MADAME GUILLOTÍN
(TEXTO DEFINITIVO)
Una vez establecida la Revolución en Francia, el Dr. Joseph Ignacio Guillotín, como diputado miembro de la Asamblea Constituyente Revolucionaria, desde Paris, quiso incorporar, como forma mas humana y menos dolorosa, una máquina cercenadora de cabezas que, mediante un dispositivo mecánico, separaba certeramente la cabeza del resto del cuerpo del ajusticiado. La máquina pasó a llevar su nombre hasta el día de hoy, conservando, como efecto aberrante y desde estas fechas, un incómodo y gélido escalofrío que se concentra en la cervical al momento de mencionar el nombre del macabro artefacto.
Es bien sabido que durante El Terror su uso se hizo corriente y cotidiano, siendo la filuda y corrediza hoja de metal parte fundamental de las políticas efectistas de El Incorruptible, quien paradójimente, terminó sus días en una fosa con su cuerpo bastante lejano a su cabeza.
El caos ocurrido tras la muerte del tirano generó con el tiempo la necesidad de intervención del Gran General quien, tras su regreso de Egipto, da un golpe de estado, haciéndose con el poder. Las múltiples campañas del ahora Cónsul Vitalicio, permiten tener claridad en que el enemigo es el extranjero y no el hermano, ello hace que el uso de la cercenadora disminuya y casi desaparezca por completo durante el gobierno del posteriormente autoproclamado Emperador.
No sería sino hasta el advenimiento de la Restauración (o mejor conocida como el Terror Blanco) cuando el fatídico artefacto reaparece pero de un modo peculiar. Descendiente directa de Luis Estanislao Javier o simplemente Luis XVIII, la condesa Beatriz, ocupó unos alejados territorios en Provenza en busca de paz y armonía, dijo, después de los turbulentos años de inestabilidad política.
De tal suerte que La Dulce (como se hacía llamar en homenaje a su antepasada, Dulce Gévaudan, quien había gobernado Provenza cuando era aun Reino e independiente) con el beneplácito, o mejor dicho, la vista gorda de la Corona, instituyó en la región su reino propio y volvió a incluir el uso de la guillotina con fines ejemplificadores solía comentar- para mitigar cualquier exaltación del pueblo en virtud del reconocimiento del imperio Napoleónico.
Lo cierto es que Beatriz sabía más acción que de perdón y con el tiempo el uso recurrente de la hoja metálica fue tomando diversos matices y distintos actores, siendo habituales y preferidos para este castigo final, los amantes de la Condesa, la que desarrolló por costumbre enviar al otro mundo a cualquiera que haya sido su pretendiente o, al menos, su concubino, previo ajusticiamiento por decapitación y bajo cualquier cargo.
Se sabe que en su juventud, La Dulce, había sido ferviente partidaria de las ideas revolucionarias y feministas de Olimpia de Gouges, quien en 1791, inspirada en los planteamientos liberales de Condorcet, publicó los derechos Universales de la Mujer y la Ciudadanía e intentó introducir sus tesis (éstas si en verdad revolucionarias) en el programa de la Revolución con la aceptación que sólo una feminista puede tener en cualquier época. La dictadura jacobina se ofreció para terminar con sus ideas y su vida por la vía la pena capital mediante el uso de un instrumento filudo y brillante. ¿Cuál es?. Puede que, posteriormente, a Napoleón se le haya olvidado la influencia de esta consecuente mujer, pues mandó a abolir los derechos adquiridos por las hijas de Venus en el periodo anterior, muchos de ellos conseguidos bajo la influencia de la activista.
No obstante Beatriz olvidó nada y en su descabellada cabeza mezcló estas ideas con las que son propias de la represión que toda nueva corona puede contener y administró a su gusto un particular uso de la justicia en Provenza, contando a su haber con 314 decapitaciones, de las cuales se comentaba que un tercio habían sido sus de sus queridos.
La pasión que tenía por la muerte, también la tenía por el sexo, siendo tal vez las dos cosas una sola, sería por ello que, desde hace algún tiempo, había adquirido (y se dice adquirido por que pagó por ello) un compañero dedicado a las artes de la escritura, quien, aparte de propinarle placeres particulares, se dedicaba a la redacción de bandos y cumplía, cuando no estaba ocupado en su primera actividad, las labores de escribano. Antoine, que sabía desempeñar bien todas las tareas para las que estaba encomendado, aunque tenía los mejores tratamientos en el palacio, sabía su fatídico fin y, ante la impotencia de poder hacer otra cosa comenzó a redactar un texto titulado Madame Guillotine, en donde relataba, con lujo de detalles, las peripecias siniestras de la mujer. Pensaba que, tal vez, si el texto era publicado en Paris, aunque fuese con pseudónimo, la Corte se pondría sobre aviso y le daría atajo a la Condesa de la Muerte.
El problema es que la única oportunidad que tenía Antoine de escribir, era al amanecer, después de los embates sexuales que la dama le solicitaba. Esto lo hizo así con el inconveniente de que, una vez concluida su escritura clandestina, debía de proceder con sus otras funciones de manera obligatoria ya que no podía retrasar ningún documento. A veces volvía a la cama pero otras, por la premura del tiempo quedaba en estado insomne todo el día. Tanto fue así que cierto día, por causa de la falta de sueño, el escritor, desconcentrado, dejo sus hojas entre las sábanas de la cama que compartían con Beatriz. Cuando se dio cuenta de ello le apareció el gélido escalofrío en la cervical y supo que este mundo ya no sería suyo. Con todo el cuerpo tiritando se presentó en la noche a la alcoba con la sorpresa de que la tirana no se encontraba y había mandado a su asistente personal a decir que esa noche no se aparecería y a modo de recuerdo, como señal ineludible de la muerte, la Condesa le enviaba, envuelta en un pañuelo y junto a sus manuscritos, una flor de lis, símbolo de la casa de Provenza y de la pena capital por ajusticiamiento con guillotina, recuerdo que dejaba a sus amantes el día antes de su ejecución. Antoine, mirando la brillante luna cuarto creciente por el rosetón de la fachada de la habitación entendió su perdición en manos de Beatriz y su funesta máquina, no sin antes, pensó, terminar la última parte de los textos que le habían costado la vida.
La noche transcurrió rauda y el finiquito de la horrenda historia fue prolífico, tanto como sólo un condenado a muerte puede hacerlo. El escribiente, una vez terminada su obra, se dirigió hacia la ventana a contemplar por última vez aquella brillante luna en cuarto creciente que tenía ansias de engullir, fagocita, el escaso espacio vacío que quedaba. Así se quedo hasta la desaparición de la luna y la esperanza.
Los dos guardias que custodiaban la entrada abren con prolijidad la puerta. Madame Guillotín entra con furia, ya de mañana, y tras una bofetada le pregunta al escribiente el destino de sus últimos escritos. Antoine comprende que, desde algún lugar fue espiado toda la noche por alguno de los guardias, pero decide guardar silencio. Un joven centinela se presenta presuroso y le indica algo al oído. La tirana mira con odio a su ex amante y solicita a los guardias que lo saquen y dispongan en el patíbulo. Dicho y hecho. Todos reunidos frente al cadalso contemplan la ejemplar teatralización del triunfo de La Dulce, cuando descubre, a viva voz, el plan de su galán.
Éste, para continuar su idea inicial, una vez terminado sus textos, se había acercado a la ventana, no sólo a mirar la luna plateada, sino que a dejar caer sus escritos para que, abajo, su adolescente ayudante Christian, que aguardaba atento, los tomara y los introdujera en el único lugar seguro que en esa jornada podía salir del palacio: el cesto de las cabezas. Y para demostrar esta traición
dijo y se dispuso ella misma a descubrir la infamia. Subió la escalera de madera hasta incorporarse sobre la tarima del patíbulo para luego dirigirse por la parte de atrás de la guillotina y tomar los textos del cesto, allí encontró todos los papeles escritos esa noche los que, en manos de Beatriz, recibieron un haz de luz reflejo resplandeciente de la hoja de la guillotina. No obstante, cuando trató de incorporarse, su pesado y pomposo vestuario quedó enganchado en los tabiques laterales de la guillotina. Allí comprendió su situación incómoda y expuesta. Alzó la cabeza, pero ya era tarde dado que un nuevo brillo, esta vez en su rostro, antecedió la rápida caída de la hoja cercenando a la pérfida noble por la mitad y de forma certera, dejando en una de sus mitades un petrificado rostro de horror a modo de recordatorio de los últimos momentos de la dama.
Nadie entendió mucho lo que pasó ni sus causas, pero en el revuelo de la sangrienta tragedia Antoine pudo escapar hacia su libertad. Paradojalmente, con el tiempo, el propio escribiente, ya como propietario de una imprenta, adquirío para sí la estilizada guillotina, la cual, y con ciertas transformaciones, utilizaba para cercenar los bordes sobrantes de los libros, contribuyendo de este modo a un perfecto encuadre, detalle final del proceso de encuadernación, costumbre que se mantiene hasta hoy.
Mientras amputa las hojas sonríe al recordar que el libro pudo ser su cabeza y agradece la fortuna que le permitió escapar con vida de la fatal condena, sin imaginar jamás que muy cerca del patíbulo, el Verdugo, con rápida respiración y a escondidas, contemplaba la consecuencia de haber accionado, en secreto, el mecanismo que activaba la caída de la hoja, cambiando con ello su propio destino, como el último amante de Madame Guillotín, con quien yació, en plena fogosidad, toda aquella noche de cuarto creciente.
andate a la super chucha FlacoQ hermoso!!!!
te quiero.
la karacola
Felicitaciones compañero. Disfrute de la lectura en esta historia por cierto magníficamente escrita. Una narración impecable que me llevo de la mano cautivándome hasta un excelente final. Un abrazo