La veo allí, en su esquina cerca del teléfono.
Mi hno. la saludó por un rato. No quiso saludarme, pues, como cada ser, anda en sus cosas y sus afanes...
Está en silencio. Su cabello gris y blanco los tiene revueltos y sus manos se mueven con gusto y disgusto.
Son noventa años. Ya desea "partir" como dice ella, pero ¡de arriba! no le responden.
Toda una vida. Tanto afán tanto trabajo, y me cuenta que no haya a nadie que la desee acompañar ni cuidar.
-¡Gánese el Kino, abuela! hasta yo mismo me ofrezco para cocinarle, para lavarle y hacer todo el ofioco que hoy no puede hacer, aunque quiera.
¡Se ríe! Se sonroja, pero, esa mueca entre alegría y dolor se convierte en ese silencio, que sólo comprnede aquel que lo sufre y padece.
-¡Zaida me cocina! Tengo tantas ropa por lavar, pero aunque me deja una sopita hecha ¡le pone tanto aceite!
-¿No le sirve el limón, para cortar la sensación?
-Es que, a veces, me gusta ¡y otras no!
-La entiendo... pero, si viene alguien, comenzará a preguntar y, poco a poco, ¡la irán mudándo! y se quedará más sola.
Vuelve a reir. ¡Noventa este noviembre!
-¡Solo la gata me entiende!
-¡Igual que me perro! por un trozo de pan, quizá con menos, los tiene uno al lado, sin esperar muchas caricias.
-Ya tu mamá estará por llegar.
-Viene en camino... pero dormiré en otra casa: No me gusta dormir en este pueblo.
Sigue allí, en la esquina de esa sala amplia, calurosa, en tanto, la gata negra de ojos de búho, ondea en sus piernas como entendiendo mi partida.
A.T.
Dedicado a mi abuela "Teodorita".
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