ojos, de un rojo sangre oscuro, me permitiò darme cuenta, con una sonrisa, que mis habilidades cientìficas mejoraban con el tiempo.
Aurelia despertò vagamente hambrienta, temblorosa en su ropa de piel humana y yo esperè la luz de la tarde.
El atardecer marciano es tan engañoso como su amanecer mismo; las nubes corren ràpidamente, el cielo se sonrosa y nunca pasa de ese color. Es un amanecer perpetuo que lo pone a uno un poco nervioso al principio. El color rosado de la aurora era exactamente igual al de las mejillas de Radu: aùn entonces, en cada paso, en cada segundo, le amaba y mi tortura se recrudecìa aùn màs cuando me daba cuenta de lo que tenìa que hacer.
Llamè al moroi y le mostrè, bajo la cùpula, el pequeño pote del maquillaje. Radu me premiò con una de sus inefables y perfectas sonrisas, tomò las brochas de maquillaje y corriò hacia el enorme espejo, como un niño con juguete nuevo.
Conforme lo aplicò a su rostro, èste fuè surgiendo frente al espejo y después, su magnìfico y bello cuerpo. La rosada luz del exterior incidiò sobre el espejo y en vez de la blancura casi espectral de nuestra piel, la de Radu se tornò firme y rosàcea y èl mismo se asombrò de su propio tacto y de su nueva imagen.
-¡Ah, querida! ¡Es magnìfico! Y el cosquilleo que siento en cada poro es nuevo!
Esperè, con la calma aprendida de los siglos de vida, a que la transformación se verificara y el maquillaje hiciera todo su efecto; el cabello de Radu pareciò oscurecerse y alaciarse aùn màs y sus ojos y boca cobraron tintes de humedad vitales y su cuerpo adquiriò peso y perdiò esa etèrea cualidad en el paso, que nos identifica.
Me mirò, asombrado, de parecer algo tan vivo y yo contemplè los ùltimos rayos del sol marciano, antes de sonreìr
-Veràs, mi querido Radu, los vampiros somos inhumanos e inmortales, porque permanecemos como toda ley natural, al margen de la ley humana y obedecemos a nuestra propia justicia. Pero un moroi se abandona a lo que quiere, como un humano; hace lo que se le dà la gana, como un mortal y no le interesa si hay o no justicia en ello. Antes bien, elige para su propia satisfacción siempre - destruí las brochas entre mis dedos por el hecho de que sabe que morirà, tarde o temprano.
Toquè su bello rostro, de carne tibia y firme y me agradò el terror absoluto de sus ojos negros y màs me agradaron aùn sus forcejeos inútiles para librarse de mì.
Dejar a Aurelia pequeño y rotundo animal salvaje, lleno de gracia cual terrestre gacela y venenoso como serpiente e igual de letal- adueñarse de èl y matarlo es, con mucho, una de las màs difíciles cosas que me he permitido hacer.
No probè su sangre, aunque la deseaba; la joven Aurelia quedò contagiada, mientras ambas escuchàbamos el latir del corazòn de Radu, aquietàndose poco a poco. Abrì entonces la cùpula, dejando pasar toda la radiación y el cuerpo de Aurelia se volviò cenizas sobre Radu. El pote del maquillaje quedò aplastado sobre el piso ocre mientras de los ojos de Radu cayeron aùn las ùltimas làgrimas, una a una, interrumpiendo el silencio absoluto de la bella noche marciana. Llorè inconsolablemente.
Y no olvides, querida Mirolantta, que el maquillaje humaniza, retornando todo al principio, pues ¿Qué es la misma vida sino un maquillaje a la misma muerte?!
La voz de Huxley se perdìa en mi interior, en el eco de cada làgrima
fin
|
Imprimir |
Enviar historia |


