Lucía Berenjena (Cap. IV)

Categoría(s): historia, fantasía
Capítulo IV: La pesadilla

- Esto, mi querida Lucía, es una berenjena.

Berenjena.  Nunca había escuchado esa palabra antes.  Be-ren-je-na.  ¡Cuatro sílabas!  Muy bien Lucía diría mi maestra de español.  La repetí tres veces hasta que logré decirlo de corrido, y Patricio soltó una de sus sonoras carcajadas, ante la mirada no muy feliz de mi tía.

-    Sí, berenjena y es maravillosa.

Ciertamente doña Sara nunca nos había dicho que nos estaba dando berenjena, sus cenas consistían en papas, frijoles y apio; con suerte un poco de pescado fresco que traía su esposo, don Jacinto.  Más cierto aún es que yo nunca antes había visto un alimento tan espectacular.  La miré por todos lados mientras Patricio la sostenía a la altura de mis ojos.  Su forma era diferente a lo que había visto antes y su color, asombroso.  Tengo que reconocer, antes de conocer a la berenjena odiaba el púrpura, porque era el hilo favorito de mi tía y con el que me ponía a practicar los martes.  Cuando decidí tomarla entre mis manos, mi tacto se maravilló, era como sentir un juguete, no sólo parecía brillante, lo era.  Sin imperfecciones, la berenjena me dejó boquiabierta.

-    ¿Quieres probarla?

¿Como negarme a tal oferta? No tuve que hablar, mis ojos brillaron y le dieron la respuesta que esperaba a Patricio.  Con una seña, Manuel, un joven de unos 16 años que trabajaba como mesero en el restaurante me trajo dos platos.

-    Aquí, Lucía, está en una salsa para pasta, por eso puedes distinguir un poco el color de su cáscara, pero si lo ves bien, verás que por dentro no es púrpura.

Ante mi, tenía una deliciosa pasta con salsa de berenjena que olía exquisito.  Al momento, Manuel le pasaba un cuchillo a Patricio, quien frente a mis ojos partía en dos a la berenjena que tuve entre mis manos y descubrí, como por arte de magia que el púrpura no traspasaba su cáscara y por dentro tenía un hermoso color verde suave.  A la vez, Manuel acercaba el otro plato, mientras el chef decía.

-    este, es puré de berenjena y aquí si puedes ver bien que por dentro es verde.

Probé los dos platos entusiasta y ante mi sorpresa, aquel alimento que sin cocinar me causó tanto asombro, en mi boca se convirtió en mi favorito.  Su saber me cautivó, era perfecto.

Aún cuando el tiempo en “El gran Pastel” se extendía más de los 45 minutos de un inicio, ese día por cosas de la vida, no fue lo suficiente como para que Patricio me explicara como cocinar la berenjena y tuve que regresar a casa insatisfecha y con la curiosidad en un saco.  

El saco se me hacía cada vez más pesado y me lo llevaba a cuestas por todo lado sin dejar que me concentrara, fue por ello que tomé una decisión.  A mis once años tomé mi bicicleta y me dirigí a la verdulería.  Desafiando la autoridad de mi tía la adrenalina se apoderó de mi y no fue hasta el momento en que regresé victoriosa con mi tesoro que estuve más calmada.  Aún cuando ella no se dio cuenta de mi acto de rebeldía, yo estaba satisfecha.

Pasé semanas tratando de descubrir como convertir ese vegetal en algo sabroso.
¡Sabía asqueroso!  No entendía como Patricio me había dado algo tan delicioso y cuando yo lo probaba sabía amargo.  Era un amargo terrible, como si me hubieran vendido un alimento ya malo.  Por días creía que era eso, hasta que le reclamé al verdulero por haberme estafado.  Al darme cuenta de mi error el terror se apoderó de mi, ¿sería acaso que mi destino no era cocinar?

Durante 9 días tuve la misma pesadilla: una berenjena gigante me atacaba.  Yo estaba en la cocina picando berenjena, tratando de cocinarla, cuando de la nada una sombra tapaba el sol que iluminaba el ventanal gigante junto a la pileta.  Curiosa, como siempre, salía con mi delantal a ver porque la noche había llegado antes de tiempo y porqué me había visitado sin la luna.  Afuera, una mancha púrpura de siete veces mi tamaño me esperaba.  Sin mirada, sin rostro, sólo con su postura me reprochaba y arrastrándose sobre el césped se acercaba hacia mi lentamente.  Yo, aún con el cuchillo en mano, lo tomaba en posición de defensa y me preparaba para incrustárselo en su parte más abultada, que para efectos prácticos era a la única que podía llegar.  Al hacerlo, un líquido amargo salía directamente hacia mi rostro y me cegaba. Corría y corría bajando la colina, rumbo al pueblo.  La berenjena se acercaba cada vez más a mi y mi pasos rápidos no eran suficientes para alejarme de su lento pero constante marcha.  Líquido amargo seguía tirando y afinaba su puntería cada vez más.  Al llegar a la calle que dividía el pueblo de la montaña, yo cruzaba entre los carros en medio de pitos y frenos.  La berenjena me siguió ahí también, con tan mala suerte que un camión cargado de cerdos la atropellaba, convirtiéndola en puré.  Ahí me despertaba.

Temerosa y decepcionada de mi misma decidí no luchar contra el camino escrito y evadí por completo la puerta que me llevaba a la cocina.  A los dos días, mi tía no aguantó más la curiosidad y me llamó a su cuarto para preguntarme que me pasaba.  No le pude ocultar mi dolor y sollozando le conté que era un fraude en la cocina, que me había imaginado una vida que no me pertenecía y que antes de sufrir más era mejor darme cuenta ahora de la realidad.  Ella, inexpresiva como siempre se volteó hacia la ventana y me dijo:

Me decepcionas Lucía.  Nunca esperé eso de ti.  Te eduqué para luchar por lo que quieres y te das por vencida ante una pequeña dificultad.  No voy a insistir, si es lo que deseas está bien, pero reconsideralo, mirate en el espejo y decime si te gusta lo que ves y si estas dispuesta a mirarte nuevamente sin lamentar el porqué no lo volviste a intentar.

Me pregunté si alguna vez mi tía se había mirado en un espejo y había encontrado un vacío en él.  Me miré y me descubrí esta vez sin el gorro de cocina y sin delantal con el que siempre me imaginaba, pero lo peor fue que no encontré brillo en mis ojos…  

Varios días pasaron sin que tomara una decisión, cada vez que recordaba mi fracaso con la berenjena lloraba y cada vez que me miraba en el espejo lloraba aún más.  La sal de mis lágrimas sabían peor que el amargo que me hacía llorar.  Tenía que mantener mi decisión firmemente o tomar otra y debía tomarla pronto porque se acercaba el viaje a la ciudad.

Otra vez el día llegó y como de costumbre cada una alistó sus cosas para el viaje a la ciudad, sólo que esta vez yo mi tía llevaba además otra canasta.  El trayecto fue más silencioso que de costumbre, al igual que la rutina del día.  En la esquina frente a “el gran Pastel”, mi tía se detuvo y me dijo “podemos ir a comer a otro lado Lucía”.  El momento de decidir había llegado, la tomé fuerte de la mano para darme valor y le dije “no, la voy a vencer”; con una sonrisa muy leve mi tía tomó mi mano aún más fuerte y me llevó al restaurante, me hizo sentarme en una mesa y entró directo a la cocina.

-    Pero Romina, que gusto tenerla por aquí, ya sabía yo que no iba resistirse a mi… - le dijo Patricio a mi tía muy alegre a la vez que se le acercaba para abrazarla, pero ella lo interrumpió -
-    ¿Esta ocupado?
-    Normal, pero no se preocupe siempre tengo un tiempo para que platiquemos.
-    ¡No sea tan idiota! Si yo no quiero platicar, lo que quiero es que le enseñe a Lucía a vencer a las berenjenas
-    ¿Vencer? – y una carcajada sonó más allá que los pitos de la cocina – cocinar querrá decir usted.
-    Sí, sí cocinar –le contestó mi tía apenada al notar que se había dejado llevar por mis temores y relatos- ¿puede?
-    Claro, para eso estamos.
-    Tenga – le dijo ella, a la vez que sacaba tres berenjenas muy grandes de la canasta que andaba –
-    Pero señorita, yo aquí tengo muchas, para que se molestó.
-    No es ninguna molestia, quiero que ella aprenda con estas y punto.
-    Si gusta puede tomarse una tacita de café mientras espera, es para quitarse el amargo que a veces dejan las berenjenas.

Pero mi tía lo dejó hablando solo como de costumbre, salió y me hizo una seña para que entrara, haciendo que me levantara como por reflejo. Manuel se acercó y le preguntó que deseaba comer mientras esperaba, a la vez que le ponía una taza de café, mientras Patricio me daba una palmada en la cabeza para saludarme y la miraba con una sonrisa pícara.

-    Quiero un plato de puré de berenjena, pero del de Lucía.

Yo la escuché y me emocioné.  Puse mucha atención a las indicaciones de Patricio y yo misma le llevé mi platillo a mi tía.  Su mirada de aprobación no tenía precio.  La sentí orgullosa de mi.  Camino a la casa, mientras le explicaba emocionada como logré hacerlo, me dijo muy suave: “ves Lucía, la sal de tus lágrimas era lo que necesitabas para vencerla”.   Esa noche dormí feliz…

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: fer_rojas       02/05/08 20:57
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
uhm a mi la Berenjena no me gusta mucho que digamos pero después de leer esto me han dado ganas de probar un buen puré...
me gusta este cuento, así lo siento no como una historia sino como un cuento
espero pronto ver que más aprende lucía
Escrito por: Lisume       02/05/08 20:35
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Que dicha! al fin lucia hizo su puré de berenjena!
continuación!!! jajajaa
un besito
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar relatos